
Rosario se iluminó el último fin de semana de enero con el Festival FARO. Más de 120 mil personas acudieron al evento gratuito que se llevó a cabo en el Parque Urquiza, consolidándose como uno de los encuentros culturales más importantes de la ciudad.
El predio contaba con dos escenarios principales: el primero en el Anfiteatro Municipal de Rosario “Humberto de Nito” y el segundo ubicado detrás del Planetario de la ciudad. Entre ambos sectores había actividades para niños, adultos y ofertas gastronómicas.
La noche del sábado estaba acompañada de una brisa que aliviaba el calor, mientras el parque estaba iluminado con diferentes colores. Los puestos de comida contaban con largas filas y los escenarios estaban repletos: gente esperando y escuchando en vivo, y otros descansando.
Las propuestas musicales dividieron a la gente por edad. En el Anfiteatro se reunieron los adultos a escuchar a Baglietto/Vitale, que colapsaron los espacios y donde se formó una cadena de personas que miraban el espectáculo desde afuera, formando una barrera en la entrada.
Los más jóvenes estaban en el otro escenario, donde aplaudieron a bandas como Crema y Groovin’ Bohemia. Los vendedores de bebidas se asomaban entre la multitud para ofrecer una salvación al calor que se fue haciendo más evidente para las 12 de la noche.

Pero más allá de la organización y de la grilla, lo que impulsó el evento fueron las ganas de encontrarse y de vivir una experiencia colectiva. Entre reposeras, lonas y el suelo mismo, la gente compartía un momento con sus seres queridos mientras de fondo sonaban melodías de artistas locales.
Hay algo especial en tomar una cerveza sentados en el parque escuchando bandas locales, un sentimiento de unión y de compañerismo. La complicidad de pasar tiempo con tus seres queridos disfrutando de eventos gratuitos que te mejoran el sábado por la tardecita.
El hecho de estar comiendo unas papas fritas sentados en ronda mientras flotan conversaciones sobre todo un poco y la música de fondo acompaña el momento. Existe también una mágia en ver artistas que crecieron en los mismos espacios que uno: sentir que la oportunidad de progresar en tu ciudad es posible, que crear también te da un lugar donde la gente te escucha.
El festival fue mucho más que un espacio abierto al público, fue darle una oportunidad a los vínculos para reunirse y disfrutar de un fin de semana diferente. Abrazos y charlas en la vereda, los saltos en los pogos y las risas acompañaron la luz de la luna llena. El FARO no se encendió por la luz artificial de los reflectores, sino por la calidez de coincidir con otros.

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