
El ya casi nonagenario director inglés de clásicos como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise y Gladiador concreta una por momentos valiosa, pero muy irregular transposición de la aclamada novela La constelación del perro (The Dog Stars) que Peter Heller publicó en 2012. “Solo por una noche”, que tras Se dice de mí / Easy A, Amigos con beneficios y el reciente éxito comercial de Con todos menos contigo / Anyone But You (recaudó más de 220 millones de dólares en cines), acá Gluck reincide en la comedia romántica, pero con muy pobres resultados. El prolífico director de Diablo (2011), Socios por accidente 1 (2014) y 2 (2015), Kryptonita (2015), la serie Nafta Súper (2016), 27: El club de los malditos (2018), Anoche (2019), Punto rojo (2021), Búfalo (2022) y María (2023) desaprovecha a dos talentosas actrices en un thriller sin rumbo en “Lu & Pau”. También “Coyote vs Acme” e “Impacto Mortal” completan los arribos de esta semana. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.

“La guerra de los últimos”

Hay muchas mini películas que conviven (no siempre de forma armoniosa) en el más reciente largometraje del inoxidable e incansable Ridley Scott. La guerra de los últimos es un film apocalíptico (un incontenible virus de gripe arrasó con buena parte de la humanidad) en la línea de, por ejemplo, la serie The Last of Us, pero también un western futurista (la acción transcurre en 2035), una épica romántica (la Cima de Margaret Qualley tarda bastante en aparecer pero luego ilumina la pantalla), una sátira distópica (esperen a que llegue el show unipersonal de la desquiciada Darlene que interpreta Allison Janney) y de a ratos una historia de aventuras con múltiples viajes a bordo de un destartalado avión Cessna.
En ese ambicioso contexto, surgen varios pasajes de buen cine, secuencias que analizadas de forma independiente, como si fueran entes autónomos, se disfrutan en todo su esplendor, pero que en el marco de un relato de casi dos horas y vistas en su conjunto parecen arrestos dentro de una película inconsistente, desflecada, que parece siempre tironeada entre lo que se soñó en el origen y lo que quedó (en su segunda mitad hay saltos abruptos, como si los tijeretazos finales no hubiesen sido demasiado sutiles).
El longilíneo Jacob Elordi es Hig, un mecánico que ha perdido en pandemia a Melissa, su esposa que estaba embarazada, y -devenido en un alma en pena- solo encuentra cierto remanso a la hora de pilotear su avioneta y en la relación con su anciano perro Jasper. Hig vive en un aeropuerto abandonado en Erie, Colorado, junto a Bangley (Josh Brolin), un ex marine obsesionado por su sofisticado armamento y, gracias a él, por controlar que ningún intruso se acerque al lugar. Son, así, como dos opuestos complementarios. No conviene adelantar demasiado de la trama, pero en uno de los múltiples viajes que Hig suele hacer conocerá a Cima y a su rígido padre Pops (Guy Pearce). Y, desde entonces, ya nada será igual en ningún sentido.
La primera parte del film fascina porque es mucho más austera, minimalista y climática de lo que suelen ser las historias apocalípticas hollywoodenses (el guionista es Mark L. Smith y el director de fotografía es de Erik Messerschmidt, los mismos de Revenant: El renacido), mientras que la música de Harry Gregson-Williams, con ecos de las bandas sonoras de Gustavo Santaolalla, ayuda a construir climas sugerentes de una belleza desoladora en un mundo en el que todo el tiempo se perciben amenazan latentes que a la larga terminarán manifestándose de manera mucho más explícita y contundente.
El film tiene demasiadas derivas (como la relación con una comunidad menonita afectada por el virus y una enfermedad en la sangre) y, en ese sentido, parecería como que la novela hubiera funcionado mejor como serie, en una versión extendida y en episodios, que en este formato de largometraje de menos de dos horas. De todas formas, aunque deja una sensación algo frustrante, es de rescatar esos momentos -que por suerte son varios- en los que aparece el sello del mejor Ridley Scott, un director que más allá de los desniveles de los últimos tiempos ya tiene asegurado un lugar de privilegio en la historia del cine.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis y Del Centro.
“Solo por una noche”

En la saga de La noche de la expiación / The Purge, las ultraconservadoras autoridades habilitaban un día al año para cometer todo tipo de delitos de forma legal, desatándose así una andanada de violaciones, saqueos y asesinatos. En Solo por una noche el gobierno es igual o incluso más de derecha, pero lo que se autoriza durante una única jornada es… que quienes no estén casados puedan tener sexo. El control estatal es tan riguroso que todos llevan un chip que les impide intimar en el resto del año, pero durante esas pocas horas todo es desenfreno (siempre con condones, eso sí).
Absurda y (no tan) distópica como suena, la premisa del guionista Travis Braun funciona (o al menos se sostiene) durante los primeros minutos, cuando vemos que todos están en pleno desenfreno hormonal, menos -claro- Owen (Callum Turner) y Allie (Monica Barbaro). El es dueño de una pizzería de Nueva York y ella es cantante de… jingles para publicidades de laboratorios farmacéuticos. A él lo abandona su novia Malika (Maya Hawke) en plena cena que supuestamente iba a ser el prolegómeno del tan ansiado encuentro sexual; y a ella la deja su mejor amiga, que consigue un partenaire haciendo la fila para ir al baño en un bar.
A partir de ese punto de partida, se despliega una comedia de enredos en la que todo lo que puede salir mal termina siendo aún peor, incluso los diversos encuentros casuales que los dos protagonistas irán teniendo a lo largo de la noche en un film que tiene algo de Después de hora, de Martin Scorsese, solo que aquí el mayor logro puede ser conseguir un preservativo.
Monica Barbaro y Callum Turner tienen algo de química y carisma, pero el material es tan torpe y arbitrario (incluso dentro de los cánones de la comedia romántica menos realista) que el derrumbe es casi permanente durante la poco más de hora y media de desventuras. El “casi” tiene que ver con que hay un puñado de gags ingeniosos que se festejan como goles en medio de un contexto tan calculado y artificial. Para completar la infausta faena, Gluck apela a temas pop como trasfondo de casi todas las escenas. El saldo es abrumador y desolador: uno de los peores trabajos de musicalización de los que se tenga memoria.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis y Del Centro.
“Lu & Pau”

Que Lorena Vega es una de las directoras y actrices más notables del teatro argentino de los últimos años no es algo que alguien vaya a descubrir recién ahora. Sin embargo, es gracias a las series en populares servicios de streaming que ha conseguido una súbita y enorme popularidad; y para mi gusto el cine todavía no ha explotado en toda su dimensión su versatilidad y talento. Jazmín Stuart también ha incursionado en la dirección (de cine) con Desmadre, Pistas para volver a casa y Recreo, mientras que como intérprete se ha lucido en varias oportunidades desde que deslumbrara en Los paranoicos (2009).
Este párrafo introductorio viene a cuento de que la unión en pantalla entre ambas prometía mucho y de que el resultado final de Lu & Pau es decepcionante. Ellas aceptaron el material que les propusieron (y de hecho hacen evidentes y encomiables esfuerzos para maquillarlo y sostenerlo), pero en el film escrito, editado y dirigido por el impredecible e irregular Nicanor Loreti (un realizador que puede sorprenderte para bien y para mal de un proyecto a otro) no hay manera de redimir casi ningún aspecto (el relato es torpe, la voz en off no funciona ni para tapar agujeros, los rasgos de estilización tarantinescos lucen siempre forzados) y, así, esta Thelma & Louise autóctona, filmada en Misiones para aprovechar algún beneficio fiscal pero sin destacar en lo más mínimo las locaciones naturales ni a sus pobladores (la misma historia podría haberse rodado perfectamente en el conurbano o en un pueblo bonaerense y poco o nada cambiaría), luce como un relato caprichoso, sin fluidez, sin ritmo y -lo que es aún peor- sin corazón.
La “excusa” argumental de este thriller guarro y malhablado (esto último es una descripción, no una valoración), con aires de buddy movie (reitero: las actrices hacen lo posible y lo imposible para encontrar algo de química en este contexto desolador) es que Jessi (Paula Mazone), que está embarazada de dos meses, podría volver a prisión para una sentencia de entre 10 y 15 años. Para que eso no ocurra, su hermana Pau (Stuart) y su mejor amiga Lu (Vega) deberán conseguir 30.000 dólares para que la abogada soborne al fiscal para que “embarre” el caso.
Si hablábamos de buddy movie (película de compinches o de pareja des-pareja si prefieren) es porque Pau y Lu son dos opuestos que ¿se complementan? La primera es una “reventada” (sic), adicta a la cocaína, impulsiva, incontenible que tiene como “chongo” (sic II) a un “cobani”, a un “yuta” (sic III) lamado Pablo (Demián Salomon); Lu, en cambio, es alguien más cerebral, que por ejemplo le propone a Pau retirarse a tiempo de una apuesta cuando van ganando mucho dinero, algo que obviamente su compañera de rutas jamás hará.
Si nos referimos a Thelma & Louis (también se ha citado a Kill Bill) es porque las protagonistas de armas tomar deberán empoderarse para sobrevivir en un universo machista y misógino dominado por “pesados”, pero ni siquiera las runas protectoras que reciben en determinado momento podrán defenderlas de los lugares comunes, arbitrariedades y desniveles de un relato a todas luces frustrante.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Cinépolis.
“Coyote vs Acme”

Coyote vs. Acme llega a las pantallas después de atravesar uno de esos derroteros que, por sí solos, ya parecen material para una película. El largometraje dirigido por Dave Green estaba terminado y listo para estrenarse en cines en 2023 cuando Warner Bros., que ya entonces andaba a los tumbos, decidió archivarlo para obtener un beneficio fiscal de varios millones de dólares. La compañía evaluó venderla, mientras buena parte de sus responsables reclamaba que una película terminada no fuera condenada a desaparecer por una decisión contable.
El caso se inscribió en la nómina de proyectos sacrificados por la empresa junto a Batgirl y Scoob! Holiday Haunt, símbolos de una lógica empresarial capaz de considerar más rentable una película que no existe que otra que ya fue filmada. Que Coyote vs. Acme finalmente haya conseguido escapar de ese destino fatal a partir de su adquisición por parte de otro estudio le otorga, incluso antes de empezar, una curiosa condición de película resucitada.
Y de resucitaciones, justamente, sabe bastante su protagonista, el viejo y querido Coyote, el mismo que desde tiempos inmemoriales surca las rutas norteamericanas intentando dar caza al Correcaminos, siempre con resultados tan calamitosos como previsibles. La diferencia es que esta vez la película decide correrlo del lugar de víctima de su propia torpeza para convertirlo en damnificado de una maquinaria empresarial. ¿Qué ocurriría si la máxima responsabilidad de sus fracasos no recayera en él, sino en la compañía encargada de fabricar todos y cada uno de los productos con los que construye sus trampas?
Esa es la premisa sobre la que se monta la película: después de sufrir un nuevo accidente provocado por uno de los productos defectuosos de Acme, Wile E. Coyote decide llevar a la empresa a los tribunales y reclamar una compensación por los daños padecidos durante años. Para hacerlo deberá recurrir a Kevin Avery (Will Forte), un abogado de poca monta que acepta enfrentarse a la poderosa corporación liderada por Buddy Crane (John Cena), un ejecutivo tan inescrupuloso como dispuesto a defender la reputación de su compañía. Lo que comienza como una demanda aparentemente disparatada termina generando una inversión del universo de los dibujos animados por la que, al menos por una vez, Coyote no es el responsable de que sus planes fracasen, sino alguien que puede tener razones de sobra para culpar a otro.
La película se desarrolla entonces alrededor del juicio, una estructura que permite ampliar el universo del personaje más allá de las persecuciones y las trampas fallidas e incorporar a varios de los clásicos habitantes de los Looney Tunes, los mismos que habían tenido una participación central cinco años antes en la muy floja Space Jam 2.
La apuesta combina nuevamente animación y acción real, un cruce de lenguajes que inevitablemente remite a ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, al tiempo que se mantiene el slapstick como eje central del humor: se suceden golpes, accidentes, explosiones, caídas y dispositivos que funcionan exactamente al revés de lo esperado. En ese sentido, Coyote vs. Acme entiende que no necesita reinventar a su protagonista para actualizarlo, sino que alcanza con trasladar su eterna mala suerte a un escenario nuevo y darle, por una vez, la posibilidad de responder ante alguien por cada una de las catástrofes que lo acompañaron durante décadas.
Ezequiel Boetti. Página 12.
En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis, Monumental y Del Centro.
“Impacto mortal”

El cine de catástrofes aéreas o marítimas es uno de los favoritos a la hora de hacer películas genéricas. De igual modo, el de tiburones asesinos también es un subgénero muy prolífico dentro del amplio espectro que va de la llamada clase B a la clase Z. Impacto mortal, último trabajo del experimentadísimo cineasta finés Renny Harling (director de, por ejemplo Duro de matar 2, en 1990, o Riesgo total, con Sylvester Stallone, en 1993), mete todos esos elementos en la misma bolsa, la sacude un poco y con lo que sale de ahí arma una historia donde no falta ninguno de los elementos básicos en una propuesta de tenor semejante.
Un avión despega de Los Ángeles con destino a Shanghai, con la perspectiva del vasto océano Pacífico por delante. En él viaja un grupo de 250 pasajeros que funcióna como una representación a escala de cualquier sociedad. A mitad del trayecto, un incendio comienza en la bodega de carga y aunque los diestros pilotos hacen lo posible por resolverlo, el avión acaba estrellado en medio del mar, lejos de cualquier posibilidad de que alguien grite: “¡Tierra a la vista!” La mayoría muere, pero queda un buen número de sobrevivientes. El problema es que justo donde caen habita un cardumen de tiburones más hambriento que trabajador argentino en tiempos de Milei.
Un protagonista con culpa; un pasajero negligente y odioso; niños con traumas que aprenderán a superarlos en el dolor; héroes anónimos dispuestos a tomar riesgos por los otros; personajes opuestos que en la tragedia encontrarán aquello que los une; y, claro, los pícaros tiburones, que no se conforman con tragarse los cientos de cadáveres de pasajeros muertos que flotan en torno a los restos de la nave, sino que prefieren ir por los sobrevivientes, porque se ve que son más ricos. Si bien es cierto que cada una de las premisas es perfectamente posible, el guión las articula en forma de reacción en cadena, haciendo que a mitad del relato sea lógico preguntarse qué más les puede pasar a estos pobres tipos.
Impacto mortal se ata tanto a las convenciones que se imponen en este tipo de productos, que cada personaje recibe en escena exactamente aquello que de entrada el espectador sabe que merece. Morirán los que tienen que morir y se salvará quien corresponda. En el medio hay castigos, redenciones y heroísmo trágico en cantidad. Lo que nunca llega es la sorpresa, porque el relato jamás se atreve a apartarse del camino obligado. Por supuesto que Harlin es un director con enorme experiencia y consigue que todo funcione como un reloj. Uno muy berreta, pero reloj al fin. Quizás un poco más de autoconciencia (porque algo de eso también tiene) le hubiera sentado bien al combo.
JUAN PABLO CINELLI. Página 12.
En Cinépolis.
Fuente: Otros Cines, Página 12.
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