
El 23 de julio de 2022, Virginia Ferreyra, de 32 años, y su madre Claudia Deldebbio, de 57, fueron atacadas a balazos mientras esperaban un colectivo en la esquina de Isola y Maestros Santafesinos, en la zona sur de Rosario. El ataque, ejecutado de manera indiscriminada en medio de una disputa entre bandas criminales, también dejó herido a un adolescente de 16 años y se convirtió en uno de los episodios más conmocionantes de la violencia narco en la ciudad.
A casi cuatro años del hecho, el caso llegó a su cierre judicial. En diciembre de 2025, la Justicia condenó a prisión perpetua a René “Brujo” Ungaro, Nicolás “Cara de Burro” Martínez, Fernando Cortez y Lautaro Cortez, considerados responsables de planificar y ejecutar el ataque. La investigación determinó que el atentado fue organizado desde cárceles provinciales y federales con el objetivo de sembrar terror entre los vecinos y consolidar el control territorial de una organización criminal.
Aquella tarde de invierno, Virginia había visitado a sus padres y le pidió a Claudia que la acompañara hasta la parada del colectivo. Minutos después de las 19, un Peugeot 308 negro llegó hasta el lugar. Varios hombres descendieron armados y comenzaron a disparar primero contra la Torre 11 del complejo Fonavi y luego contra quienes esperaban el transporte público.

Claudia murió en el acto tras recibir múltiples disparos. Virginia fue trasladada al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (Heca) con heridas gravísimas y permaneció internada durante dos meses, hasta que falleció el 24 de septiembre de 2022 como consecuencia de las lesiones.
Desde el comienzo de la investigación, los fiscales Patricio Saldutti y Franco Carbone sostuvieron que las víctimas fueron elegidas al azar y que no tenían ningún vínculo con el conflicto entre bandas. Según la reconstrucción judicial, Ungaro, detenido en el penal de Ezeiza, ordenó el atentado y ofreció dinero por cada persona asesinada. La organización buscaba atacar cualquier blanco humano cercano a la Torre 11 para enviar un mensaje de poder y generar miedo entre los habitantes del barrio.
La causa permitió reconstruir el plan criminal mediante intervenciones telefónicas, pericias sobre teléfonos celulares y numerosos testimonios. La Fiscalía también acreditó que el ataque respondía a una estrategia para avanzar sobre el territorio y consolidar el dominio de la organización narco. Aun así, la investigación continúa abierta, ya que todavía permanecen prófugos tres autores materiales que participaron de la balacera.

El juicio oral concluyó con un fallo unánime de los jueces Alejandro Negroni, Facundo Becerra y Gonzalo López Quintana, quienes impusieron la pena máxima a los cuatro acusados por el delito de doble homicidio doblemente calificado por precio o promesa remuneratoria y por el concurso premeditado de dos o más personas, agravado por el uso de armas de fuego, además de la tentativa de homicidio del adolescente que sobrevivió al ataque.
Tras conocerse la sentencia, los fiscales destacaron que el caso representó una investigación compleja y valoraron el aporte de los testigos. También remarcaron que el objetivo del ataque fue instalar el miedo en toda una comunidad mediante la elección de víctimas inocentes.
Con las condenas ya firmes, el próximo 23 de julio Rosario recordará uno de los hechos más dolorosos de los últimos años. El asesinato de Virginia Ferreyra, profesora y bailarina de danzas árabes, y de su madre Claudia Deldebbio, dejó una profunda marca en la ciudad y se transformó en un símbolo de las consecuencias que la violencia del crimen organizado puede provocar sobre personas completamente ajenas a esos conflictos.
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