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Ocho estrenos este jueves previo a la entrega de Los Oscars

Terror español, Lucrecia Martel y su documental, la Segunda Guerra Mundial, una argentina, una del pelado Statham, y un juego de terror entre los estrenos de este 12 de marzo.

Llega “El testimonio de Ann Lee”, tras su estreno mundial en la Competencia Oficial de la Mostra de Venecia 2025, llega a los cines argentinos este tercer largometraje como directora de Mona Fastvold luego de The Sleepwalker (2014) y Deseo prohibido / The World to Come (2020). Una joven que huye de Berlín en guerra termina siendo parte de un grupo secreto de mujeres obligadas a probar la comida destinada a Adolf Hitler y así evitar potenciales envenenamientos, se llama “Las catadoras del Führer” y se estrena este jueves. También Jason Statham con “El Guardián”, el videojuego de terror “Iron Lung”, la argentina “No preguntes”, más “Las estafadoras del Führer”, el documental de Lucrecia Martel “Nuestra tierra”, “No te olvidaré”, “Streaming paranomal” y la de terror española “El ritual de Lily” llegan este jueves antes de la entrega de la Academia. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine. Porque el cine se ve en el cine.

 

“El testimonio de Ann Lee”

Mona Fastvold y Brady Corbet comenzaron sus carreras delante de cámara y ahora se han convertido en autores reverenciados por sus trabajos detrás de ella. En 2024 Corbet estrenó El Brutalista, épica de más de tres horas y media rodada en Hungría. Y en Hungría se filmó también El testimonio de Ann Lee, que dura “apenas” 136 minutos. Para más datos, Fastvold y Corbet son pareja y ambos coescribieron ambas películas. Sin embargo, mientras él consiguió 10 nominaciones al Oscar y terminó ganando tres con El Brutalista, El testimonio de Ann Lee fue completamente ignorada a la hora de los premios de la Academia.

La película de Fastvold es una muy poco convencional biopic sobre Ann Lee (1736-1784), una mujer inglesa que lideró la Sociedad Unida de Creyentes en la segunda Aparición de Cristo, más popularmente conocida como los Shakers (porque adoraban a Dios con bailes o “sacudidas”, una experiencia física de éxtasis espiritual). En una época en la que muy pocas mujeres tenían poder en el terreno religioso (y no solo en el religioso), ella desafió las estructuras patriarcales y, por esa y otras prédicas, fue combatida a pura represión, cárcel y sangre tanto en su país como luego cuando en 1774 emigró al estado de Nueva York con un pequeño grupo de sus seguidores protestantes que la llamaban Madre Ann y la consideraban la encarnación de todas las perfecciones de Dios en forma femenina y la “segunda venida” de Cristo.

Que El testimonio de Ann Lee (para nuestra región le cambiaron el “testamento” por “testimonio”) sea por momentos un musical tiene toda la lógica, ya que los Shakers implementaban en sus congregaciones verdaderas coreografías y la propia Ann Lee y sus seguidores cantaba canciones / consignas durante los encuentros.

Pero, ambiciosa y por momentos pretenciosa como es, El testimonio de Ann Lee abarca múltiples cuestiones, como la maternidad (esta mujer dio a luz cuatro hijos que murieron antes de cumplir un año), la conflictiva relación con su marido Abraham (Christopher Abbott), un herrero bastante opresivo; la profunda unión con su hermano menor Willam (Lewis Pullman), su decisión de en determinado momento  echazar al sexo y abrazar el celibato y la devoción religiosa; las tensiones entre distintas formas de fanatismos o la creación de una comunidad ideal basada en el trabajo compartido y la propiedad comunal.

El testimonio de Ann Lee tiene algo del Robert Eggers de La Bruja; del Ari Aster de Midsommar: El terror no espera la noche; y también de cierta crueldad, manipulación y el regodeo del Lars von Trier de Bailarina en la oscuridad. Y, al igual que en las películas de su marido, socio y coguionista, hay un muy virtuoso despliegue visual, sonoro y actoral (es muy potente el trabajo físico y gestual de Amanda Seyfried) que convierten a la película en una experiencia siempre misteriosa y por momentos fascinante.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En el Showcase y en Cines del Centro.

 

“El Guardián: Ultimo refugio”

Con una mirada algo superficial y desganada podría afirmarse que los héroes de acción veteranos (desde el irlandés Liam Neeson hasta el escocés Gerard Butler) vienen haciendo desde hace varios años películas muy similares, más allá de que sus historias sean más realistas o con elementos de ciencia ficción, más ligadas al drama familiar o al thriller. Algo similar ocurre con Jason Statham. Por supuesto, hay algunas mejores que otras (entre mis favoritas está Justicia Implacable / Wrath of Man, de Guy Ritchie), pero a esta altura de su carrera (está próximo a cumplir 60 años) es difícil que veamos una versión muy diferente de sus personajes duros, adustos, contenidos.

Y, en ese sentido, El Guardián: Ultimo refugio (Shelter) no se escapa demasiado de la “fórmula Statham”, aunque al menos elude ciertos (algunos) estereotipos, lugares comunes y clichés de los géneros que suele transitar con mayor frecuencia.

Jason es Mason, un hombre que vive solo con su perro junto al faro de una isla ubicada en la costa oeste de Escocia y con un clima más que inhóspito. Una vez por semana, una adolescente huérfana llamada Jessie (Bodhi Rae Breathnach, vista hace poco en Hamnet) llega en el barco pesquero de su tío y le deja una caja con provisiones (sobre todo alcohol). El ni siquiera se acerca para saludarla o agradecer.

Pero esa forma de vida huraña y ermitaña tendrá un vuelco completo más temprano que tarde: una tormenta y la llegada de un grupo comando pondrán a Mason y a Jessie en fuga, siendo perseguidos por asesinos a sueldo, grupos comando y un sistema estatal que maneja a su antojo todas las herramientas de la tecnología aplicada a la vigilancia social (allí aparecen los personajes no demasiado desarrollados de Harriet Walter y el gran Bill Nighy). Pero no tardaremos en saber que Mason fue entrenado para integrar una fuerza de tareas de élite y ultrasecreta y que, antes de huir y esconderse, se convirtió en el mejor de todos. Esas habilidades se pondrán a prueba en una película que plantea un típico juego de gato y ratón con algunos elementos que remiten a El perfecto asesino, aquel ya clásico film de Luc Besson con Jean Reno y Natalie Portman; y a la saga de Jason Bourne.

Al igual que Chad Stahelski, Ric Roman Waugh fue antes de convertirse en director un famoso doble de riesgo y especialista en coreografías de acción. Y, si bien El Guardián: Ultimo refugio no tiene el mismo virtuosismo ni la onda de la saga de John Wick, cumple con sus objetivos, premisas y búsquedas esenciales. Que nadie espere algo verdaderamente disruptivo o mínimamente innovador. El realizador y Statham van a lo seguro y salen airosos. La maquinaria sigue funcionando.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En los complejos Showcase, Las Tipas, Cinemark, Cinépolis y Monumental.

 

“Las catadoras del Führer”

De las tantas historias poco conocidas de la Segunda Guerra Mundial, la elegida por el veterano realizador italiano Silvio Soldini para su  película Le Assaggiatrici es, por lo menos, un tanto peculiar. Basada en la historia contada en 2012 por una sobreviviente llamada Margot Wölk, el film se centra en un grupo de jóvenes mujeres que, durante buena parte de la guerra, se dedicaron a probar la comida que estaba destinada a Adolf Hitler para evitar, llegado el caso, que el führer sea envenenado. Algunos han puesto en duda algunas de las historias contadas por Wölk, pero el film de Soldini no tiene espíritu documental: se apoya en ese hecho histórico pero tal como lo cuenta la novelista Rosella Postorino en su libro homónimo.

Todo empieza a mediados de 1943. Rosa (Elisa Schlott) es una mujer que llega desde Berlín a un pueblo de la entonces Prusia (hoy Polonia) en el que viven sus suegros. Su marido es soldado y está en la guerra y Rosa se escapa de los bombardeos de Berlín para vivir lo que, supone, será una vida más tranquila. Lo que no parece saber –raro, en 1943, pero todo es posible– es que la casa de sus suegros está muy cerca de la llamada Guarida del Lobo, el cuartel general en el que Hitler pasa la mayor parte de su tiempo.

Una mañana la vienen a buscar soldados y la llevan sin aviso a un lugar inesperado: un salón en el que, junto a otras seis mujeres –todas solteras o viudas–, las espera un banquete vegetariano de lujo. Sorprendidas, las chicas se sientan y comen hasta más no poder acompañadas de unos soldados y un chef que les cuenta que platos están degustando. Hasta que llega Albert Ziegler, un teniente de la SS (Max Riemelt) y mandamás del lugar, para explicarles qué es lo que acaban de hacer y, de ahora en adelante, harán.

Su «trabajo» consiste en que, mientras Hitler esté en su cuartel, tienen que probar todos los días la comida vegetariana le que prepara el chef para evitar que, de estar envenenada, llegue a ser ingerida por su líder. Las mujeres quieren salir corriendo de allí pero no podrán. Y Las catadoras del Führer se establece, de ahí en más, como un relato episódico que sigue, durante varios años, las vidas de Rosa y del grupo de chicas que la acompañan mientras atraviesan tragedias personales, romances, miedos, confusiones, abortos, comidas problemáticas, enfermedades y, eventualmente, el fin de la hegemonía nazi en el país.

Se trata de un film a todas luces alemán –por temática y lenguaje– pero dirigido por un italiano, lo que ya de por sí le suma un dato curioso, aunque uno que tiene más que ver con el origen de la novela que con cualquier otra cosa. Pero por fuera de eso, Las catadoras… es un film episódico e intermitente, que tiene mejores y peores secuencias ya que está dividido en capítulos que transcurren con meses de diferencia entre unos y otros. El film tiene una estructura más adaptable a una serie ya que, salvo por ciertos ejes que la atraviesan de principio a fin –incluyendo un llamativo romance–, los incidentes por lo general empiezan y terminan en cada bloque temporal. A tal punto es así que el último punto dramático relevante del film es uno que se presenta tan solo unos pocos minutos antes.

Es por eso que la película resulta fluctuante y su interés tiende a decrecer para volver a levantar. Un episodio ligado a una «enfermedad» tiene un correlato impensado, lo mismo que otro ligado a un asunto personal de la vida de Rosa. Otras secuencias, incluyendo ese incómodo romance, no aportan mucho más que un potencial conflicto que debe resolverse sobre el final. El hecho más contundente y realista de todos está ligado a lo que sucede con las chicas cuando se produce un atentado contra Hitler, uno que tuvo lugar en 1944.

Cuidada en su recreación de época y modesta en su ambición formal –casi todo transcurre en el «lugar de trabajo» de las catadoras–, la película del director de Pan y tulipanes recupera una historia oculta del nazismo y la da a conocer a un público más amplio. Más interesante aún que el film de Soldini es conocer la historia de las «catadoras», las discusiones que hay sobre ellas y la veracidad de los dichos de Wölk. En el mejor de los casos, Las catadoras del Führer sirve para echar luz sobre ese raro episodio.

DIEGO LERER. Micropsia.

“Iron Lung”

Más interesante por la historia que la rodea que por su interés fílmico, Iron Lung es una propuesta cinematográfica muy acorde a sus tiempos y, a la vez, completamente extraña y hasta sorprendente. Lo primero pasa por su existencia en el mercado. Lo segundo, por su forma y modo de relato. Basada en el aparentemente muy popular videojuego de terror creado por David Szymanski, Iron Lung es un proyecto craneado, dirigido, producido y protagonizado por Mark «Markiplier» Fischbach, alguien que para casi toda la gente mayor de 30 años es un absoluto desconocido pero que, para los adolescentes y ya no tanto que lo siguen hace más de una década, es uno de los youtubers más populares de la historia.

Mark se hizo famoso con ese apodo a mediados de la década pasada gracias a sus videos del subgénero «Let’s Play», que consiste en verlo jugar a distintos juegos online, más que nada ligados al género de terror. Ese tipo de entretenimiento, tan ajeno y misterioso para una generación anterior (la mía), lo convirtió en una estrella con 38 millones de seguidores que le han dado poder para crecer, negociar grandes acuerdos comerciales y hasta ponerse a hacer su propia película, casi un unipersonal que dirige y protagoniza él mismo. Como este tipo de celebridad todavía es un poco ajena al sistema cinematográfico clásico, el hombre no arregló en Estados Unidos con ningún estudio ni sello, sino que distribuyó la película por su cuenta y la transformó en un exitazo que recaudó más de diez veces su exiguo presupuesto.

Este suceso del DIY (o «do it yourself») es aún más sorprendente cuando uno ve Iron Lung, una propuesta curiosísima que es más parecida a un oscuro relato de  ciencia ficción europea –o del ruso Andrei Tarkovsky, a cuyo Solaris por momentos recuerda– que a un film típico que uno podría imaginar hecho por un youtuber para sus fans. Es un film confuso, enrarecido, que transcurre casi en su totalidad en un solo, oscuro y tubular ambiente, y que tiene al propio Markiplier como casi único protagonista. Y su éxito solo parece explicarse porque sus fans se contentan con verlo haciendo cualquier cosa. Si sus suscriptores pueden pasar horas mirándolo jugar a un videogame, bien pueden agregar unas más para verlo moviendo palanquitas, tocando botones, discutiendo con una enigmática voz y enfrentándose a algún monstruo que quizás esté solo en su imaginación.

En el mundo futurista de la  película, el tal Markiplier encarna a Simon, un presidiario encerrado en una estación espacial llamada Eden después de un evento que devastó al universo entero haciendo desaparecer a todos los planetas y estrellas, además de gran parte de la población humana. De ese cataclismo solo sobrevivieron, aparentemente, aquellos que circulaban en naves o estaciones espaciales. Y Simon es uno de ellos, en contacto con un par más casi siempre por intercomunicador. Esta especie de astronauta solitario conduce lo que llaman un submarino que tiene que explorar una luna que está cubierta por un océano de sangre. Y le aseguran que, de completar su misión, lo liberarán para siempre.

En qué consiste la misión de Simon y cuál es su importancia es entre secundario y difícil de dilucidar. Parece, más que nada, una excusa para poner a este chico hawaiano que parece una mezcla entre Keanu Reeves y Joseph Gordon-Levitt a hacer cosas para que sus fans lo miren. Nada particularmente atrapante, convengamos. El tal Simon mira pantallas retro, descifra enigmáticas fotos tipo ecografías, toca antiguos botones luminosos, controla flechas que se mueven y va de acá para allá en ese desgastado contenedor tubular en el que viaja. Es poco lo que sabemos del afuera más allá de las entrecortadas voces que se escuchan a través de los rudimentarios altoparlantes.

Así pasan, más o menos, 80 minutos de las dos horas interminables que dura el film. Uno lo ve entre extrañado y admirado por el hecho de que este treintañero sea capaz de hacer una película tan radical, enigmática y oscura. Iron Lung produce, salvo que seas fan del tipo, un aburrimiento de proporciones épicas, pero a la vez hay algo digno y corajudo en hacer una película así, tan fuera de época y de mercado, e igualmente tener éxito. Su última media hora tiene una mayor intensidad y, gracias a la  música y a un montaje más propios del cine de género, Iron Lung se acerca un poco más a un film convencional. Pero nunca lo es del todo y uno termina de verlo sin entender mucho. No solo de la trama en sí sino del ecosistema que produce una película como esta y permite ganar dinero con ella.

Puedo equivocarme –después de todo, hasta ver la película, ni sabía quien era el tal Markiplier–, pero creo que el éxito no tiene nada que ver con la trama, la forma o lo que el film es en sí, estética o narrativamente. Tengo la impresión de que si el youtuber en cuestión hubiera decidido filmarse a sí mismos hablando y gesticulando mientras mira una pared blanca, seguramente también habría ganado dinero. Es un fenómeno participativo que involucra también reunir a fans en salas de cine y que poco tiene que ver con lo cinematográfico. Acá, el producto es él mismo y el resto es solo anecdótico.

En ese sentido Iron Lung es un desafío mayor, un riesgo enorme. Es como si Markiplier se hubiera planteado probar la fidelidad de sus fans tirándole por la cabeza la película más tediosa y enigmática posible para ver cómo reaccionan. Y ganó, ya que la película funcionó muy bien en la taquilla. Más que un film, sin embargo, Iron Lung es una hipótesis y un parteaguas: entre los que entienden, compran y participan en la propuesta y los tipos como nosotros (o como yo) que nos quedamos preguntándonos qué es lo que está pasando y, sobre todo, que significa un fenómeno de este tipo para el futuro del cine.

DIEGO LERER. Micropsia.

En Showcase, Las Tipas, Cinépolis y Monumental.

 

“Nuestra tierra”

De la Tierra vista desde la conmovedora inmensidad del espacio exterior hasta lo más profundo que contiene, su gente, aquella que la viene habitando y cuidando desde hace siglos: ese es el recorrido inicial que hace la nueva película de Lucrecia Martel, el estupendo documental Nuestra tierra. Ese primer viaje que hace el film es de lo universal hacia lo singular: una canchita de fútbol en medio de los cerros tucumanos, donde unas chicas de la zona juegan a la pelota bajo la mirada atenta y amorosa de una mujer mayor, que se convertirá en una de las protagonistas del relato. La tierra es “nuestra” porque es de todos, parece decir Nuestra tierra, pero esencialmente de las comunidades indígenas como la de Chuschagasta, en Tucumán, que está en el centro del film de Martel a raíz del asesinato de un dirigente de la comunidad, Javier Chocobar, muerto de un balazo en 2009 por un terrateniente blanco y sus dos sicarios, ex policías que lo escoltaban y que hirieron gravemente a otros dos comuneros.

Nada más lejos, sin embargo, del documental al estilo “true crime” de Netflix que Nuestra tierra, porque la película de Martel –producida y desarrollada entre 2011 y 2025, con la hondura y capacidad de reflexión que solo puede dar el paso del tiempo- no se conforma con seguir ese caso como si fuera único. Por el contrario, se concentra en ese asesinato porque tanto su ejecución como el largo camino judicial que le siguió abren infinitas perspectivas acerca del concepto de propiedad de la tierra y de las condiciones –históricas, sociales, políticas, mediáticas- que llevaron a que ese crimen haya sido posible.

En principio, el proceso judicial le sirve a Martel –y a su coguionista María Alché- para organizar la estructura narrativa de la película, porque allí se plantean los datos básicos: quiénes, dónde, cuándo y cómo. Esa información no solo está en los testimonios de imputados y testigos sino también en la reconstrucción judicial del crimen y, muy especialmente, en lo que quedó documentado por una cámara digital del propio homicida (un video de apenas un par de minutos pero de una tremenda violencia, cuya difusión por YouTube fue el primer motor del film).

Lo que Nuestra tierra incorpora es una pregunta que no necesariamente se plantea en el juicio: ¿por qué? Es a partir de ese interrogante que la película va tejiendo pacientemente su entramado conceptual, articulando lo que sucede en el escenario judicial (y sus particulares reglas de puesta en escena) con la palabra y la imagen de la comunidad indígena, históricamente silenciada e incluso negada. Nuestra tierra entonces se vuelve coral –no por nada comienza con el tenue pero grave “Kyrie” de la Misa Criolla, de Ariel Ramírez, en versión de Mercedes Sosa- y las voces y los rostros de los Chuschagasta se multiplican y se expanden, abriendo el film a una dimensión política pero también poética.

Lo primero que reconocen los adultos mayores es la dificultad que tuvieron de reconocerse como descendientes de los pueblos originarios. “Me cuesta”, dice Delfín Cata, que fue testigo del crimen. “A una le daba vergüenza, porque siempre era disminuir a la persona con decirle india”, ratifica Hortensia Mamami, viuda de Javier Chocobar. El montaje del film hace evidente ese racismo atávico con las palabras de los acusados: “Los vikingos también eran indios y ahora vamos a ese país y gracias a Dios ahora es el primer mundo”, afirma en el juicio Luis Gómez, uno de los ex policías (el otro, Eduardo Valdiviesso, ambos ex comandos) contratados por Darío Amín para apropiarse de las tierras de los Chuschagasta.

La violencia de los perpetradores no está solamente en sus hechos y en sus dichos. También se expresa en sus actitudes y en sus cuerpos. La cámara de Martel pinta muy bien a esos hombres bastos, con sus miradas huidizas y crueles, orgullosos de la portación de sus armas y de la instrucción que recibieron del Estado argentino para usarlas, esencialmente contra quienes ellos no consideran sus semejantes. El contraste con los integrantes de la comunidad no podría ser mayor: en sus rostros y voces hay nobleza, elegancia, dulzura incluso, en el uso de expresiones locales y diminutivos que hacen al lenguaje y la identidad de su pueblo.

Un pueblo negado por historiadores locales (“No tienen rasgos que los identifiquen”, dice una señora muy compuesta); por la Iglesia católica, que en uno de sus templos tiene un fresco en el que unos ángeles disparan desde el cielo unos rayos letales contra la población indígena; y por la educación oficial, cuyo programa de enseñanza ha invisibilizado a los pueblos originarios para privilegiar el relato oficial de los inmigrantes.

Quienes piensen que Nuestra tierra tiene poca relación con el cine previo de Lucrecia Martel deberían revisar sin embargo el racismo manifiesto o larvado que la directora encontraba en los pliegues de su “trilogía salteña” (La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza) o el reparto indiscriminado de tierras que ya denunciaba su impresionante versión de Zama. “La República ha respetado más los papeles de la colonia que a los ciudadanos argentinos”, dice la voz de la coplera Mariana Carrizo, expresando la de la propia Martel.

Las fotos, videos y documentos de archivo, que la directora incorpora con gran delicadeza, proveen a Nuestra tierra de una emotividad que va mucho más allá de la indignación que provoca el caso criminal. Son registros de la propia comunidad, que siguen atesorando los mayores, y que dan cuenta de sus familiares y ancestros. Allí se evidencia cierta movilidad social que no hubiera sido posible sin el peronismo (“La últimas milanesas que comimos eran las de la época de Perón”, refiere Hortensia que decían sus hermanas) y se narran las migraciones internas que llevaban a los habitantes de las provincias a buscar trabajos mejor remunerados en el incipiente conurbano fabril (los hombres) o como empleadas domésticas en casas de familias porteñas (las mujeres, algunas muy jóvenes, adolescentes incluso).

El uso persistente de cámaras-dron, que a priori parece difícil asociar con el cine de Martel, contribuye sin embargo a trazar un mapa preciso del territorio en disputa y, a la vez, a vincular esos paisajes a veces áridos, aunque nunca exentos de esplendor, con la cosmovisión que insinúa el impresionante comienzo de la película. En esas conexiones a veces inesperadas –como cuando un cóndor derriba justamente a un dron- está también gran parte de la belleza de Nuestra tierra.

LUCIANO MONTEAGUDO. Página 12.

En el Showcase.

 

“No te olvidaré”

Tras una salida perfecta con su novio, Kenna (interpretada por Maika Monroe; La mano que mece la cuna, Longlegs: Coleccionista de almas) comete un trágico error que la lleva a prisión. Siete años después, Kenna regresa a su ciudad natal en Wyoming, con la esperanza de reconstruir su vida y tener la oportunidad de reencontrarse con su pequeña hija, Diem, a quien nunca ha conocido.

En Showcase, Las Tipas, Cinemark, Cinépolis, Monumental y Del Centro.

 

“No preguntes”

No preguntes, el debut en la dirección de Agustín Palleres Yoffe, productor y creativo publicitario, tiene una premisa clara: explorar las trampas del “sistema”. Para ello, elabora una trama de ficción, pero al mismo tiempo dispone un narrador que desliza algunos indicios: “La única fórmula que hay es levantarse temprano, con muchas ganas, hacés la cama, te lavás la cara, los dientes, desayunás fuerte y a trabajar”, expresa en la primera escena. Algo así como aceptar las normas y cumplir con ellas. Más adelante esa sugerencia se convierte en declamación, con la confianza de que la idea se ha sembrado en la mente de su espectador: “Todos somos parte del sistema, nadie puede escapar de él”.

La ficción en cuestión es la vida de Lisa (Micaela Riera), una joven de veintitantos a quien conocemos una mañana en la cama de su habitación cuando apaga varias veces el despertador hasta levantarse pasada las 14, pedir delivery, atender sin demasiadas ganas a su hermana enferma, y fingir ante su padre que fue y regresó de una entrevista laboral. Así nos queda claro que Lisa no atiende demasiado a los mandatos del “sistema” y que su historia intentará dar carnadura a la idea que la precede.

Harto de sus engaños y dilaciones, el padre de Lisa le exige una vida laboral como la que él acaba de perder tras su despido, le pide responsabilidad con su hermana -en tratamiento por un cáncer-, y le sugiere madurez para los asuntos de la vida adulta. Algo sacudida por el sermoneo, a la mañana siguiente Lisa corre a la cita perdida y, al entrar en el edificio de una misteriosa corporación, se introduce en las entrañas kafkianas de ese sistema esquivo. Oficinas atiborradas de formularios, ceñudos ejecutivos sentados frente a una computadora, sellos, firmas y papeles definen el dibujo abstracto de la burocracia corporativa que pierde en su evidencia el gesto humorístico. El camino de Lisa ondula entonces entre la fuga hacia el baño o el comedor, y el anhelo de comprensión de lo que todos parecen aceptar sin preguntas.

Todo lo que El proceso (1962), la versión de Orson Welles inspirada en la novela de Kafka, hacía con monumentalidad y ambición, aquí se disgrega en una serie de apuntes pedestres sobre una conciencia de lo absurdo del sistema que ya está extendida como materia de ficcionalización (Beckett, Ionesco son los estelares ejemplos). Es decir, ese pretendido “sistema” al que se desenmascara, no es ni el blanco de la sátira social ni de la reflexión sesuda, y menos de la narrativa del absurdo. Es apenas la caricatura de una película cuyas buenas intenciones se diluyen en una concreción fallida.

La puesta en escena de Palleres Yoffe, en la que ensaya recursos como la pantalla partida, enfoques cenitales y juegos de un montaje a repetición, no alcanza madurez expresiva ni consigue integrar a los personajes a una narrativa eficaz y consistente. Todo el relato es apenas la ilustración de un puñado de consignas definidas de antemano, que no consiguen empatía emocional ni distancia reflexiva. Y si la película sostiene algo de interés es gracias al trabajo de Riera, quien sí apuntala con solvencia y carisma una historia que nunca encuentra su rumbo.

Los recursos que podían ofrecer un atisbo de ingenio -como la escena de las oficinas en espejo ante el pedido de indemnización- se malogran en resoluciones estiradas y previsibles, anulando siquiera la posibilidad del efecto sorpresa y el gag efectivo. Por suerte nos queda para el final la aparición -casi a modo de cameo- de Luis Margani, aquel actor que encarnó al Rulo en Mundo grúa (1999), de Pablo Trapero. Punta de lanza del Nuevo Cine Argentino, Mundo grúa sí exploraba con inteligencia y humor los críticos vericuetos de un sistema injusto y tramposo.

PAULA VÁZQUEZ PRIETO. La Nación.

En el Monumental.

 

“Streaming paranomal”

Nour y Linn son las carismáticas creadoras del canal “True Fear”, donde investigan historias aterradoras y teorías oscuras para sus miles de seguidores.

En busca del próximo gran episodio, viajan a un pueblo olvidado en donde más de 70 mujeres fueron ejecutadas por brujería hace siglos. Lo que comienza como contenido perfecto para su audiencia, se convierte en una verdadera pesadilla al despertar una fuerza siniestra que nunca dejó el bosque. atrapadas, sin salida… y con la cámara aun grabando, descubrirán que hay transmisiones que nunca debieron ser compartidas.

En el Monumental.

 

“El ritual de Lily”

 

Equinoccio de Otoño, fin del Siglo XX. Cuatro amigas viajan a una casa aislada en mitad del bosque para realizar un ritual de iniciación a la brujería y así completar el círculo de los cuatro elementos. Lily una joven veinteañera pálida e introvertida recién llegada al grupo, ha sido elegida para representar el elemento aire. Pero lo que comienza siendo un ritual de brujería blanca en armonía con la naturaleza, pronto acabará convertido en una diabólica pesadilla. Lily no se imagina que el verdadero propósito es otro y que realmente el sacrificio es ella misma.

En Showcase y Cinépolis.

Fuente: Otros Cines, Micropsia, La Nación, Página 12.

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