
Constantemente nos bombardean mensajes directos y subliminares para mantenernos en movimiento, sostener el esfuerzo, no perder el ritmo, ni el objetivo; ABANDONAR JAMÁS. Desde niños el mensaje que se nos inculca es que dejar de intentar es un fracaso y que mientras perseveres, triunfarás.
El dilema de todos los tiempos se plantea cuando -además- se habita una situación que a la vista de todos (e incluso tu yo del pasado) se experimenta la cima misma del éxito. Pero, que en el momento exacto en el que se hace “cumbre” la definición de triunfo cambió y la sensación lejos de ser satisfacción pasa a ser desolación.
Paralelamente, abundan las historias de empresarios exitosos que en su larga trayectoria atravesaron múltiples fracasos y de todos los intentos previos, sólo uno fue el que salió airoso a la superficie. En los ensayos anteriores, en algún momento hubo que tomar la decisión de frenar.
Esa decisión es quizás la más valiente. Cuando en la lucha libran batalla la perseverancia y la determinación; contra la tozudez y el desperdicio de recursos físicos, mentales y económicos. La piedra filosofal es saber cuándo parar. Cuándo el esfuerzo pasa de suficiente a excesivo ¿Qué sostiene ese esfuerzo? ¿El ego o la voluntad?

Lo cierto es que la brecha que separa perseverancia de tozudez es más clara de lo que parece. La primera, está siempre orientada hacia el futuro; la vista puesta al frente con tenacidad y decisión, matizada con flexibilidad y capacidad de adaptación. Mientras que la tozudez se ancla en el pasado y se sostiene en la rigidez y en la incapacidad de siquiera pensar alternativas.
Es por eso que la valentía -a veces- es abandonar. Abandonar viejas creencias, viejas formas, viejos formatos; abrirse a que quizás para llegar al objetivo hay que modificar el camino y las herramientas empleadas para lograrlo. Saber parar y recalcular es parte de no darse por vencido.
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