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INFOXICACIÓN

Cuando el exceso de información se vuelve tóxico

Vivimos una época paradojal, en la que abundan datos y está democratizado tanto el acceso como la generación de contenido pero en la que, paralelamente, se viven momentos de profunda desorganización informativa. Todos somos -o eso creemos- capaces de acceder y conocer acerca de aquello que capte nuestro interés (lo que no también) pero al final del día fue tanta la cantidad de data que recibió nuestro cerebro que la mitad rebotó y de la otra mitad, no sabemos qué es cierto y qué no.

En los ’90,  el consultor, conferenciante y escritor español Alfons Cornella, formado en física teórica y gestión de recursos de la información acuñó el término “infoxicación” para referirse  a la sobrecarga de información que se produce cuando recibimos más datos de los que nuestro cerebro puede procesar generando estrés, ansiedad y dificultades para tomar decisiones. Derivando en el pasmo de nuestro intelecto, que se vuelve incapaz de profundizar cualquier temática, como consecuencia del exceso de contenido y la dispersión de fuentes y estímulos desde las que proviene.

Sobre-pensamos, complejizamos nuestra vida diaria, convivimos con un ruido constante en nuestra cabeza que torna imposible generarnos opinión sobre temas de relevancia; desenfocándonos de lo importante, de lo urgente y de los objetivos a mediano y largo plazo.

Los ejemplos abundan y nos rodean. Esta última semana, el conflicto desatado en Medio Oriente (por tomar uno de los temas de actualidad que mayor caudal de noticias generó en los últimos 7 días) se vuelve el espejo perfecto. La cobertura es en tiempo real, la información nos aborda desde la multicanalidad: redes sociales, sitios de noticias, radio, televisión, streaming. Imágenes, videos, prensa escrita. Todo en el mismo momento, todo en abundancia, todo en exceso y en medio se cuelan las fake news que dan cuenta de sucesos que no existieron o bombardeos generados con inteligencia artificial.

El inicio, nudo y desarrollo de la noticia se pierde en el caos. La información, que debería ser una coraza infalible se convierte en un Leviatan indomable que nos devora sin piedad y nos quita lo más primordial que debería darnos: certeza.

Reuters allá lejos por 1996 confeccionó el paper titulado “Dying for Information” (muriendo por información) direccionado específicamente al mundo corporativo pero que hoy, 30 años más tarde mantiene plena vigencia. En el referido documento, la sentencia fue inequívoca “Knowledge is power, but information is not” (“el conocimiento es poder, la información no”).

Sostuvo que la sobreexposición a la información reduce la capacidad de resolver problemas, provoca un déficit de atención y afecta la productividad. Altera la memoria y provoca estados de angustia y ansiedad desencadenando estrés. El caudal de datos es tan inabarcable que entabla una relación superficial con el saber que se intenta abordar.

Hace 30 años, la inteligencia artificial era tan sólo argumento de las películas futuristas de ciencia ficción, en el 2026 al agobio informativo se le debe sumar el uso y abuso de una herramienta que en muchos casos nos tiene a nosotros prompteados (y no a la inversa) y nos devuelve exactamente lo que queremos leer o escuchar, independientemente de cuál sea la verdad.

Es la realidad en la que buceamos y con la que debemos convivir pero en la que se vuelve urgente poner en práctica una curaduría concienzuda de contenidos. Quizás pensar en detener los estímulos sea ingenuo pero nos debemos a nuestra salud mental y cerebral una selección fina que nos permita priorizar la información relevante. Verificar fuentes y limitar tiempos y momentos de conexión puede ser parte de la solución. Lo fundamental, reconectar con nuestro sentido común, que aunque anestesiado, en algún lugar está.

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