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Un símbolo eterno

El Monumento que vio cambiar a Rosario

Las 104 fotografías inéditas de su inauguración muestran una obra que, casi siete décadas después, continúa funcionando como uno de los principales puntos de encuentro de los rosarinos.

Crédito: AR-ISHIR-FHH-IMNB-003 – ISHIR (CONICET-UNR).

El Instituto de Investigaciones Socio-Históricas Regionales (ISHIR-CONICET) presentó un archivo fotográfico compuesto por 104 imágenes inéditas de la inauguración del Monumento Nacional a la Bandera, realizada en Rosario el 20 de junio de 1957.

Las fotografías fueron tomadas por el alemán Herbert Hirschfeld y permanecieron durante décadas en formato de diapositivas, hasta que fueron digitalizadas y catalogadas para ponerlas nuevamente a disposición de la ciudadanía y la comunidad académica.

Pero más allá de la revelación que son las imágenes para la ciudad, estas además sirven para reflexionar sobre la importancia del gran símbolo rosarino como punto de encuentro.

Crédito: AR-ISHIR-FHH-IMNB-003 – ISHIR (CONICET-UNR).

El año de su inauguración, después de 14 años de construcción, convocó a una multitud con un desfile militar que se convirtió en el primer festejo que viviría el Monumento. Sin saberlo, entre discursos y la Llama Votiva, la presentación se transformó en una tradición rosarina.

Rosario, en 1957, le daba la bienvenida a una obra de dimensiones extraordinarias con una torre de 70 metros que se alzaba sobre las barrancas del Paraná. El Monumento no era simplemente “un edificio más”, sino un acontecimiento que marcó para siempre a la ciudad.

Su presencia tenía un impacto visual aún mayor que el actual, en un paisaje urbano que todavía se encontraba en desarrollo. La ciudad comenzaba a palpitar los años 60, atravesada por una estética vinculada al modernismo alemán y suizo, y el Monumento se incorporaba a ese escenario como una expresión de modernidad.

Su arquitectura, caracterizada por las líneas rectas, las formas geométricas, los grandes volúmenes y la simetría, dialogaba con las tendencias del diseño moderno que comenzaban a consolidarse en Argentina durante esos años.

Crédito: AR-ISHIR-FHH-IMNB-003 – ISHIR (CONICET-UNR).

La propuesta buscaba construir una identidad visual a partir de la propia arquitectura del Monumento, tomando sus formas, líneas y estructura como recursos compositivos para representar no solo una época, sino también la idea de modernización en el momento de su inauguración.

Aquella celebración del 20 de junio no fue más que un pantallazo a lo que vivimos como sociedad casi 70 años después.

Después de cambios sociales, políticos, económicos y culturales, la estética rosarina buscó nuevas formas de representar una ciudad que también se transformaba. Las líneas geométricas y la monumentalidad que caracterizaban el paisaje de 1957 fueron dando paso a una ciudad cada vez más vertical, atravesada por nuevos edificios, construcciones y espacios urbanos.

Con el crecimiento de Rosario, también se modificó la manera de mirar y representar la ciudad. La arquitectura comenzó a convivir con una estética más minimalista y despojada, donde predominan las líneas simples, los espacios limpios y la funcionalidad.

Crédito: AR-ISHIR-FHH-IMNB-003 – ISHIR (CONICET-UNR).

El Monumento, que alguna vez se destacó casi en soledad sobre las barrancas del Paraná, pasó a formar parte de un paisaje urbano mucho más complejo y densamente construido.

Pero más allá de los rascacielos que se posan mirando al río, el espacio monumental sigue destacándose por el sentimiento de unidad, por la necesidad de abrazarse entre compatriotas para llorar de emoción o para calmar las penas.

Hoy en día, las imágenes de la gran celebración por la presentación oficial del emblema rosarino, no son más que una demostración de lo que el espacio siempre significó: un lugar donde decidimos levantar banderines, tomar mates, sentarse en canastita con amigos cuando hay sol y pintarse la cara de azul y blanco mientras todos gritan “Gol”.

Porque al fin y al cabo, jurar la bandera en el Monumento también es jurar pisar el suelo del espacio y cantar el himno bajo la bandera cuando queremos reivindicar nuestro compromiso y nuestro amor por la patria.

Crédito: AR-ISHIR-FHH-IMNB-003 – ISHIR (CONICET-UNR).

Porque jurar amar y defender nuestra insignia también viene de la mano de saltar en pogos, compartir la emoción con nuestro vecino y decidir celebrar el Monumento Nacional a la Bandera como parte de la identidad rosarina.

Hoy, casi siete décadas después de su inauguración, no hay otro lugar que reemplace su función de punto de encuentro. No existe edificio, por más alto y llamativo que sea, que genere la sensación de sentirse en casa. No hay lugar en Rosario que abrace más a sus ciudadanos como el Monumento Nacional a la Bandera.

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