
“Gato con botas 2”, Cecilia Roth con “Las Fiestas” de Ignacio Rogers, el documental “Herbaria” y la francesa “Los jóvenes amantes” son las cuatro nuevas películas que llegan a las pantallas rosarinas en pleno estallido del verano y antes de Reyes. Como siempre una selección de reviews para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.
“Gato con botas 2, el último deseo”

El Gato con botas, uno de los personajes (sidekicks) de la saga de Shrek, que ya terminó y reiniciará con un reboot, regresa con una película propia, tras El Gato con botas (2011). Los años pasan para todos, y también para el felino aventurero, que puede conmover con sus ojazos.
Y en El Gato con botas: El último deseo, en la que Antonio Banderas vuelve a prestarle su voz, apenas arranca muere aplastado por una enorme campana.
No sería problema para quien tiene nueve vidas como Gato, pero sí si la que acaba de perder es la octava. La visita al médico es esencial: así advierte que murió tantas veces, y el doctor le recomienda dos cosas. La secuencia en la que Gato recuerda sus ocho muertes -no todas heroicas- es uno de los momentos más hilarantes de esta comedia de acción, al mejor estilo de otras producciones de DreamWorks Animation (¿recuerdan el comienzo de la primera Minions, cuando recuerdan su prehistoria?). Y antes de tener una crisis de mediana edad, Gato descubre una posible salvación: con la ayuda de su exnovia Kitty Softpaws (Salma Hayek, otra que regresa) pone el GPS y va para la Selva Negra, en búsqueda de la mítica Estrella de los deseos, a ver si puede recuperar vida. Llegar hasta la Estrella y no perderla no será sencillo, y en el camino se sumarán personajes (un perrito sarnoso), Ricitos de Oro y una familia de osos delincuentes. Y también, claro, un cazarrecompensas con forma de Lobo, que no sería otro que la Muerte que viene a buscar a Gato, y lo persigue incansablemente. Hay muchos guiños a clásicos del cine, con mayoría a los spaghetti westerns, y un elenco de voces de estrellas de Hollywood (sumen a Florence Pugh como Ricitos de oro, y Olivia Colman, como Mamá Oso), mientras que en la versión en castellano los talentos locales son Julieta Nair Calvo, Axel Kuschevatzky, Patricia Echegoyen y Mariano Chiesa. Visualmente, la película tiene una textura muy distinta: las imágenes parecen como pintadas con pincel en vez de ser de animación computarizada. Dirigida por Joel Crawford (Los Croods 2: Una nueva era), El gato con botas: El último deseo es tal vez más oscura que las anteriores del universo de Shrek, en buena parte porque involucra el sentimiento y el temor genuino de perder la vida de una manera, si se quiere, más realista, y las apariciones del Lobo pueden asustar, apenas, a los espectadores más chiquitos que miren la pantalla en vez del balde de pochoclo. No se preocupen si piensan que ésta será la última aparición del Gato con botas: la imagen final les hará, a los más fanáticos, erizar la piel un poquito. En los cinco complejos de la ciudad.
“Las Fiestas”

La historia de la película Las fiestas abreva en las tradicionales celebraciones que se producen en Año Nuevo. Estas fechas, punto de encuentro de la mayoría de las familias, son esas ocasiones anuales en las que salen a relucir los pases de factura acumulados durante mucho tiempo.
En la trama, María Paz (Cecilia Roth) es la mujer que atraviesa una madurez espléndida, aunque debido a una salud endeble, acaba de atravesar una experiencia cercana a la muerte. Al ser dada de alta, luego de una larga internación, intenta rehacer la relación conflictiva que tiene con sus tres hijos y los invita a pasar unos días junto a ella, en su quinta.
Así, Sergio (Daniel Hendler), el mayor, quien en apariencia busca ser condescendiente con la atención de su madre; Luz (Dolores Fonzi), la hija rebelde y cuestionadora y finalmente su hija trans Maly (Ezequiel Díaz), se trasladan al apacible campo donde todo parece fluir de la mejor manera.
Pero, por circunstancias y resentimientos que anidan en el pasado y no están del todo explícitos, pronto advertirán cómola personalidad materna intenta volver a tomar el control.
La protagonista prácticamente delegó en su amiga Muñeca (Maitina De Marco), la crianza de sus vástagos. Es una madre buena y comprensiva, pero no ante los ojos de su estirpe. El principal problema radica en que quiere vivir al ritmo de su descendencia y compite con ellos constantemente, dejando en claro que existe una manipulación muy etérea.
Por fortuna, el tono buscado desde la dirección es la sutileza. Esta matrona nunca eleva la voz, ni cae en el dramatismo del llanto. Por el contrario, maneja los hilos de la cotidianeidad, de una forma apenas perceptible.
Las relaciones de sus retoños tampoco son un ejemplo de virtudes. Sergio atraviesa una crisis matrimonial al descubrir que su esposa podría estar engañándolo con otro hombre. Luz está separada del padre de su hija Carlita, tiene dificultades para mantener un vínculo estable y deposita en algún encuentro transitorio, como con el hijo del jardinero, la esperanza de obtener un momento placentero.
A su vez, Maly, trabaja como mesera, soporta el maltrato de los clientes y hasta debe sortear las burlas que recibe cuando algún desubicado le grita barbaridades en la calle. Es como si ninguno de los miembros del terceto estuviera preparado para afrontar la vida tal como es, con circunstancias positivas y negativas.
El guion, escrito por el propio director Ignacio Rogers, junto a los actores Julieta Zylberberg, Esteban Lamothe, Ezequiel Díaz y el dramaturgo Alberto Rojas Apel, fluye de manera natural, sin bajar línea ni pontificar sobre cómo deberían funcionar las relaciones familiares.
Por el contrario, presenta las situaciones de una manera tan espontánea que funciona como si instaláramos una cámara dentro de cualquier hogar de una familiacontemporánea.
Para destacar, la entrega absoluta de Roth, una especie de otoñal imagen salida de una pintura campestre, la espontánea rebeldía de Fonzi, la presencia de Hendler y el compromiso actoral de Díaz, en un rol exigente. En el Showcase, Hoyts, y Del Centro.
“Herbaria”

Una de las películas más inusuales que ha dado el cine argentino en el último tiempo se llama Herbaria y es un ensayo delicado y fascinante que traza una improbable conexión entre cinefilia y botánica. Se trata de la tercera película del archivista, programador y director Leandro Listorti, que se hizo del premio a Mejor Director en la Competencia Argentina del último Festival de Cine de Mar del Plata. En Herbaria, Listorti explora los acervos de material fílmico, en museos y cinematecas, y los herbarios, lugares muy poco conocidos, casi misteriosos, donde se investigan y conservan con distintas técnicas –algunas increíbles– especies de plantas endémicas. A través de un recorrido muy libre, con fascinación absoluta por sus objetos, por momentos conmovedor, y también con sentido del humor, el director vincula ambas materias primas a través de sus procesos de preservación, y lo que ambas –a pesar de sus diferencias– pueden contarnos sobre el mundo, cuánto pueden acercarnos al misterio del pasado, a otras formas de existencia. “De herbarios no sabía nada. Siempre me gustaron las plantas, la naturaleza, leo e intento saber más, y en un momento, a través de la madre de un amigo, bióloga, que estaba a cargo del herbario de Bariloche, descubrí que existían estos lugares”, cuenta Leandro Listorti, que trabaja hace dos décadas con archivo cinematográfico, que hoy coordina tareas de preservación en el Museo de Cine Pablo Ducrós Hicken, dirigido por Paula Félix-Didier, y que es entusiasta y aficionado a la botánica en general. “A partir de eso empecé a conocer un poco más los trabajos que se hacían ahí, cómo funcionaban, y me di cuenta que eran bastante parecidos a los espacios y trabajos que hacemos en los archivos, en los museos de cine y cinematecas, manipulando estos elementos frágiles, tratando de conservarlos para que la gente los pueda disfrutar en el futuro”. La premisa es bastante desoladora porque la constante en toda época es la misma: lo que conocemos no es el mundo, sino apenas lo que nos queda de él. El inicio de Herbaria entrega cifras terribles: más de 500 especies de plantas ya han desaparecido de la tierra en la historia reciente. Nunca las conoceremos. Más de la mitad de las películas sonoras en fílmico se han perdido y más del 90% del cine mudo también. Quién sabe qué registros se han diluido con ellas sobre épocas y formas de vida. Indefectiblemente, la tarea de conservación pone de manifiesto la certeza de nuestra propia extinción. Y, a partir de esa consigna, la película se ramifica como una enredadera en ideas que van desde lo más existencial hasta lo más pedestre. Desde reflexiones sobre la vida, la muerte y la destrucción de lo que nos rodea, a preguntas bien concretas y urgentes como: ¿Quién decide lo que se conserva? ¿Lo que conocerán otros de nuestro presente? ¿Con qué criterios? ¿Con qué recursos? ¿Qué y cómo? En El Cairo.
“Los jóvenes amantes”

Hay una deliberada paradoja en el título Los jóvenes amantes (es idéntico en el original), porque la inusual historia de amor que contiene es entre un hombre de 45 años y una mujer de 70. El (Melvil Poupaud) está casado, tiene dos hijos y vive y trabaja en Lyon, donde practica como médico oncólogo. Ella (Fanny Ardant) es una arquitecta parisina, viuda, madre y abuela de una adolescente. Nada indicaría que esos dos personajes alguna vez pudieran cruzar sus destinos, pero aquí está este tenue, asordinado melodrama francés cuya mayor virtud es la de ir contra la corriente. A contramano de todo cliché, el hombre no corre detrás de una joven colega –como piensa incluso su propia esposa (Cécile De France)- sino que se enamora perdidamente de una mujer mayor, que ya se creía retirada de las lides del amor. Esa sorpresa es el primer motor del film dirigido por la francesa Carine Tardieu, a partir del guion-testamento que le dejó su amiga Sólveig Anspach, una directora belga que tuvo cierto nombre más de dos décadas atrás, con La fuerza del corazón (Haut les coeurs!, 1999) y que murió en 2015.
Shauna no entiende bien al comienzo qué quiere de ella Pierre, a quien había conocido fugazmente en una desangelada noche de hospital tres lustros antes y del que ya ni siquiera se acordaba. Pero un reencuentro fortuito le hace replantear toda su vida y sus prioridades. Para su propio asombro, se siente atraída por ese médico apasionado por su trabajo, que súbitamente comienza a cortejarla, como si la diferencia de edad no existiera entre ellos. Y despierta en ella un deseo que ya creía perdido. Es una pena que el guion de Anspach y Tardieu (ahora firmado también por otros dos nombres que suman demasiadas manos al teclado de la computadora) comience a cargar el barco de enfermedades y desgracias, porque el núcleo de Los jóvenes amantes sigue siendo lo esencial: la posibilidad de que el amor surja en cualquier momento y a cualquier edad. Si el film consigue sin embargo mantener una permanente dignidad a pesar de tanta pena y tanta herida es básicamente gracias a su estupenda pareja protagónica, que nunca condesciende a ningún recurso fácil. La Ardant sabe hacer valer el peso de su nombre y de su historia: al fin y al cabo, protagonizó grandes historias de amor (para François Truffaut y Alain Resnais, entre otros) y demuestra que todavía está en condiciones de hacerlo. A esa confianza le suma las fragilidades y dudas de su edad, que la directora Tardieu expone con discreción, como cuando ella, en manos de su amante, se siente tácitamente avergonzada de las suyas, venosas y arrugadas. Por su parte, Poupaud vuelve a demostrar que es el actor francés más versátil de su generación. Del inmaduro coleccionista amoroso de Cuento de verano (Eric Rohmer, 1996) al conservador padre de familia de Por gracia de Dios (François Ozon, 2018), pasando por el sorprendente transexual de Laurence Anyways (Xavier Dolan, 2012), no hay papel que se le resista y al que no aporte su personalidad. Aquí el guion no alcanza a justificar el súbito flechazo de Pierre por Shauna, más allá de la serena belleza de Ardant, pero aun así Poupaud se las ingenia para dotar a su personaje de una verdad que la película no necesariamente le provee. En los Cines del Centro.
Fuente: Pablo Scholz, Clarín, Jorge Montiel, Luciano Monteagudo, Página 12.
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