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El último adiós a Ian y los interrogantes de una comunidad conmovida

La despedida al nene de 13 años asesinado en Santa Fe dejó al descubierto las profundas heridas de una comunidad que pasó del esplendor ferroviario al olvido.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Los padres de Ian cargan el cajón con ayuda de familiares al salir de la sala velatoria hasta el coche que los llevará hasta el cementerio, en un cortejo fúnebre que despedirá por última vez los restos del chiquito de 13 años, asesinado este lunes en una escuela de San Cristóbal. La caravana pasará por el Club Independiente, que era el lugar en el que Ian era feliz. Él soñaba con ser futbolista profesional y quería parecerse, según dicen sus profesores y sus técnicos, a Acuña o a Montiel. Jugaba de defensor en la categoría 2013 del Rojo de San Cristóbal.

Como ocurre en muchas localidades del interior profundo de la Argentina, la gente se divide en su pasión futbolera por River o Boca, los grandes de Buenos Aires; sin embargo, en San Cristóbal son todos de Racing o de Independiente. Los dos clubes tienen una especie de filial, si bien no es oficial, en esta parte del norte santafesino. Ian Cabrera jugaba en Independiente y nunca más va a poder jugar al fútbol porque una bala truncó su destino y su futuro.

Las últimas 24 horas han sido para esta localidad del norte santafesino muy tristes y lo seguirán siendo, sin duda, en las próximas semanas y días, tal vez meses.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Las docentes decían anoche en la escuela que tardará mucho en recuperarse, volver a lo pedagógico y volver a la normalidad. En esa escuela se vivió una tragedia que parecía estar sacada de un noticiero en Estados Unidos; sin embargo, pasaba acá, en el norte de la provincia de Santa Fe.

Mientras San Cristóbal intenta o intentará de a poco recuperar su normalidad, la justicia buscará determinar quién le dio las municiones a Gino, el joven de 15 años que decidió dispararle a sus compañeros este lunes por la mañana.

Esta mañana en Radio Boing, el abuelo de Gino contaba que la escopeta que utilizó su nieto se la robó. “Me la robó y no sé cuándo fue; apenas supe lo denuncié“, contó. “Y no tenía municiones”, aclaró también. Alguien, sin dudas, le aportó las municiones a Gino, el chiquito atacante. Mientras la fiscalía determina quién le dio las municiones a Gino y mientras San Cristóbal intenta recuperar su tranquilidad, en el resto del país seguramente esto será en los próximos días motivo de reflexión o tela de análisis.

El patio donde estaban por izar la bandera. Foto: Farid Dumat Kelzi

Se buscará entenderlo y dimensionar si, el uso de los teléfonos celulares en los chicos y en los adolescentes genera un daño o un malestar; por ejemplo, cuando se hace bullying y cuando alguien se burla de otro y eso pasa en las redes sociales, generando la posibilidad de que esto termine en una tragedia. Algo así se dijo en las primeras horas después de producido el ataque de Gino contra sus compañeros.

Circulaba un video viral en el que era burlado de parte de sus compañeros y le pateaban una silla. Sus amigos dijeron luego que, en su interpretación, ese video y esa burla no eran habituales y que no era un chico que permanentemente fuera hostigado. Sin embargo, el debate queda.

Ayer, cuando se produjo la masacre o la tragedia en la escuela de San Cristóbal, era el primer día en el que se ponía en práctica un esquema diseñado por el gobierno de la provincia de Santa Fe para que los chicos usen menos el celular en las aulas. Por eso, los habían dejado en una caja, apartados de sus manos y de su cercanía, cuando estaban por izar la bandera. Por este motivo, durante la tarde y noche de ayer, cuando los periodistas de todo el país llegamos a San Cristóbal, nos encontramos con una escena dantesca.

La bandera sin izar estaba todavía en el hilo del mástil, pero sin izar; el patio estaba lleno de bicicletas porque los chicos acá en San Cristóbal todavía van en bicicleta a la escuela, como pasaba en otra época en otras ciudades más grandes; y los teléfonos estaban dentro de cajas adentro de las aulas.

Foto: Farid Dumat Kelzi

La pregunta que surge es, quizás, ¿qué hubiera pasado si la tragedia se daba con los teléfonos de los chicos en sus manos? Posiblemente hubiese quedado filmada y el morbo se hubiera agrandado, pero eso no pasó. También queda para reflexionar el lugar y la ciudad en la que esto sucedió.

San Cristóbal era, hasta 1994, una ciudad pujante, industrial y ferroviaria. Durante muchas décadas, una línea ferroviaria y una estación con talleres que había nacido en el siglo XIX con capitales franceses le daban de comer y le daban trabajo a miles de familias. 1300 obreros tenían los galpones de los talleres ferroviarios de San Cristóbal, hasta que en 1994, producto de las privatizaciones y el cierre de los ramales ferroviarios que decidió el gobierno de Carlos Menem, esta ciudad empezó a vaciarse.

Mucha gente emigró y se fue a Rafaela, a Santa Fe o a otros lugares. De ese modo empezó a haber en esta ciudad, como no había antes, pobreza, desempleo y, entre otras cosas, llegó el flagelo de la droga. Algunos dicen que en San Cristóbal se empezó a consumir como antes no se consumía.

Dicen también que eso fue lo que pasaba con el padre de Gino, que hace ya muchos años se había separado de su mamá y estaba en Paraná acosado por el flagelo de la droga, con muchos problemas con los consumos problemáticos. Inclusive, según contó hoy el abuelo de la víctima, tenía un camión que le regaló su suegro, el abuelo del nene, que hasta tuvo que venderlo por los problemas que le había generado el consumo de drogas.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Una ciudad que entonces, con problemas de la droga, con problemas de desempleo, con problemas de pobreza y situaciones que antes no vivía, se encuentra con que ahora también ha sido noticia en todo el país por un hecho que quizás era esperable en una ciudad más grande.

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