
La misión Artemis II llega a su fin con el amerizaje de la cápsula Orion, pero para sus astronautas comienza otra etapa igual de desafiante: la readaptación del cuerpo humano a la gravedad terrestre.
Los tripulantes Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen serán sometidos a controles médicos intensivos tras completar un viaje de 10 días alrededor de la Luna, en una misión histórica de la NASA.
El regreso implica enfrentar cambios fisiológicos significativos, desde pérdida de masa muscular hasta alteraciones en el equilibrio y el sistema cardiovascular. Durante su estadía en el espacio, los astronautas estuvieron expuestos a la microgravedad, una condición que afecta directamente al cuerpo humano.
En ese contexto, los músculos pierden volumen y fuerza, mientras que los huesos reducen su densidad mineral, pudiendo generar un proceso similar a una osteoporosis acelerada. Incluso en solo 10 días, se estima una pérdida de entre 1% y 2% de masa muscular, especialmente en piernas y espalda.
Además, la redistribución de líquidos hacia la parte superior del cuerpo genera el conocido efecto de “cara de luna”, mientras que el aumento de calcio en sangre eleva el riesgo de cálculos renales.
Para contrarrestar estos efectos, cada astronauta realizó 30 minutos diarios de ejercicio con un volante de inercia de 14 kilos.

La doctora Patricia Sawyer-Simmons explicó: “El dispositivo funciona como una máquina de remo y permite sentadillas, peso muerto y remo ergométrico”. Este entrenamiento permite frenar la pérdida de densidad ósea —que puede alcanzar entre 1% y 1,5% por mes— y mantener la capacidad física en condiciones extremas.
Además, la especialista destacó: “El ejercicio favorece tanto la función mental como la física. Son deportistas de élite y deben rendir en ambos frentes”.
La microgravedad también afecta al sistema inmunológico, reduciendo su eficacia y aumentando la vulnerabilidad a infecciones tras el regreso. A esto se suman alteraciones metabólicas y problemas en el sueño, producto de la desincronización de los ritmos circadianos, una condición frecuente en misiones espaciales.
La fase de reentrada a la atmósfera representa uno de los mayores desafíos físicos. Durante ese proceso, los astronautas soportaron fuerzas de hasta 3,9 veces la gravedad terrestre, lo que puede provocar mareos, desorientación y fatiga extrema.

Además, el regreso a la gravedad obliga al cuerpo a readaptarse rápidamente. El sistema cardiovascular debe volver a bombear sangre de manera eficiente y el equilibrio se ve afectado. En este sentido, el especialista Tartaglione explicó: “No es que se olvidan de caminar, pero no pueden mantener el equilibrio”.
Durante el reingreso, la cápsula atraviesa un momento crítico conocido como “blackout”, donde se pierde la comunicación con la Tierra debido al plasma que la rodea. En ese lapso, los sensores internos registran datos clave sobre la salud de la tripulación y el estado de la nave, fundamentales para futuras misiones.
Tras el amerizaje en el Pacífico, la NASA activará un protocolo riguroso.
Primero, la cápsula será estabilizada y la tripulación permanecerá cerca de dos horas en su interior antes de ser trasladada al buque USS John P. Murtha. Allí recibirán las primeras evaluaciones médicas, para luego ser derivados al Centro Espacial Johnson.
El seguimiento incluirá estudios físicos y también evaluaciones psicológicas, ya que el aislamiento y las condiciones del espacio pueden generar estrés, ansiedad o trastornos postmisión.
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