
Parece un chiste, pero la física detrás del asunto es muy seria. En el mundo de los saltos de esquí, donde las medallas se definen por milímetros, el tamaño del traje lo es todo. La teoría que circula con fuerza en este febrero de 2026 —impulsada inicialmente por el diario alemán Bild— sostiene que algunos atletas estarían inyectándose ácido hialurónico en el pene para aumentar su grosor entre uno y dos centímetros de forma temporal.
No es por estética. El objetivo es “engañar” a los escáneres corporales 3D que la Federación Internacional de Esquí (FIS) usa para medir a los deportistas antes de la temporada. Si el atleta registra un volumen mayor en la zona de la entrepierna, el reglamento le permite usar un traje con una superficie de tela más grande. En el aire, esos centímetros extra de tela actúan como una “vela” o paracaídas, generando una sustentación que podría estirar el salto hasta 5,8 metros adicionales.
La polémica llegó hasta la rueda de prensa oficial de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) en Milán. El presidente del organismo, Witold Bańka, respondió con una sonrisa pero con firmeza: “El salto de esquí es muy popular en Polonia, así que prometo que voy a investigar esto”.
El problema técnico es que el ácido hialurónico no es una sustancia prohibida en el código antidopaje actual. Olivier Niggli, director general de la AMA, aclaró que aunque no suelen meterse en métodos de mejora que no sean químicos (dopaje), su comité de expertos evaluará si esta práctica viola el “espíritu del deporte”.
Mientras tanto, la FIS reforzó los protocolos de medición. Ya se realizan inspecciones visuales y manuales (llevadas a cabo por médicos) para detectar “prótesis artificiales” o rellenos en la ropa interior, pero una inyección subcutánea es mucho más difícil de detectar sin un examen médico invasivo. Por ahora, el “Pene-gate” es la comidilla de la Villa Olímpica, dejando en evidencia que, cuando se trata de ganar, el ingenio (o la desesperación) de los atletas no tiene límites.
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