
La detención de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas estadounidenses abrió una ventana de esperanza para las familias de los presos políticos en Venezuela. En Buenos Aires, el caso de Nahuel Gallo —el cabo primero de Gendarmería Nacional detenido desde diciembre de 2024— volvió a cobrar fuerza este viernes 9 de enero de 2026. Su pareja, María Gómez, mantiene una vigilia constante y asegura que, tras la caída del régimen, no hay excusas para mantener a inocentes tras las rejas.
Gallo fue interceptado en la frontera colombo-venezolana cuando viajaba de vacaciones para reencontrarse con su mujer y su hijo. Desde entonces, permaneció recluido en la prisión de máxima seguridad El Rodeo I, acusado por la justicia chavista de supuesta “conspiración y terrorismo”, cargos que el Gobierno argentino y organismos como la ONU y la OEA rechazaron desde el primer día.
“No tenemos información confirmada todavía, pero estamos con mucha fe de que lo que tanto pedimos se dé hoy”, relató María en declaraciones televisivas. La mujer, que debió abandonar Venezuela junto a su hijo Víctor el año pasado con ayuda de la Cancillería, insiste en que la transición democrática no será real hasta que todos los extranjeros y venezolanos detenidos arbitrariamente recuperen la libertad.
La situación de Gallo fue denunciada por la administración de Javier Milei como un caso de desaparición forzada, ya que el suboficial pasó semanas incomunicado y sin asistencia legal básica. Los testimonios de otros detenidos que compartieron celda con él describen condiciones de reclusión extremas, con violencia sistemática y aislamiento.
Este jueves, el Parlamento venezolano y la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, confirmaron que se inició un proceso de liberación de un “número importante” de personas, incluyendo ciudadanos extranjeros. Aunque las listas oficiales se difunden a cuentagotas, ya se confirmaron las salidas de varios dirigentes opositores y ciudadanos españoles.
Para la familia de Nahuel, cada hora cuenta. Mientras las instituciones internacionales como la OEA presionan para que se garantice la salida de todos los “mercenarios” —como los llamaba el chavismo—, en Argentina se espera que el gendarme pueda finalmente abrazar a su hijo de tres años. “Lo único que necesito es que volvamos a tener la tranquilidad que nos robaron”, concluyó Gómez, quien sigue pegada al teléfono esperando el llamado que confirme que la pesadilla terminó.
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