
El comienzo del final de la saga de los autos locos ahora dirigida por Louis Leterrier, la China Suárez y Alvaro Morte con “Objetos”, más “Legítima defensa”, “Conspiración divina”, “No descansarás” y “El siervo inútil” son los seis estrenos que llegan a la ciudad de Rosario. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine. Porque el cine se ve en el cine.
“Rápidos y furiosos X”

Corrió mucha agua bajo el puente durante los 22 años que pasaron entre la primera Rápido y furioso –cuyo título era así, en singular- y este nuevo film. Una película que marca el comienzo del fin, en tanto se trata de la parte inicial de un cierre que podría tener, a falta de una, hasta dos secuelas, según han dicho en entrevistas recientes Vin Diesel y Michelle Rodriguez.
Entre esas más de dos décadas, lo que empezó con una película fierrera de nicho, con picadas de autos tuneados, un elenco sin rostros famosos, algunos delitos menores en la trama y mucha piel femenina mostrada en cámara lenta, fue corriéndose hacia un cine de acción más rabioso, intenso y espectacular, sumando actores de primer nivel (Helen Mirren, Charlize Theron, Dwayne “The Rock” Johnson y los “Jasones” Statham y, ahora, Momoa) para envolverlos en redes delictivas cada vez más imposibles. Mientras tanto, la saga entrenó una cada vez envidiable capacidad creativa para las piruetas motrices.
Esa impronta hiperbólica llevó a que las últimas películas adoptaran un tono burlón cuyos objetos a satirizar no eran otros que las particularidades de este mundo lleno de grasa (literal y cinematográfica), personajes unidimensionales y ajeno a toda ley de gravedad. La fórmula funcionó, y la taquilla no hizo más que aumentar película tras película, al punto de convertirla en una de las franquicias más exitosas de los últimos tiempos.
No por nada alguien dice, cuando promedia Rápidos y furiosos X, que la troupe de Dominic Toretto (Diesel) y compañía se mueve “como una secta, pero con autos” y que “si sus maniobras conductivas violan las leyes de la física y de Dios, las hacen dos veces”. Toda una declaración de principios de una película metadiscursiva y autoconsciente, dueña de una batería enorme de efectos especiales y una imaginación sin límites para destruir vehículos.
Como Avengers: Endgame –otra clausura de saga con aspiraciones testamentarias-, la película del francés Louis Leterrier (El transportador) hace de la endogamia una norma, incluyendo el regreso de varios actores con pasado en la saga. De hecho, el comienzo trae al presente a Reyes (Joaquim de Almeida), aquel funcionario corrupto al que le robaban una bóveda de su comisaría de Río de Janeiro en Rápidos y furiosos: 5in control. Ese hombre tenía un hijo tanto o más malo que él que vio cómo a papá lo aplanaron toneladas de metal. El muchacho se llama Dante y aquí vuelve ávido de destruir a Toretto y a todo aquel que esté a menos de tres grados de separación de él.
Momoa entiende muy bien el código de la saga componiendo un malo notable, con partes iguales de altanería, megalomanía, cinismo, prepotencia y sarcasmo. Tiene el carisma que nunca tuvo Diesel, de rostro inmutable ante todo. Ni siquiera cuando se entera que todo su equipo cayó en una trampa en Roma se mosquea, aunque sí pone en marcha un operativo para evitar sus consecuencias. En parte lo logra: impide un atentado contra el Vaticano –direccionando una bomba… con un auto-, pero los apuntan como terroristas, al tiempo que Dante está cada vez más cerca de su hijo.
Lo que sigue desanda los carriles ya conocidos de la saga: persecuciones de todo tipo en cualquier superficie, algunas picadas (para no perder la costumbre), la utilización alla MacGyver de todo elemento con ruedas como vehículo, viajes a lo largo y ancho del mundo (de Roma a la Antártida y de allí a Río de Janeiro), todo mechado con diálogos torpes sobre la importancia de la familia, la lealtad y demás. Sobre el desenlace, varios cameos dejan la mesa servida para que la saga siga acelerando a fondo. El final, queda claro, recién empieza. En todos los complejos de la ciudad.
“El siervo inútil”

Luca es un hombre de mediana edad que trabaja en la empresa inmobiliaria de su suegro, quien le encarga desarrollar un “housing”, como él lo llama, en terrenos ferroviarios de Córdoba. El asunto no es nada sencillo: para construir esas torres de lujo necesita no solo dinero y lidiar con los habitantes de un barrio popular aledaño: también necesita una habilitación municipal que se demora hasta límites kafkianos, un autor cuyo espíritu sobrevuela las acciones que presenta el realizador Fernando Lacolla en El siervo inútil, su primer y muy atendible primer largometraje.
Presionado por su jefe y familiar político, Luca (notable Federico Liss) acude a un diputado que conoció cuando compartió canchas de rugby con su hijo. El funcionario le hace una oferta que no puede –ni tampoco quiere, porque la ambición está en su ADN– rechazar: engrasar los mecanismos de la burocracia estatal a cambio de que lo ayude a vender un campo para el que hace tiempo no consigue comprador. Ese dinero, promete, terminará en las arcas de la inmobiliaria para el emprendimiento. Un negocio redondo que, se verá, no es tal.
Película que no podría transcurrir en otro lugar que no sea Argentina, un país con ciudades permeadas por la especulación inmobiliaria, los problemas habitacionales y los contrastes sociales, El siervo inútil registra cómo Luca abraza la idea del campo como lo más parecido a un paraíso terrenal, un espacio despojado de sus responsabilidades urbanas. Pero la vida fuera de la ciudad tiene sus bemoles, algo que irá descubriendo a medida que el barro (el real y el de los negociados) empiece a mancharlo de una manera muy difícil de retrotraer.
Con Luca perdido en un laberinto burocrático, aspiracional y emocional, la película de Lacolla –un realizador de pulso firme que no necesita subrayar la complejidad interna del personaje central– irá adquiriendo una tonalidad cada vez más oscura, deslizándose, como él, de una idealización de múltiples sentidos hacia un ámbito donde las traiciones, los negociados y los intereses cruzados vienen con la forma de empresarios de saco y corbata. En el Hoyts.
“Objetos”

La trama de Objetos nos presenta a un protagonista aislado en un presente distópico, interpretado por Álvaro Morte, quien utiliza los objetos que lo rodean como su conexión con el mundo. Mario es un solitario empleado de un gran almacén de objetos perdidos, donde guarda diversos enseres acumulados a lo largo de décadas. En este refugio de memorias abandonadas, se ha apartado de la compañía de las personas y se dedica a investigar la procedencia de los mismos con el fin de devolverlos a sus verdaderos dueños, reconstruyendo así fragmentos olvidados de sus vidas. Solo Helena (Verónica Echagui), una joven policía que visita el almacén con regularidad, ha logrado romper ligeramente su coraza.
Un día, llega al almacén una maleta recuperada desde el fondo de un río. Al abrirla, Mario descubre prendas de vestir de bebé junto a unos restos humanos. Movido por una determinación incansable, Mario decide emprender una investigación por su cuenta y seguir el rastro de la maleta. Este camino lo lleva a encontrarse con Sara (Eugenia “China” Suárez), una joven atrapada desde la infancia en una despiadada organización de tráfico de personas.
Sara se convierte en el vínculo con un mundo oscuro y cruel, donde las personas son tratadas como simples objetos. Mario, con una mezcla de valentía y desesperación, se adentra en esta red clandestina dispuesto a rescatar a Sara y desenmascarar a sus captores. Su misión se convierte en una lucha por la justicia y la redención, donde deberá enfrentarse a poderosas fuerzas que están decididas a mantener su siniestro negocio.
A pesar de la lograda interpretación de Álvaro Morte (La casa de papel), quien logra transmitir la angustia y la determinación de su personaje, el guion de Objetos no logra desarrollar su historia de manera satisfactoria. Aunque el elenco incluye actuaciones como la de Eugenia “China” Suárez, quien interpreta a un personaje enigmático y cautivador, el desarrollo se siente inconsistente y superficial. Daniel Aráoz, Andy Gorostiaga, Verónica Echagui, Maitane San Nicolás, Selva Alemán y Zorion Eguileor también dan lo mejor de sí en los roles que se les asignan, pero sus personajes carecen de la profundidad dramática necesaria para generar un auténtico impacto emocional, quedando atrapados en la sobreactuación y los estereotipos. Esta falta de desarrollo de los personajes limita la capacidad de la película para involucrarnos plenamente en su mundo y conectar emocionalmente con la historia que se pretende contar.
Más allá de sus falencias, Objetos nos sumerge en un perturbador viaje repleto de suspense y peligro, adentrándonos en las profundidades siniestras del tráfico de personas. A través de su narrativa, se revela una realidad desoladora que nos obliga a confrontar los abusos despiadados cometidos en nombre de la codicia y el poder. En el Hoyts.
“Legítima defensa”

Filmada en Leones, provincia de Córdoba, y presentada en el Festival de Mar del Plata, esta ópera prima de Andrea Braga, un italiano que estudió y es docente en la escuela de cine creada por Eliseo Subiela, arranca con el regreso de un fiscal a su pueblo natal para investigar una serie de misteriosos crímenes. Como en el cine negro clásico, el protagonista debe resolver los casos y al mismo tiempo lidiar con algunas cuentas pendientes de un pasado no tan lejano: la relación con su hija y su exmujer no es la mejor, y ese malestar personal empieza a combinarse con el derrotero de una investigación complicada en la que aparece una trama de corrupción relacionada con el abuso de agroquímicos.
Legítima defensa es una película lúgubre y cargada de la tensión que tienen los buenos thrillers. Braga ya la tenía en desarrollo cuando se encontró con un documental italiano sobre los problemas ambientales que causan algunos químicos utilizados en el campo. Las buenas performances de los protagonistas (el uruguayo Alfonso Tort, Javier Drolas y Violeta Urtizberea, alejada de su faceta más habitual de comediante pero igual de solvente) son puntos de apoyo sólidos para una historia cuyo clima denso se sostiene de principio a fin. En el Arteón.
https://www.youtube.com/watch?v=YWSrkq0ytHY
“Conspiración divina”

Adam, humilde hijo de un pescador, ingresa en la prestigiosa universidad de Al-Azhar de El Cairo, epicentro del poder del islam sunita. El día en que empiezan las clases, el Gran Imán que dirige la institución muere de repente. Sin ser consciente de ello, Adam se encuentra en medio de una lucha de poder implacable entre las élites religiosas y políticas del país. En los Cines del Centro.
“No descansarás”

Melissa Barrera, la protagonista de este film, es también parte de las últimas dos entradas de la franquicia Scream, una serie de películas de terror ensambladas sobre de la deconstrucción de los tropos de la películas de terror. Por esto, resulta paradójico que aquí su personaje Julie pase por un auténtico catálogo de lugares comunes del género. Si Julie hubiera visto Scream su vida sería mucho más fácil. En principio, sabría que no debió comprar un viejo caserón en el que murió una familia, también que las sombras y visiones que empieza a percibir no son “tan solo su imaginación” y que su gato aparecerá repentinamente en los momentos más inesperados para sobresaltarla. Si hay algo de lo que no puede acusarse a esta película es de originalidad. Mientras que cierto cine de terror, el llamado art-horror, está encabezando una renovación del cine de género con films como Hereditario, The Babadook, Raw, Mandy o Lamb que resulta un antídoto contra el eterno retorno en el que Hollywood quedó atrapado con las franquicias de superhéroes, esta película nos devuelve a un horror carente de inventiva y sostenido exclusivamente por jump scares.
Julie está cursando un embarazo avanzado. Lentamente se nos indica que perdió otro, que tuvo una crisis emocional por esa pérdida y que la renovación de la vieja casa es un modo de rehacer su vida. Una caída hace que su obstetra le ordene reposo forzado por los últimos meses que le quedan antes del parto. Cuando, acto seguido, 25 minutos dentro del film, surge un cartel que dice “Día 1, faltan 55” está claro que queda un tortuoso camino por delante, especialmente para los espectadores. La aparición de un niño que podría o no ser su hijo muerto lleva a una serie de acontecimientos sobrenaturales narrados con desgano cuyas “sorpresas” pueden ser adivinadas mucho antes de que la historia las revele. En los cuatro complejos: Hoyts, Cinépolis, Showcase y Monumental.
Fuente: Otros Cines, Diego Batlle, Ezequiel Boetti, Escribiendo Cine, Juan Pablo Russo, Alejandro Lingenti, Hernán Ferreirós, La Nación.
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