
Elegir cómo se va a llamar un hijo es una decisión que marca su identidad para siempre. En Argentina, aunque el nuevo Código Civil da mucha más libertad que antes, todavía existen restricciones para evitar que la “originalidad” de los padres se convierta en una carga para el chico. En esa lista de nombres que quedaron en el olvido, hay uno que destaca por su sonoridad particular y su historia milenaria: Serapia.
Según los datos del Registro Nacional de las Personas, este nombre no se usa en recién nacidos desde 1992. Actualmente, las mujeres que se llaman así en territorio argentino no llegan al centenar, lo que lo convierte en una verdadera rareza de la onomástica local.
A pesar de que hoy nos suena extraño, el origen de Serapia es sumamente prestigioso. Proviene del griego Serapía, la forma femenina de Serapis, una deidad que mezclaba mitos egipcios y griegos (como Osiris y Zeus). En la antigüedad, llevar este nombre significaba estar “consagrada a Serapis” y se asociaba con conceptos de protección, sanación y renacimiento.
A diferencia de nombres como Sofía (que también es griego y significa sabiduría) o Serafina, Serapia perdió la batalla contra la modernidad. Su sonoridad fuerte y poco amigable para el oído actual hizo que los padres lo fueran abandonando progresivamente. En la onomástica cristiana primitiva tuvo su auge debido a algunas santas y mártires, pero hoy quedó relegado a registros históricos.
La ley argentina busca proteger al menor. Por eso, aunque se pueden inventar nombres o usar palabras nuevas, el oficial público puede rechazar aquellos que resulten “extravagantes” o que puedan generar burlas. Serapia no está prohibido, pero su desuso demuestra que, a veces, la tradición cede ante la búsqueda de nombres más melódicos o contemporáneos.
Comentarios