
“Torrente Presidente”

Vuelve el personaje más xenófobo, sucio, misógino, homofóbico y recalcitrantemente derechista del cine español. Vuelven las guarradas, las incorrecciones, el desubique constante, la mordacidad y las clásicas “pajillas”. Vuelve ese otrora reputado policía devenido en lumpen que es José Luis Torrente, al que en su sexta película el protagonista, director y guionista Santiago Segura le imagina una meteórica carrera rumbo al máximo cargo ejecutivo de su país.
Si Torrente fue, desde su debut en pantalla grande en 1998, un personaje cargado de verdad, una suerte de conglomerado de lo peor de la idiosincrasia española, aquí propone una descarnada visión de una política contemporánea donde lo circense se ha vuelto norma. Más que deformar la realidad, Segura parece capturarla y apenas empujarla un poco más allá hasta una zona donde la parodia podría pasar por registro documental. No es muy difícil adivinar en quién se inspiró para crear personajes como Jacobo Carrascal, del partido Nox, o Idoia Mantero, del PSAE, figuras que funcionan como reflejos apenas caricaturizados de una escena política cada vez más inclinada al espectáculo.
Son miembros del primero los que, mientras están en un bar, se cruzan con Torrente hablando ante la fauna de descastados que tiene por amigos. Es, piensan, un “hombre común” que materializa la españolidad promedio y tiene buena oratoria, por lo que le ofrecen participar de un acto. A partir de ahí, la película traza un ascenso absurdo -pero no por eso inverosímil- en el que Torrente se irá valiendo de su lengua filosa para subir peldaño a peldaño en la carrera presidencial. Mientras tanto, despertará temores en los políticos tradicionales, incapaces de competir con su brutal falta de filtros y su eficacia para conectar con un electorado harto de casi todo.
La película orbita, como era de esperar, alrededor de las mordaces observaciones verbales de Segura, que llegan bajo la forma de chistes afilados, incómodos, deliberadamente provocadores, que harán respingar la nariz de los cultores de la corrección política. La vitalidad de Torrente presidente pasa por el gag rápido y la sorpresa. Como la aparición de un Javier Milei ficticio felicitando a Torrente por su campaña basada en la agresión y la exaltación de los valores tradicionales. Y, también, la de dos figuras de Hollywood que conviene no adelantar.
Si bien la historia se estira más allá de lo recomendable, como si Segura no supiera cómo redondear una propuesta que funciona únicamente por acumulación, el resultado es hilarante y venenoso, un muestreo de que no hay mejor humor que aquel que sabe que los límites están para ser corridos. Y de que Torrente, antes que un personaje, es un síntoma.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis, Monumental y Del Centro.
“La casaca de Dios”

Hay películas que no encajan en nuestros gustos, intereses, prioridades y sensibilidades, pero a las que uno les reconoce su calidad artística, su apuesta por el riesgo o su eficacia a la hora de conectar con el público. En ese sentido, La casaca de Dios me generó una doble reacción negativa: es del primer grupo, pero además no cumple con las características del segundo; es decir, ni siquiera me parece lograda en los propios términos en que está planteada.
La excusa argumental y el título de la película tienen que ver con una historia bastante conocida por los futboleros: en la previa de los Cuartos de Final del Mundial ’86 contra Inglaterra, el DT Carlos Salvador Bilardo se percató de que las camisetas oficiales con que contaba la Selección eran demasiado gruesas y pesadas para el agobiante calor mexicano y, así, se compraron de urgencia en una tienda deportiva unas genéricas azules a las que el día previo se les cocieron el escudo de la AFA. Tras finalizar el partido, en el que Maradona hizo un gol con la mano y otro que es considerado el mejor de la historia de los Mundiales, cambió la remera con el jugador inglés Steve Hodge.
Ambientada principalmente en 2022, cuando “la casaca de Dios” salió a remate en la casa Sotheby’s en Londres por más de 9 millones de dólares, la película de Mirás tiene como protagonista a Tití Malvestiti (Jorge Marrale), quien fuera utilero de aquella selección campeona del mundo. Ya octogenario y con crecientes problemas de memoria, este hombre que vive y entrena a juveniles en un club de barrio se obsesiona con que la mencionada camiseta sea recuperada para nuestro país. Su hija Erika (Natalia Oreiro) y gente cercana como Ricky (Rafael Ferro) y Pato (Lautaro Delgado) intentarán ayudarlo.
Más allá de que la gacetilla de prensa la vende como “la Cinema Paradiso del fútbol”, La casaca de Dios tiene también algo de Luna de Avellaneda (el club está en quiebra y se planea liquidar sus instalaciones para construir edificios en el predio). Y no solo eso: Tití nunca se ha recuperado de la muerte de su hijo en la Guerra de Malvinas (habrá varios flashbacks y “apariciones” al respecto), por lo que el film se convierte en una acumulación de exaltaciones nacionalistas y patrioteras.
La gesta de Malvinas con sus traumas sociales, la adoración por el Diego, irrupciones de realismo mágico, un costumbrismo ramplón y excesivamente sentimental a la hora de reivindicar un regreso a los valores familiares tradicionales y, por si faltara algo, imágenes de archivo de las multitudes celebrando el triunfo en el Mundial de Qatar 2022 conforman el variopinto universo de La casaca de Dios, un film bastante caótico por un lado y condescendiente, manipulador y demagógico por otro, que nos “obliga” a emocionarnos y, en mi caso, no solo no lo logró sino que me resultó una obra calculada, artificiosa, a la que se le notan las costuras internas y ciertas imposturas externas.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Cinépolis, en el Showcase, en Cinemark.
“El Drama”

Un proyecto de A24. Ari Aster como uno de los productores. Una pareja muy fotogénica compuesta por dos estrellas como Zendaya y Robert Pattinson que se han caracterizado por elegir en los últimos años unos cuantos papeles de cierto riesgo. Un guionista y director europeo como el noruego que siempre la ha jugado de audaz y desafiante. El resultado es El drama, una película cool y canchera, despiadada hasta coquetear con la crueldad, a la que se le notan los hilos, una suerte de film del Dogma 95 solo que tres décadas después y con muchísimo más presupuesto. Como siempre, todo es cuestión de apreciación y sobre todo de sensibilidades: la mayoría de las críticas ya publicadas han sido escritas desde la fascinación; esta, casi desde la irritación.
Hay películas que nos incomodan porque constituyen un espejo que nos refleja y esa imagen puede resultarnos deformada. Ingeniosa, negra y agresiva como es (o pretende ser) en su cuestionamiento de la masculinidad tóxica y la inseguridad masculina (rayana con el pánico) frente a los mandatos y discursos de época, los reparos hacia El drama por parte de un varón cis podrían ser adjudicados precisamente a la forma de interpelarnos, a su capacidad de provocación. Puede ser que haya algo de eso (todos cargamos con prejuicios y estigmas), pero mientras veía el film sentía el cálculo, veía las costuras, sufría la manipulación (a los actores, a los espectadores). No entré en sus códigos, no me interesó su universo yuppie de jóvenes burgueses que sufren en medio de la abundancia, no me conmoví con sus penurias, sus contradicciones, sus miserias, sus bajezas; ni tampoco le encontré la mordacidad que casi todos exaltan a la hora de describir el absurdo de una boda de esas dimensiones y características.
Está claro que Borgli -como Ruben Östlund, como Thomas Vinterberg, como Christoffer Boe y tantos otros directores escandinavos- es un cineasta con ideas y capaz de construir escenas potentes, de profundas implicancias psicológicas (incluido el abuso sexual) y también es cierto que Zendaya y Robert Pattinson se han consustanciado con la propuesta y dado lo mejor de sí mismos para dotar de cierta carnadura emocional a los personajes de Emma y Charlie para mantener el film a flote, pero El drama termina siendo un tratado moral dominado por el cinismo sobre la angustia existencial, sobre los secretos y mentiras, y sobre la culpa demasiado recargado y por momentos tramposo.
Más allá de cualquiera valoración (repito: la mayoría de las reseñas han sido entusiastas), bienvenido sea que el director y sus intérpretes (por allí aparece también Alana Haim, la actriz de Licorice Pizza, como la dama de honor de Emma) hayan concebido una película capaz de alimentar un debate en muchos casos apasionado.
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“Buena suerte, diviértete, no mueras”

Luego de la experiencia de ver el nuevo largometraje de Gore Verbinski me surgieron adjetivos más del orden de lo gastronómico (insaciable, bulímico, voraz) que de lo cinéfilo. Siguiendo con esa analogía, me dejó una sensación parecida a cuando uno va a una fiesta en la que sirven muy buena comida, pero ingiere tanto, tan variado y en tan poco tiempo, que los sabores se mezclan y se pierden las sutilezas, los matices, la posibilidad de un mayor disfrute y, así, el placer inicial deriva en un atracón y finaliza en un dolor de panza.
Estamos frente a un film desaforado, sin límites y sin pausas, lleno de ideas (algunas originales, otras que son remedos o reciclajes de clásicos populares) y de sorpresas: una suerte de flipper cinematográfico en el que hay que seguir derroteros poco lineales y previsibles.
Sam Rockwell es un hombre con look de homeless que viene del futuro y aparece en un restaurante de Los Angeles con la idea de reclutar a un equipo que lo secunde en su idea de, claro, salvar el planeta. No es la primera vez que lo hace y, en ese sentido, en la sucesiva repetición de esa escena descubriremos que hay algo de Hechizo del tiempo (Groundhog Day) en el asunto.
Lo que sigue son más de dos horas frenéticas (en la extensión también hay algo de desmesura) en las que Verbinski, a partir de un guion firmado por Matthew Robinson, no solo narrará diversos enfrentamientos sino que le dedicará distintos episodios (casi como si fueran capítulos independientes de una serie) a los personajes que acompañan al protagonista: Mark (Michael Peña) y Janet (Zazie Beetz), una pareja de docentes de una secundaria en la que los alumnos -cual zombies dominados por las señales que les llegan desde sus teléfonos móviles- persiguen a sus profesores para aniquilarlos; Susan (Juno Temple), una madre que pierde a su hijo en una matanza escolar, pero el joven regresa como un clon; e Ingrid (Haley Lu Richardson), una joven alérgica a la tecnología (sangra cuando hay wifi o le acercan un celular) que es abandonada por un novio que prefiere sumergirse en una vida virtual.
A mitad de camino entre las distopías de la serie Black Mirror y la audacia existencial de las historias de Charlie Kaufman, pero también con muchos elementos de comedia negra, cine fantástico (como un gato gigante), ciencia ficción, estética de cómic y hasta irrupciones de gore, Buena suerte, diviértete, no mueras es una crítica despiadada pero al mismo tiempo algo obvia sobre los riesgos de una Inteligencia Artificial fuera de control, la creciente desconexión afectiva de los seres humanos y una mirada ecológica (la Tierra se convierte en una basural cada vez más grande) que se percibe en el sustrato.
El resultado es inevitablemente dispar, desparejo, pero siempre es mejor que esos desniveles se produzcan en una película audaz y provocadora y no -como ocurre con tantas producciones hollywoodenses de los últimos tiempos- en propuestas pasteurizadas y previsibles.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En el Showcase.
“Padre Madre Hermana Hermano”

Tras experiencias como las de Mistery Train (1989), Una noche en la Tierra (1991) y Coffee and Cigarettes (2003), Jim Jarmusch vuelve al concepto de una película antológica, narrar varias historias que de alguna manera (aspectos en común, temáticas similares o complementarias, guiños cómplices) se terminan conectando y potenciando entre sí.
En el caso de Padre Madre Hermana Hermano, lo que vincula a las tres historias son las relaciones familiares (un padre con un hijo y una hija / una madre con dos hijas / un hermano y una hermana mellizos que acaban de perder a sus padres), pero también varios elementos que se repiten: muchos viajes en autos, jóvenes skaters que en cámara lenta hacen sus peripecias por calles y rutas, un reloj Rolex, la reivindicación del valor de algo tan sencillo y esencial como el agua, alguna frase popular que se refiere a la figura de los tíos y el vestuario de Saint Laurent, por citar solo algunos.
En Father, el padre del título no es otro que un viejo compañero de rutas de Jarmusch como Tom Waits, quien vive aislado en una cabaña algo destartalada en la Nueva Jersey profunda rodeada de lagos, bosques y mucha nieve. Después de dos años de ausencia, lo visitan sus hijos Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bialik); el primero siempre dispuesto a ayudar a su progenitor; ella, mucho más cínica y escéptica. No adelantaremos nada de lo que ocurre en ese reencuentro, pero se trata del segmento más divertido de los tres y evidentemente pensado para el lucimiento sobre todo de Waits.
La madre de Mother en el segundo segmento es Charlotte Rampling, una exitosa escritora de best sellers que recibe en su casa de Dublin a sus hijas Lilith (Vicky Krieps con cabellera rosada) y Timothea (Cate Blanchett con pelo cortísimo) para tomar un té con masas. Y, en el tercero (el más emotivo del conjunto), la hermana y el hermano del título son Skye (Indya Moore) y Billy (Luka Sabbat), quienes se juntan en París para visitar la casa que fuera de sus excéntricos padres, quienes murieron al estrellarse con el avión que ellos piloteaban.
Las dos primeras entregas son por demás incómodas, ya que Jarmusch acentúa los aspectos más forzados, superficiales, complacientes y hasta “políticamente correctos” (si se me permite retomar ese concepto en estos tiempos) de las relaciones entre padres e hijos que, pese a ser ya todos maduros, no parecen conocerse del todo bien. La idea que surge es que hay que cumplir con los mandatos, con lo que se espera, cubrir la cuota “lógica” de un ser bienpensante dentro de una estructura familiar no del todo disfuncional. El tercer segmento va por otro lado, pero el amor, la solidaridad, la compañía que se profesan ambos hermanos frente a la ausencia ya definitiva de sus padres funciona como reverso complementario.
Es que, más allá de la impronta cool que sobrevuela a los relatos, al diseño de Saint Laurent, al uso de canciones gancheras como Spooky, de Dusty Springfield, y hasta de cierta mirada cínica que a primera vista podría desprenderse de esos retratos familiares, en verdad se aprecia cierta ingenuidad y se trasluce también algo de empatía, de humanismo, de ternura y de cariño (aunque muchos se fuercen en atenuarlo, ocultarlo o incluso negarlo). Jarmusch jamás caerá en la tentación de apelar a diálogos recargados, altisonantes, moralizadores y, por eso, por momentos los gestos y los silencios dicen más que las palabras.
Con el Jarmusch actual pasa algo bastante parecido que con el Almodóvar contemporáneo. Sus últimas películas pueden haber perdido algo de la audacia, de la provocación y el espíritu artesanal de sus primeros trabajos. Hoy, si se quiere, son cineastas más burgueses, pero también más sofisticados. Lo que dejaron en el camino con el paso del tiempo lo compensan con creces por otro lado. Nadie pretende que los autores sigan repitiéndose y mucho menos con el correr de tantas décadas.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Del Centro y Showcase.
“Hijo mayor”

El tercer largometraje de la realizadora argentina de ascendencia coreana Cecilia Kang (Partió de mí un barco llevándome) es también su primer relato de ficción, aunque inspirado en historias muy reales. Con actuaciones del reconocido actor Chang Sung Kim y la dj Anita B Queen, la película describe el vínculo entre una adolescente y su padre, un inmigrante que llegó a Latinoamérica décadas atrás, reconstruyendo así “una historia familiar atravesada por la migración y la búsqueda de pertenencia”, según afirma la sinopsis oficial. Estrenado mundialmente en el prestigioso Festival de Locarno, el film adopta el punto de vista de Lila, una adolescente coreano-argentina que intenta comprender su identidad mientras su padre Antonio recuerda su propio viaje migratorio de juventud, empujado por la promesa de un nuevo comienzo.
Página 12.
En El Cairo.
“Beezel, la devoradora de almas”

A lo largo de 60 años, tres huéspedes de una casa maldita descubren a una bruja eterna que habita bajo sus cimientos y que se alimenta de almas vivas. Con cada nuevo ocupante, se revela la verdad que permanece oculta dentro de sus paredes.
En Cinépolis.
“911: Llamada infernal”

Durante una llamada rutinaria por disturbios domésticos, un trágico accidente lleva a dos oficiales de policía a una pesadilla implacable que revela la existencia de un culto aterrador.
En Cinépolis, Monumental y Showcase.
“El Mono”

Los hermanos Marshall y Jenny regresan al antiguo motel familiar, The Jolly Monkey, años después de su cierre, enfrentando la decisión de demolerlo o reabrirlo.
Tras descubrir un antiguo juguete de mono en el ático, los gemelos Bill y Hal desencadenan una serie de muertes horripilantes. A medida que los hermanos intentan deshacerse del objeto la tragedia y el misterio se ciernen sobre ellos, empujándolos, con el paso de los años, por caminos separados.
En Las Tipas.
Fuentes: Otros Cines, La Nación, Clarín, Página 12.
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