
Imaginate esta secuencia: el Fenway Park, el estadio más mítico y estructurado del béisbol estadounidense, atravesado de lleno por la locura del “Ejército de Tartán”. Eso fue exactamente lo que pasó este domingo en Boston, donde el choque de culturas deportivas regaló una postal increíble.
La movida arrancó con el envión anímico del Mundial. La selección de Escocia venía de ganarle 1 a 0 a Haití en Foxboro en su debut, y los hinchas necesitaban seguir de caravana. ¿El destino? El partido de los Boston Red Sox contra los Texas Rangers.
La franquicia local, que no da puntada sin hilo, ya la había visto venir y armó la “Noche de la Herencia Escocesa”. Desde temprano, las calles aledañas al estadio se llenaron de gaitas, hinchas en kilts (las tradicionales polleras escocesas) y pintas circulando. Cuando entraron al estadio, las tribunas se tiñeron con un mar azul gracias a unas camisetas especiales que cruzaban el escudo de los Red Sox con la bandera escocesa.
El choque de dos mundos Lo más jugoso de la jornada fue el contraste de cómo se vive el deporte. Para el hincha de fútbol, acostumbrado a vivir los 90 minutos al borde del infarto, el béisbol resultó ser una especie de spa.
Los propios escoceses confesaron que el ritmo pausado del partido fue un alivio. Lo compararon con el críquet: una dinámica ideal para bajar la manija, charlar con amigos y recuperar las voces que habían dejado en el partido de su selección la noche anterior.
Eso sí, la pasión tira y el ADN futbolero es imposible de apagar. A medida que avanzaba la tarde, la hinchada visitante empezó a meterle su propio ritmo a las gradas. Hubo tanto cántico y tanto ruido sostenido que el propio mánager de los Red Sox, Chad Tracy, lo resumió a la perfección: por unas horas, el mítico Monstruo Verde de Boston latió exactamente igual que la popular de una cancha de fútbol.
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