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Opinión

EUTANASIA

Cuando la vida duele

Noelia Castillo Ramos, la joven española de 25 años que tras un derrotero judicial de dos años logró el acceso a una muerte asistida, estremece al mundo por múltiples razones; su edad es por supuesto un hito fundamental pero además las circunstancias que rodean el caso lo tornan sobrecogedor.

Criada en el seno de una familia disfuncional en la que nunca se sintió querida, Noelia fue víctima de una agresión sexual en manada a la edad de 22 años; hecho traumático por el que intentó quitarse la vida, arrastrando como secuela una paraplejía del 75%, pérdida de autonomía y dolores, que relató como insoportables. Cuatro años de un sufrimiento físico y emocional inagotables de los cuales los últimos dos transitó un derrotero judicial, en el que debió sortear no sólo el procedimiento legal dispuesto para acceder a la eutanasia, sino la oposición de su padre.

“Ya no puedo más con los dolores, no puedo más con todo lo que me atormenta en la cabeza de lo que he vivido” expresó con determinación y crudeza Noelia en la última declaración que realizó para un medio de comunicación.

Finalmente, la justicia española (previo exámenes rigurosos, numerosos dictámenes de comités especializados y un prudente tiempo de reflexión) falló a favor de la voluntad de la joven, poniendo en la pirámide de la ponderación de derechos la autodeterminación y la decisión individual, dejando de lado la voluntad familiar y/o de terceras personas.

Fue ni más ni menos que la libertad de Noelia a decidir sobre su propia vida -o su muerte- lo que la justicia consideró impostergable y es justamente esa misma libertad la que pone en jaque las creencias de la sociedad, ¿a quién le corresponde decidir sobre la existencia de una persona a la que le duele la vida y requiere de la ayuda de terceros para poder desarrollar las actividades cotidianas más simples?

¿Qué tiene la eutanasia que nos genera picazón física e incomodidad intelectual? Es que nos da de bruces con dos realidades incontrastables pero que actualmente nos empeñamos en negar: la finitud de la vida y lo irreversible de la libertad.

Mientras la inteligencia artificial y la realidad virtual vuelven a poner sobre el escenario artistas fallecidos, -y el público compra entradas para sumergirse en la fantasía del regreso del mas allá-, y diariamente comemos, nos movemos y respiramos para alargar la existencia en las mejores condiciones posibles; la vida nos pega una cachetada mostrándonos límites físicos, psíquicos y emocionales. Mientras socialmente la muerte nos atormenta, la voluntad de poner fin a la vida voluntariamente nos recuerda que el ejercicio de la libertad tiene a veces consecuencias insospechadas.

La eutanasia no obliga a nadie a morir, pero tampoco obliga a vivir a quien la vida se vuelve un suplicio; física, anímica y psicológicamente.

Describe con meridiana claridad el periodista español Rubén Amón La familia cree decidir por amor, la religión cree decidir por fe, la política cree decidir por principios, y entre todos terminan decidiendo por otro. La eutanasia no enfrenta la vida y la muerte, enfrenta la voluntad individual y la tutela colectiva, enfrenta la soberanía del individuo y la tentación permanente de los demás de protegernos incluso contra nosotros mismos.”

El debate ético, moral y médico entre el respeto irrestricto a la voluntad individual y la preservación de la vida está lejos de zanjarse, incomodarse con el análisis y plantearlo en agenda es un ejercicio necesario que no debe ser evadido.

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