
El viernes tuve la oportunidad de ver la obra La Ballena en el teatro Broadway de Rosario. La función, protagonizada por Julio Chávez, se basa en el libro y en la película norteamericana interpretada por Brendan Fraser.
La obra transmite una necesidad de salir del cuerpo de uno mismo: se siente una incomodidad constante, como si algo más grande que nosotros quisiera dejarnos solos en este mundo.
Tanto la escenografía como las actuaciones me dejaron sin palabras. La puesta en escena realmente me hizo sentir vacía. Los silencios, las pausas, las sombras del montaje reflejan una sensación de que corre el tiempo. De que la vida pasa por delante de nuestros ojos y no podemos hacer nada para detenerla, para mirar un rato más a las personas que amamos.
Inclusive en los momentos de pura oscuridad y silencio se siente como una tensión, una tristeza y una nostalgia.

El personaje interpretado por Julio Chávez, Charlie, busca a través de la literatura, a través de ensayos ajenos, salir de su propio cuerpo, de su incomodidad, del caos mental. Ya no siente el deseo de luchar por su vida, y el sedentarismo que recorre las venas del protagonista traspasa el telón y se mete en los espectadores generando una mezcla de desesperación y malestar.
La obra provoca todo el tiempo eso: la falta de aire, la falta de exhalación. Se siente como si hubiera muchos respiros y que nunca se puede soltar el suspiro final. Y así fue, al finalizar la función, me quedó un suspiro final en el pecho.
La Ballena produce soledad e impaciencia. Es un puntapié a buscar esas emociones que tanto nos aterran, a ese monstruo interno que tenemos todos.
A través de Charlie, ese monstruo sale a la luz. Él cree que es Moby Dick, que es la ballena. Que este fenómeno gigante se está comiendo su vida, que él mismo se está comiendo.

Y todo el tiempo pide perdón y quiere rehacer o mejorar la vida de los demás sin preocuparse si es humillado, apartado de su familia o usado. Porque lo que tanto le importaba, ya estaba muerto.
Su compañero, su pareja ya no está. Y es el hecho de estar tan roto, con el corazón partido al medio, donde desaparecen las ganas de respirar. Dejar de sentir la necesidad de aire y permitir asfixiarte. Y es una metáfora melancólica para describir la soledad y el dejarse a uno mismo por el hecho de perder eso que tanto nos motiva.
Y eso es lo que transmite La Ballena, el hecho de dejar de tener un motivo para respirar. Charlie está tan consumido por la idea de querer morir y de querer hacerlo de una manera tan agobiante y claustrofóbica, que se genera esa desesperación de sentirse sofocado, de sentirse tan roto que la única solución es escaparse de sí mismo. Dejarse ir.

La función y toda su producción respeta muy bien el libro y la versión norteamericana. El guión es increíble y la puesta en escena es espectacular. La actuación de Julio Chávez -que además fue reconocido por su trayectoria en estos días por el Consejo Municipal de Rosario- realmente es maravillosa. Y el elenco, que se completa con Laura Oliva como Liz, Emilia Mazer como Mary, Octavio Murillo como Thomas y Manu Yantorno como Ellie, está a la altura.
La puesta en escena tiene la capacidad de reflejar emociones tan profundas y hacer que el espectador se encuentre, de alguna manera, con sus propios monstruos internos.
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