
El 30 de marzo de 1996, en la Unidad Penal N°2 de Sierra Chica, en Olavarría, comenzó el motín más brutal de la historia carcelaria argentina. Durante ocho días, internos tomaron el control total del penal, dejaron al Estado sin capacidad de intervención y protagonizaron una escalada de violencia extrema que incluyó asesinatos, descuartizamientos e incineración de cuerpos.
El episodio, que se extendió durante la Semana Santa, se inició como un intento de fuga que rápidamente derivó en una toma total del penal, con rehenes, enfrentamientos entre bandas internas y una crisis que puso en riesgo incluso a autoridades judiciales. El saldo oficial fue de al menos ocho muertos, aunque siempre existieron dudas sobre la cifra real debido a la desaparición de cuerpos.
Todo comenzó con un pedido aparentemente rutinario: usar el teléfono. A partir de allí, un grupo de internos redujo a los guardiacárceles y tomó el control del penal. La situación escaló rápidamente cuando el intento de fuga fue frustrado, lo que terminó por desencadenar una revuelta generalizada.

En cuestión de minutos, el modelo de control del penal —basado en el sistema panóptico ideado por Jeremy Bentham— colapsó. La cárcel dejó de responder a cualquier autoridad y pasó a ser gobernada por los propios internos.
“Los 12 Apóstoles” y la violencia organizada
El control interno quedó en manos de la banda conocida como “Los 12 Apóstoles”, liderada por Marcelo “Popó” Brandán Juárez, que avanzó contra un grupo rival en una secuencia de violencia sistemática.

El primer asesinato fue el de Hugo Barrionuevo Vega. Luego siguieron otros crímenes, entre ellos el de Agapito “Gapo” Lencina, ejecutado tras resistir con un arma blanca. El clima dentro del penal estaba atravesado por el consumo de alcohol casero y drogas, lo que profundizó el nivel de brutalidad. Las órdenes eran claras: quien no obedecía, moría.
Canibalismo, terror y símbolos del horror
Durante esos días, la violencia alcanzó niveles extremos que marcaron a la opinión pública. Los cuerpos de las víctimas fueron desmembrados, cocinados y utilizados para hacer empanadas, que fueron obligados a consumir algunos rehenes y guardias.
Uno de los testimonios más impactantes reconstruidos en el juicio señala: “Te estás comiendo un rocho”, frase que los internos utilizaban para revelar lo ocurrido a quienes habían sido forzados a ingerir los restos.

Además, con la cabeza de una de las víctimas, los amotinados jugaron al fútbol dentro del penal, en una escena que se transformó en uno de los símbolos más estremecedores del motín.
En medio del caos, la jueza María de las Mercedes Malere ingresó al penal para negociar, pero fue tomada como rehén junto a su secretario. Su vida estuvo en riesgo constante.
En uno de los momentos más críticos, los internos amenazaron con arrojarla desde un sector elevado del penal. Más tarde, la propia magistrada definiría lo vivido como “una situación límite, extrema”.
Mientras tanto, desde el exterior, las fuerzas de seguridad evaluaban intervenir por la fuerza, incluso con helicópteros. Sin embargo, el riesgo de una masacre mayor frenó cualquier intento.
Durante la revuelta, los internos también tomaron contacto con la prensa desde los techos del penal, donde exigían vehículos, armas y hasta un helicóptero para escapar. “Hay heridos graves y todo se va a pudrir más si no cumplen”, advirtieron en uno de los mensajes.
Las demandas incluían beneficios como la aplicación del “dos por uno”, la aceleración de causas judiciales y traslados a cárceles federales.
El motín terminó el Domingo de Pascuas, tras la liberación progresiva de rehenes y la aceptación parcial de algunas demandas. La violencia cesó, pero las consecuencias ya eran irreversibles.
El saldo fue de ocho muertos confirmados, decenas de heridos y una marca indeleble en el sistema penitenciario argentino.
Años después, en el juicio realizado en 2000, se dictaron condenas que incluyeron reclusión perpetua para varios de los líderes del motín.
El caso expuso con crudeza las fallas estructurales del sistema carcelario: sobrepoblación, autogobierno interno y violencia entre internos. Treinta años después, el Horno 1 de la panadería del penal sigue funcionando. Produce pan todos los días. Pero su historia carga con un pasado que todavía incomoda.
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