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Todo Show

La biopic de Michael Jackson y tres estrenos más este jueves 23 de abril

“El Rey del Pop” en la dirección de Antoine Fuqua y la piel del sobrino de Michael, también una animada, una de terror y “El Mago del Kremlin” llegan este jueves a renovar la cartelera de cines de la ciudad.

El director de Día de entrenamiento y la saga de El justiciero concibió una de las biopics sobre estrellas de la música más elementales y superficiales de los últimos tiempos. También tras su estreno mundial en la Competencia Oficial de la Mostra de Venecia 2025, llega a las salas argentinas el más reciente film del director de Irma Vep, Los destinos sentimentales, Clean, Las horas del verano,; Personal Shopper y Doubles vies, basado en la novela homónima de Giuliano da Empoli publicada en abril de 2022, “El Mago del Kremlin”. Completan una de terror, “El Bufón 2” y una animada “La princesa y la flor mágica”. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.

“Michael”

Michael surge como un recordatorio sobre qué buenas eran las biopics musicales que en su momento fueron desdeñadas por demasiado clásicas, genéricas o convencionales. Si a los acercamientos a figuras como Elton John, Freddie Mercury o Bruce Springsteen, entre otros, se los tildó de trillados o demasiado atados a las fórmulas, frente a este mediocre retrato de Michael Jackson resultan de una audacia y riesgo inmenso. Ni qué hablar entonces si la comparación es con lo que se hizo con Robbie Williams en Better Man o con Bob Dylan en Un completo desconocido: la distancia en estos casos habría que medirla en años luz.

El guion del cotizado John Logan (Gladiador, El aviador, La invención de Hugo Cabret, Rango y varias incursiones en sagas como las de James Bond y Alien) es digno del peor culebrón e indigno de sus pergaminos: una acumulación de lugares comunes, personajes estereotipados, conflictos planteados con torpeza, siempre subrayados, sin la más mínima sutileza ni matices.

La película abarca desde la infancia de Michael en Gary, Indiana (en 1966, con tan solo 8 años, ya era la voz principal y carismático líder de The Jackson 5) hasta la Victory Tour de 1984, última gira junto a sus hermanos (la coda es en Londres durante un concierto de su gira Bad World Tour de 1988).

Que nadie espere aquí alguna referencia a las acusaciones que lo perseguirían durante buena parte de su vida ni cuestiones ligada a su intimidad: hay algunas viñetas sobre cuestiones muy conocidas (su obsesión por Neverland y Peter Pan, por los animales y por ayudar a los niños con enfermedades terminales) y un único gran conflicto: la relación con su tiránico, despótico, controlador, manipulador, exigente y abusivo padre Joseph (Colman Domingo en plan villano de Marvel), que solía castigarlo con su cinturón ante el más mínimo error, y cierta contención afectiva por parte de su madre Katherine (Nia Long).

El problema principal de Michael no es que sea absolutamente concesiva y tranquilizadora respecto de las zonas más controvertidas del astro sino que tampoco funciona bien en los términos más básicos; es decir, como descripción del ascenso a la fama de un genio de la música, el canto, el baile y la promoción. A sus 29 años, Jaafar, hijo de Jermaine Jackson y sobrino de Michael Jackson que nunca antes había actuado en una película, hace un extraordinario trabajo de imitación, de mímesis, tanto de la voz, como del look, de los gestos y de los movimientos electrizantes en cada una de sus coreografías (sus pasos marcaron a toda una generación), aunque es muy poca la emoción que logra transmitir en parte por sus propias limitaciones expresivas, pero sobre todo por la pobreza del material que le toca en suerte (desgracia).

Como “compensación”, durante Michael suenan unos cuantos hits (media docena del período de The Jackson 5 y The Jacksons y temas de su carrera solista como Don’t Stop ‘Til You Get Enough, Wanna Be Startin’ Somethin’, Human Nature, Workin’ Day and Night, Beat It, Billie Jean y Thriller) y las escenas de actuaciones en vivo (en estadios) tienen la espectacularidad necesaria. Recomiendo, en ese sentido, verla en un sala IMAX o, como fue mi caso, en la Sala 6 del Cinépolis Recoleta que cuenta con sonido Dolby Atmos. Es la mejor manera de apreciar en toda su dimensión lo poco que de rescatable tiene este fallido film de Fuqua que no le hace honor a -guste más o menos- uno de los grandes artistas de finales del siglo XX y comienzos del XXI.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis, Monumental y Del Centro.

“El Bufón 2”

Antes de ir al análisis de la película, es necesario quebrar una lanza por el personaje del título, en su regreso a la pantalla. El bufón nació a la sombra de Art, el payaso (serial killer de la saga Terrifier). De características bastante parecidas, ambos asesinos enmascarados tuvieron su génesis en cortometrajes independientes que se volvieron virales. Pero Art fue el primero en acceder al largometraje y, como consecuencia, a un éxito que hacía rato que no se veía en este tipo de propuestas. Esto obró a favor del clown, dejando a su primo no reconocido, oculto bajo su sombra. Y eso que la primera entrega de El bufón (disponible en Prime Video) es en muchos aspectos mejor que la primera Terrifier.

La necesidad de visibilidad que el director y guionista Colin Krawchuk busca para revertir la baja popularidad de su criatura lo lleva a cometer, en esta película, una serie de pasos en falso que dan por tierra con cualquier interés de construir una mitología alrededor de él, cayendo en todas las trampas del slasher más tradicional y rancio. Poco quedó del humor incorrecto y sangriento que tenía el personaje en su debut de 2023; ahora es uno más en la galería de enmascarados psicópatas sobrenaturales, uno que encima llega al género demasiado tarde.

El punto de partida es mínimo. Es otra noche más de Halloween y la adolescente Max (Kaitlyn Trentham, un tanto grandecita para el papel de quinceañera que le tocó), deambula, depresiva y sin rumbo, disfrazada de maga. En un bar se cruza con El bufón, a quien confunde con otro disfrazado nocturno, tan aburrido y solitario como ella. Max decide hacerle un truco de cartas al espectro (para los que no conocen el background, el bufón también es del gremio de los prestidigitadores), y tan bien le sale la prueba, que la maldición que arrastra el protagonista pasa a ella, lo que la vuelve una virtual cómplice de los asesinatos que vendrán.

Sobre esta endeble premisa, la película trabaja dos ejes que no siempre funcionan bien en conjunto. Por un lado, reinventa la historia del personaje para darle un motivo sobrenatural a sus acciones (sí, como también pasaba en Terrifier). Para ello apela a una innecesariamente compleja explicación que conecta con el pasado del serial killer y explicaría por qué hace lo que hace; la verdad es que no se entiende mucho, pero al menos se nota la intención. ¿Es bueno eso? Por supuesto que no: una de las características que resultaba más inquietante de la criatura era la cualidad inexplicable de su existencia y de sus actos. Elementos que se han diluido, a la par de un macabro sentido del humor, muy acorde a este tipo de relatos.

El otro eje que se potencia en esta segunda parte es la necesidad de sorpresa y crímenes creativos y sangrientos que, se supone, los fans adolescentes del género esperan. Si la película anterior se detenía en una historia que sirviera de marco de referencia a las muertes, acá todo se resume a una sucesión de persecuciones y reguero de sangre, teniendo como víctimas a personajes secundarios ignotos. Se dirá que es un slasher, subgénero en el que la gracia es matar mucho y creativamente. Es verdad, pero también hay que resaltar que esto ya no sorprende a nadie y, para interesar, necesita más que una vuelta de tuerca. Sea por el humor, o por la enumeración de vísceras volando. Algo que esta película ofrece en cuentagotas.

El bufón 2 mejora algunos aspectos de su predecesora y empeora otros. Sin embargo, como ícono de terror contemporáneo, el personaje todavía tiene potencial. De continuar en pantalla, queda esperar que se anime a construirse a sí mismo sin mirar para el costado ni depender de fórmulas del pasado, que ya se hicieron mucho, y mejor.

GUILLERMO COURAU. La Nación.

En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis y Monumental.

“El Mago del Kremlin”

En un momento de El mago del Kremlin, el protagonista le pregunta a una mujer si le gusta esa época, a lo que ella responde: “es la nuestra”. Efectivamente, la última película de Olivier Assayas trata de esto, de nuestra época. Aunque la primera parte de su largo metraje (algo más de dos horas y media) se adentra en los momentos posteriores a la caída de la Unión Soviética, El mago del Kremlin es, a diferencia de otras películas históricas, una sobre nuestro tiempo.

Basada en el libro homónimo del ítalo-suizo Giuliano da Empoli y con guion del propio Assayas y de Emmanuel Carrère, El mago del Kremlin narra la vida de Vadim Baranov (Paul Dano), personaje ficticio que sirve para retratar una figura tan real como vigente: Vladimir Putin (Jude Law). A través de un encuentro entre Baranov y un escritor estadounidense, la película cuenta el ascenso de Baranov: de joven con aspiraciones artísticas en los años de Mijaíl Gorbachov, a brazo derecho primero de Borís Berezovski y finalmente de Putin.

A la vez, relata la historia contemporánea de Rusia, puntuando ciertas escenas con materiales de archivo: de los años de la contracultura al dominio de los oligarcas, de la llegada de Putin al poder al hundimiento del Kursk, de las manifestaciones en Maidán a las olimpiadas de Sochi y la guerra en Ucrania. El mago del Kremlin narra todo esto con un montaje audaz y una puesta en escena sofisticada pero, sobre todo, eficiente.

A lo largo del recorrido, las frases en torno a la ideología se van sucediendo (“en la URSS lo importante no es el dinero sino los privilegios”, “ya no somos la URSS, ya no hay mensaje que transmitir”…). Y, aunque hay algo obvio en ese retrato de la Rusia actual como una mezcla entre el control subterráneo propio de la era soviética y las formas del totalitarismo líquido de la era neoliberal, hay también algo reflexivo.

El libro en el que se basa la película se publicó en 2022. Así, la película de Assayas se permite ir un paso más allá en el tiempo y dedica buena parte de su recorrido a la Guerra en Ucrania. Es precisamente la última parte de la película la que le permite a Assayas desprenderse de las ataduras de la película histórica (aunque Law está muy bien siempre hay algo de juego de pelucas y muecas en estos ejercicios de mimetismo).

Hacia el comienzo, se explica cómo Berezovski ponía en escena los discursos de Boris Yeltsin para mantenerlo en el poder. Se trataba, como se dice en un momento, de “inventar la realidad”. Esta idea, la del control a partir de la comunicación se va extendiendo por toda la película, hasta describir cómo Internet puede devenir una herramienta decisiva en esta dirección. Es ahí que la película deja por momentos de ser solamente sobre Putin y Rusia, sino sobre los peligros de nuestra época.

VIOLETA KOVACSICS. Otros Cines.

En Las Tipas, Cinépolis, Monumental y Del Centro.

“La princesa y la flor mágica”

Ha llegado el momento de que el joven y guapo rey Benjamín se case. Él es cautivado por el retrato de la princesa Carolina, y disfrazado de jardinero, se infiltra en su castillo para ganar su corazón después de que ella lo rechaza. Él descubre su bondad oculta y usa música y flores para encantarla. Cuando los consejeros de Carolina arreglan un matrimonio con un príncipe débil, la pareja escapa juntos, enfrentando desafíos que fortalecen su vínculo. A pesar de la necesidad de revelar su verdadera identidad, su amor finalmente triunfa.

En Cinépolis.

Fuentes: Otros Cines, La Nación, Cinépolis.

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