El inicio del 2026 quedará marcado por las imágenes de este lunes 5 de enero. Nicolás Maduro compareció ante el tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York y, con una sonrisa desafiante que se borró rápido, se declaró “no culpable”. Vestido con el clásico mameluco anaranjado de los centros de detención estadounidenses, el depuesto líder intentó un alegato político al autodefinirse como un “prisionero de guerra” y un “hombre decente”. Sin embargo, el juez Alvin Hellerstein lo cortó en seco, exigiéndole que se limitara a confirmar su identidad y le fijó una nueva cita para el 17 de marzo.
Junto a él, su esposa Cilia Flores también rechazó los cargos de narcoterrorismo. Mientras tanto, la fiscalía sumó presión al incluir en la causa a “Nicolasito” (el hijo de Maduro) y al influyente Diosdado Cabello, cerrando el cerco sobre todo el entorno familiar y político del chavismo.
Mientras Maduro escuchaba los cargos en Manhattan, en Caracas Delcy Rodríguez juraba como presidenta interina ante el Parlamento. Su discurso, cargado de referencias al “secuestro de héroes”, no conmovió a Washington. Donald Trump confirmó que la transición venezolana será supervisada por una “troika” de línea dura: Marco Rubio (Estado), Pete Hegseth (Guerra) y el asesor Stephen Miller.
El mensaje de Trump para Rodríguez fue una amenaza llanamente directa: la Casa Blanca exige “acceso total” a las reservas de petróleo para “reconstruir el país”. El mandatario republicano advirtió que si ella no “hace lo correcto”, pagará un precio “probablemente mayor que el de Maduro”. Por ahora, la nueva presidenta parece optar por un equilibrio precario entre la retórica chavista y una cooperación forzada bajo la mirada de los portaaviones estadounidenses.

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