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Todo Show

Cinco películas renuevan la cartelera de cines en Rosario

Una de terror, una italiana, una de terror argentina, un documental sobre una banda de rock y una de ciencia ficción aterrizan en las salas de la ciudad.

Tras su estreno mundial en la Competencia Oficial del Festival de Sitges, el sexto largometraje del director uruguayo de La casa muda (2010), Dios local (2014), No dormirás (2018), Virus-32 (2022) y Lobo feroz (2023) fue seleccionado para la muestra Fuera de Campo de Mar del Plata y para la Competencia Internacional del Buenos Aires Rojo Sangre, donde ganó varios de los principales premios, se llama “El Susurro” y es uno de los estrenos. También otra “Silent Hill”, la italiana “Hagas lo que hagas está mal”, “Sin piedad” y el documental sobre Megadeth, son las novedades que llegan a las salas rosarinas. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine, como dijo el gran Stellan Skarsgard en la última entrega de los Globos de Oro.

“Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”

Puede que la primera película de “Silent Hill” (2006) del francés Christophe Gans no sea la gran cosa, pero en comparación con “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”, es una obra maestra. Esta nueva cinta, basada en el segundo juego de Konami, es de las experiencias más frustrantes y tediosas que haya tenido en el cine en un buen tiempo. Lo cual es doblemente decepcionante considerando que siempre he sido un fanático/defensor de Gans. “Pacto con Lobos” es un entretenido filme de género francés; la ya mencionada “Silent Hill” es atmosférica a más no poder; y hasta su “Bella y la Bestia”, con Lea Seydoux, tiene cosas interesantes.

Pero de “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” puedo rescatar poco, desgraciadamente. Aunque algo irregulares, los efectos visuales igual resultan en alguna imagen ocasionalmente intrigante o, por lo menos, atractiva. Y los fanáticos del juego al menos reconocerán planos, giros narrativos y, en general, elementos de la segunda entrega de la saga, la cual, no tan casualmente, recibió un remake para PlayStation 5 el año pasado (muy bueno, dicho sea de paso). Pero aquellos que poco o nada sepan de los juegos y simplemente quieran ver una película de miedo encontrarán poco de valor acá. Más tenso estuve manejando en el tráfico para llegar a la función de cine.

“Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” comienza con un prólogo algo incómodo en el que vemos a James Sunderland (Jeremy Irvine, “Caballo de Guerra” y “Baghead”) (casi) chocar con un camión y arrollar el equipaje de Mary Crane (Hannah Emily Anderson), quien está esperando un bus para irse de su pueblo natal, Silent Hill. Una vez que ambos se conocen, sin embargo, se enamoran inmediatamente y, por razones básicamente inexplicables, deciden quedarse en dicho lugar. Entendemos, eso sí, que entre aquellos eventos y el presente, James y Mary se separan, lo cual deja al primero con una inmensa culpa y mucho que discutir con su terapeuta (Nicola Alexis).

Ya en el presente, James recibe una misteriosa carta que lo motiva a regresar a Silent Hill con la esperanza de reencontrarse con Mary. Pero una vez que llega ahí, se encuentra con un lugar irreconocible: el pueblo está inundado de neblina y cenizas caen permanentemente del cielo. Pero lo más perturbador comienza cuando suena una alarma y Silent Hill se convierte en una suerte de infierno sobre la tierra, lleno de monstruos como Cabeza de Pirámide (Robert Strange) y pequeñas criaturas que parecen ser una mezcla entre los escarabajos de “La Momia” y los Facehuggers de “Alien”. Sin embargo, James no se detendrá hasta reencontrarse con su amada, incluso cuando va conociendo a otras versiones de dicha mujer.

La premisa de “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” no es mala y, de hecho, respeta bastante a lo que uno encuentra en el juego. No obstante, aquel entrelazado entre pasado y presente, que al inicio parece desarrollar algún tipo de misterio respecto a Mary y un culto religioso en el que está involucrada, eventualmente deja de resultar interesante. Todo suspenso se evapora, y lo que “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” nos deja es una experiencia francamente confusa, que algo nos quiere decir tanto a nivel simbólico como psicoterapéutico. Esto, lamentablemente, no resulta en una historia entendible o siquiera emotiva, sino más bien en una de las narrativas más ilógicas y tediosas que haya visto en un buen tiempo.

Lo cual es una pena, porque al menos a nivel estético —o quizás superficial—, Gans parece entender “Silent Hill”. Muchas de las locaciones principales lucen tal cual como las del juego y se recrean imágenes icónicas del producto original, como el famoso plano de James frente al espejo de un baño. Pero lamentablemente nada de esto resulta en una experiencia de suspenso o terror. De hecho, si lo que buscan es algo que les dé miedo, quedarán increíblemente decepcionados. “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” solo me hizo saltar una vez y el resto del tiempo me mantuvo poco interesado en los sucesos sobrenaturales que fue desarrollando. La película ni siquiera cuenta con el (ligero) gore que tan chocante resultaba en la primera cinta de Gans —el proyecto en general se siente censurado, limitado, como una interpretación del juego tipo montaña rusa o atracción de parque de diversiones.

Aunque por momentos bastante sintéticos, por lo menos los efectos visuales suelen convencer, especialmente cuando vemos al pueblo convertirse en un infierno rojo y perturbador alrededor de James. La caracterización de las criaturas también resulta impresionante —el famoso Pirámide Roja luce muy bien, y las enfermeras sin rostro nunca dejarán de incomodar. Sin embargo, “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” también luce inexcusablemente barata en otros aspectos. Las diferentes pelucas que usa Hannah Emily Anderson parecen haber sido sacadas de una tienda de disfraces y, en algunos flashbacks, Jeremy Irvine tiene puesta la barba postiza más falsa que jamás haya visto en una película. Es simplemente embarazoso.

Curioso, pues, que el mismo director de la primera película nos haya terminado por entregar una experiencia tan flácida, tan floja y tan tediosa en “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”. Este no es el Gans de “Pacto con Lobos”; ni siquiera es el Gans de “La Bella y la Bestia”. Es un director que se quedó en el tiempo y que cree que la franquicia de “Silent Hill” en general funciona gracias a lo superficial: los efectos visuales, las criaturas, los planos bonitos. Pero lamentablemente, en esta película dejó de lado cualquier aspecto narrativo o de personaje que podría resultar interesante, o al menos en una experiencia de pavor. Consideren, si no, que esta versión de James tenga la personalidad de un rollo de papel higiénico y que reaccione a situaciones horripilantes con un desinterés francamente alucinante. Ver, por ejemplo, a un mendigo derretirse frente a sus ojos resulta en la misma reacción que yo tendría al ver a una mosca pararse en mi comida.

Puede que los fanáticos del juego la pasen más o menos bien con “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”. Quizás. Quizás ellos entenderán el punto de la historia y quizás ellos entenderán el final. Un gamer casual y cinéfilo como Vuestro Servidor, sin embargo, no pudo evitar sentirse frustrado, no solo porque esperaba más de Gans, sino también porque, dejando de lado los vínculos con los videojuegos, “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” no generó nada en mí. No da miedo, no causa tensión, ni siquiera da risa. Los personajes son aburridísimos, y los buenos actores que los interpretan hacen lo que pueden con un material que no los ayuda para nada. “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” es de lo más decepcionante que haya visto en un buen tiempo —mejor la pasarán parándose en medio de una calle neblinosa en el invierno limeño.

Sebastián Zavala Kahn. Me Gusta el Cine.

En Las Tipas, Hoyts, Cinépolis y Monumental.

“Sin piedad”

En una Los Angeles devastada por la pobreza, la falta de empleo y de vivienda, el crimen ha crecido a niveles insostenibles, con saqueos y cárceles atestadas. El gobierno, por lo tanto, instaura un sistema de control, vigilancia y juicios de resolución inmediata (que incluye la ejecución del condenado) a cargo de una Inteligencia Artificial tan avanzada que es capaz de determinar la culpabilidad con una certeza casi absoluta. Gracias a la iniciativa, en apenas un par de años (estamos hablando de un futuro muy cercano, ya que el corazón del relato transcurre en 2029), los índices delictivos caen de forma abrupta.

Tras ese breve prólogo, vemos al policía Chris Raven (Chris Pratt), quien fue uno de los primeros en atrapar a varios delincuentes que luego fueron procesados con esta nueva tecnología llamada programa Mercy (de ahí el Sin piedad del título local), siendo llevado a juicio por haber asesinado a su esposa de una puñalada. Quien se encarga del caso es la jueza Maddox (Rebecca Ferguson), una magistrada que -claro- no es humana sino fruto de la IA. Ella le mostrará a Raven los detalles (tiene acceso a imágenes de cámaras de vigilancia, correos electrónicos, chats) y permitirá los testimonio de diversos testigos (ni los aportes de sus amigos ni de su hija adolescente parecen ser de alguna ayuda para el detective).

Narrada en tiempo real (hay un omnipresente reloj con una cuenta regresiva porque el caso debe resolverse en 90 minutos), Sin piedad está concebida con oficio por Timur Bekmambetov, pero su denuncia de los abusos de una tecnología mal aplicada y de los excesos del control estatal sobre el ciudadano son más bien obvios. Así, con problemáticas similares que fueron abordadas mucho tiempo antes por las muy superiores Días extraños / Strange Days, de Kathryn Bigelow; Minority Report: Sentencia previa, de Steven Spielberg; y hasta por RoboCop, de Paul Verhoeven; y Carrera contra la muerte / The Running Man, de Paul Michael Glaser, termina siendo no mucho más profundo, provocador e inquietante que un episodio promedio de la serie Black Mirror, más allá de las varias vueltas de tuerca que se reserva para el desenlace

La elección de Chris Pratt, quien está toda la película esposado a una silla, no parece haber sido la más acertada porque aquí no puede aportar ni el humor de su Peter Quill en Guardianes de la Galaxia ni el despliegue físico que lo han caracterizado. Bastante más elegante es lo de Rebecca Ferguson, quien con el correr de los 90 minutos le va sumando a su personaje “artificial” reacciones de una sutileza que no tienen los humanos a los que debe juzgar.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En todos los cines.

“Hagas lo que hagas, está mal”

Hay directores para los que el cine es una aventura, la voluntad de adentrarse en territorios por descubrir, no solo para sí mismos, sino para sus espectadores. El desafío de lo desconocido. No es el caso del cineasta italiano Gianni Di Gregorio, que parece moverse en una dirección opuesta en casi todos los sentidos posibles. El suyo es un cine de la repetición, de zonas conocidas donde siempre se pisa sobre seguro y que trabaja sobre esa comodidad que solo puede dar el moverse a través de las costumbres asentadas. Su nueva película, Hagas lo que hagas, está mal, lo deja bien claro.

No solo porque es sencillo reconocer en ella las marcas de identidad de cierto cine italiano costumbrista, moderadamente satírico y de humor ligero, cuyas historias son protagonizadas por personajes que podrán equivocarse y hasta lastimar a otros, pero que siempre son cándidos y esencialmente buenos. También es fácil establecer vínculos con otros títulos de su filmografía, como Nunca es tarde para amar, su trabajo anterior, estrenado en la Argentina hace menos de un año. Y especialmente con Un feriado particular (2008), su ópera prima como director y su obra más recordada en Argentina, con cuyo argumento el de Hagas lo que hagas, está mal guarda algunos puntos de contacto notorios.

Interpretado por el propio Di Gregorio, el protagonista es un profesor jubilado tan acostumbrado a vivir solo, que hasta se da el lujo de hacerse el difícil con una mujer algo más joven, quien ya no sabe qué hacer para conquistarlo. El problema es que un día, sin mediar anuncio, su hija recién separada llega con sus dos nietos y se le instala en el amplio departamento de hombre solo. Una situación similar a la que atravesaba el protagonista de Un feriado particular, solo que en lugar de una hija y dos nietos adolescentes, en aquella el tipo debía lidiar con las madres de dos amigos que por distintas razones le pedían que se las cuide por unos días.

En Hagas lo que hagas, está mal lo que entra en tensión es el deseo del profesor de seguir haciendo su vida sin que nadie lo joda, y el deber ser de sus roles como padre y abuelo, que lo obligan a cumplir con lo que se espera de él aunque no tenga ganas. Sin embargo, las situaciones que el entuerto provoca nunca van más lejos que la imaginación del espectador y aún cuando algunas pueden resultar simpáticas, esa estrechez del horizonte narrativo acaba convirtiéndose en un problema. Un obstáculo que dice menos acerca del vínculo que el director busca construir con el público, que sobre su propia falta de audacia para ir más allá del límite que su misma obra le impone.

JUAN PABLO CINELLI. Página 12

En Showcase y en Monumental.

“El Susurro”

Es mucho lo que, hábilmente, el guión va ocultando al espectador, que puede sentirse desconcertado en los primeros minutos. Como si la cámara irrumpiera en medio de la historia, sin pedir permiso, y menos dando explicaciones al público. Puede parecer extrañas las relaciones entre el personaje que encarna Luciano Cáceres y el de Ana Clara Guanco Aguilera, hasta que las cosas en la cabeza de quien está mirando la película, empiezan a encajar en un rompecabezas astutamente prearmado.

Lucía y su hermanito Adrián (el niño Marcelo Michinaux) se refugian en una casa que perteneció a la familia, en un lugar convenientemente aislado. Es evidente que están huyendo de algo, o de alguien. Adrián no habla, se comunican por el lenguaje de señas.

Todo va a empeorar cuando Lucía advierta que allí cerca opera una organización encubierta que se dedica a secuestrar adolescentes para filmar lo que se denominan películas snuff, que muestran torturas y asesinatos, sin ningún truco de cámara. Es una atrocidad, sí. Y como ella es joven, bueno, pueden imaginarse el resto.

Las sorpresas que nos tiene reservada la trama son muchas y variadas, arrancando con personajes con podres sobrenaturales, vampirismo y más.

Pero lo que genera atracción viendo El susurro es cómo consigue generar suspenso, y asustarnos, con un simple paneo repetido de la cámara, sumado a la utilización del sonido y la banda sonora.

Un enigma cómo responderá el público local antes lo que ofrece El susurro. ¿Irán espectadores atraídos por el género, o la presencia de Luciano Cáceres asegura el corte de más tickets? Como sea, El susurro es una propuesta -fuerte, de eso no hay duda alguna, y no para todo público- con la que el vapuleado cine argentino, bah, rioplatense, bien puede enorgullecerse.

PABLO SCHOLZ. Clarín.

En Monumental y Showcase.

“Megadeth: Behind the mask”

BEHIND THE MASK es un acontecimiento cinematográfico sin precedentes donde Dave Mustaine desvela cuatro décadas de MEGADETH, revela anécdotas inéditas y nos habla de la chispa creativa que sigue alimentando a la banda. Durante todo el evento, el público vivirá el estreno mundial del nuevo disco homónimo de MEGADETH al completo, acompañado de un documental que recorre cuatro décadas de la banda y las valoraciones de Mustaine tema por tema. Combinando documental y experiencia sonora, BEHIND THE MASK se alza como una envolvente celebración de una de las bandas más influyentes del metal, que recoge su legado y marca el inicio de un nuevo y poderoso capítulo.

En Cinépolis y en Showcase

Fuente: Otros Cines, Clarín.

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