
Hay algo muy argentino que aparece cada vez que uno de los nuestros sale a competir. No hace falta conocerlo, saber su historia, haberlo visto entrenar ni siquiera entender demasiado del deporte que está haciendo. A veces alcanza con una bandera celeste y blanca para que, de repente, todos sintamos que estamos alentando a alguien cercano.
Eso es lo que se vive en los Juegos Suramericanos 2026. Y quizás una de las escenas que mejor lo representa pasó durante las competencias de patín artístico, cuando las chicas argentinas salieron a la pista de El Invencible Rosario.
El lugar se llenó de gritos, aplausos y alientos. Había familiares y amigos, obviamente, pero también había personas que probablemente nunca habían visto competir a esas chicas. Gente que quizás no conocía sus nombres, que no sabía cuánto habían entrenado para llegar hasta ahí o que nunca había seguido una competencia de patín artístico. Sin embargo, las alentaba como si fueran sus mejores amigas.
Era imposible no contagiarse.
Uno terminaba siguiendo cada movimiento, esperando que todo saliera bien, aplaudiendo una presentación y sintiendo esa especie de orgullo que aparece cuando alguien representa a tu país. La piel de gallina, los nervios, las ganas de que les vaya bien. Por un rato, parecía que no estaban compitiendo ellas: estábamos compitiendo todos.
Y eso es muy nuestro.

Porque el argentino tiene esa particularidad de apropiarse, en el mejor sentido, de los logros de los demás. Si alguien lleva la camiseta argentina, si alguien tiene la bandera en el pecho o está representando al país, automáticamente pasa a ser “uno de los nuestros”. No importa si es conocido, si tiene miles de seguidores o si es la primera vez que escuchamos hablar de él.
Lo alentamos igual.
Gente que quizás no conocía sus nombres, que no sabía cuánto habían entrenado para llegar hasta ahí o que nunca había seguido una competencia de patín artístico. Sin embargo, las alentaba como si fueran sus mejores amigas
Y por eso estos Juegos tienen algo tan especial. Porque permiten ver cómo esa sensación aparece incluso en deportes que no suelen tener tanta exposición. En disciplinas que muchas veces conocemos solamente cuando hay una competencia importante, cuando aparece una medalla o cuando alguien nos cuenta que una rosarina está representando a Argentina.
De repente, estamos ahí. Mirando. Aplaudiendo. Gritando. Sufriendo cada error y festejando cada acierto. Como si conociéramos a esa persona de toda la vida.
También hay algo muy lindo en ver cómo se arma ese acompañamiento. Porque no todos llegan a los Juegos con la misma historia. Están los padres que viajaron para ver a sus hijos, los hermanos, los amigos, los entrenadores y quienes acompañaron durante años el esfuerzo de esos deportistas. Pero también están los desconocidos. Los que fueron porque les gusta el deporte, los que se acercaron de casualidad o los que simplemente vieron que competía Argentina y decidieron quedarse.
Y eso alcanza.

La mayoría de las competencias se desarrolla durante la mañana y antes de las 17, en horarios que muchas veces coinciden con el trabajo, la facultad o la escuela. No es sencillo para todos hacerse un lugar en el día. Hay personas que no pueden quedarse durante horas, que tienen que volver a sus obligaciones o que solamente cuentan con un rato libre.
Pero incluso así, la presencia argentina nunca termina de faltar.
Algunos se hacen un hueco para ver una competencia. Otros acomodan sus horarios. Otros llegan, miran una disciplina y se van. Lo más probable es que no puedan acompañar todo el día, pero logran encontrar aunque sea un momento para estar ahí.
Y me parece que eso también dice mucho de nosotros.
Porque no siempre se trata de tener tiempo de sobra. A veces se trata de hacer espacio. De decir “aunque sea voy a ir un rato”. De querer estar, aunque sea para ver una sola competencia, escuchar el himno, aplaudir una presentación o gritar por alguien que hasta hace cinco minutos no sabíamos quién era.
Pero incluso así, la presencia argentina nunca termina de faltar

Y cuando uno está ahí, se da cuenta de que el deporte no se trata solamente de quién gana y quién pierde. También se trata de lo que genera.
De cómo una pista puede convertirse en una tribuna llena de emoción. De cómo una deportista puede terminar sintiendo el apoyo de cientos de personas que no conoce. De cómo una familia puede compartir ese orgullo con desconocidos. Y de cómo alguien que llegó sin saber demasiado de una disciplina puede terminar alentando como si fuera parte de su vida.
Porque hay algo que nos une de una manera muy particular: ver a un argentino competir. No hace falta conocerlo. No hace falta saber todo lo que hizo para llegar. No hace falta haber seguido su carrera.
Si está ahí, con la bandera argentina, alcanza.
Esa es una de las imágenes más lindas que dejan estos Juegos Suramericanos: la de un país que, por un rato, se encuentra en una tribuna, en una pista o frente a una competencia, alentando a alguien que no conoce, pero que siente propio.
Porque así somos. No importa si no sabemos tu nombre. Si llevás la bandera argentina, vas a tener a alguien gritando por vos. Y probablemente, cuando llegue el momento de competir, ese alguien termine sintiendo que está alentando a su mejor amigo.
Comentarios