
La paleontología argentina anotó un nuevo hito en este inicio de 2026. Un equipo de científicos del CONICET dio a conocer el hallazgo de una especie de dinosaurio saurópodo hasta ahora desconocida, que habitó la actual provincia de Neuquén durante el Cretácico Superior. La nueva criatura, denominada Yeneen houssayi, pertenece al grupo de los titanosaurios, conocidos por ser cuadrúpedos de cuellos y colas larguísimas que dominaron el paisaje patagónico hace 83 millones de años.
El descubrimiento, publicado recientemente en la revista Historical Biology, destaca por el excelente estado de conservación del esqueleto. Según explicó Leonardo Filippi, investigador del Museo Municipal Argentino Urquiza y autor principal del estudio, el ejemplar medía entre 10 y 12 metros de largo y pesaba cerca de 10 toneladas. Lo que más entusiasmó a los expertos es que se preservaron todas las vértebras dorsales, el sacro y la primera vértebra de la cola, piezas fundamentales para identificar las características únicas de esta especie.
El nombre elegido para este gigante tiene un significado profundo. El género Yeneen proviene de la cultura tehuelche (Aónikenk) y significa “espíritu relacionado con el invierno”, en clara alusión a “La Invernada”, el sitio exacto de Neuquén donde aparecieron los restos. Por otro lado, la especie houssayi rinde tributo a Bernardo Houssay, el primer Nobel de medicina de nuestro país y figura central en la historia de la ciencia argentina.
Este hallazgo no es un hecho aislado. El Yeneen houssayi se suma a otros parientes encontrados en la zona, como el Overosaurus y el Inawemtu. La presencia de tantas especies distintas en un mismo lugar y período sugiere que estos dinosaurios desarrollaron diferentes estrategias de alimentación para convivir sin competir entre ellos, o bien que hubo un reemplazo de fauna a medida que cambiaba el ambiente.
La riqueza de información anatómica que aporta este nuevo esqueleto permite a los paleontólogos realizar comparaciones más precisas con otros titanosaurios del mundo. Para el CONICET, este descubrimiento refuerza el posicionamiento de la Patagonia como uno de los laboratorios naturales más importantes del planeta para entender la evolución de los seres más grandes que alguna vez caminaron sobre la Tierra.
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