Robert Rodríguez con Ben Affleck en un plagio a Nolan, Sofía Gala en un film cordobés, una alemana sobre buceadoras en problemas, más “El sacramento del diablo”, “La calma” y las francesas “Ese crimen es mío” y “La montaña”. Aquí como siempre una selección de reviews, trailers e imágenes para elegir que ir a ver al cine. Porque el cine se ve en el cine.
“Hipnosis: arma invisible”
Hacía mucho tiempo que desde estos lados del mundo se sabía poco y nada de Robert Rodriguez, aquella promesa del indie más chatarrero de la década de 1990 que nunca ha podido despegarse del todo de la sombra de Quentin Tarantino. El director de Mini espías, La ciudad del pecado, Planet Terror, Machete y “Battle Angel: La última guerrera” reaparece ahora con Hipnosis: arma invisible, un thriller psicológico que plagia sin tapujos a El origen.
En la película de Christopher Nolan había un ladrón con habilidad para entrar en sueños ajenos y robar los secretos de los subconscientes de sus víctimas. Acá también hay subconscientes traicioneros, percepciones alteradas e incluso varias escenas en las que el piso y el cielo se espejan, cortesía de un grupo de personas conocido como “hipnóticos” por la posibilidad de alterar las realidades que perciben los otros, borrar recuerdos y hacerlos actuar en contra de su voluntad.
Quien padece todo esto es el muy afectado detective Danny Rourke (Ben Affleck), que intenta superar la desaparición de su hija y, mientras investiga una serie de robos bancarios, encuentra una pista que podría conectar ambos casos. Es, pues, el principio de una historia que se entrega al ridículo con un convencimiento envidiable, metiendo al menos un giro de guion por escena que uno de los personajes, generalmente el de “hipnótica” a cargo de Alice Braga, se encarga de explicitarle a Danny. Y a los espectadores, obvio, cuestión de que todo el berenjenal quede algo más claro.
Exigirle a “Hipnosis: arma invisible” un ápice de coherencia, un mínimo cuidado de la lógica narrativa, es pedir lo imposible. Rodríguez acumula múltiples situaciones cada cual más absurda que la anterior que va entrelazando con algunas escenas de acción resueltas con mucho más oficio que el aplicado para abordar las peripecias del pobre Affleck.
Ezequiel Boetti. En todos los cines.
“Sin aire”
No hay muchos secretos en Sin aire, una de esas películas de concepto que comienza cuando las hermanas Drew y May llegan a una imponente playa remota con sus equipos profesionales de buceo con la idea de compartir un tiempo juntas en las profundidades del océano. Las cosas se complican cuando, una vez inmersas, una roca desprendida de una montaña empuje a una de ellas hasta el lecho marino, dejándola, como dice el póster, “sin tiempo, sin salida, sin esperanza”.
Filmada casi íntegramente bajo el agua y con sólo esas dos actrices, la película del alemán Maximilian Erlenwein acompaña los denodados intentos de la hermana ilesa por rescatar a la otra. Los objetivos -y los problemas que van apareciendo, porque todo lo que puede salir mal, sale peor- son cada vez más complicados: ir hasta la playa para traer más tanques de oxígeno primero y volver antes de los 15 minutos; luego ir hasta el auto para buscar el criquet y levantar la piedra; más tarde ir en busca de ayuda hasta lo que ella piensa que es una casa… y así.
Ante esa lógica tan férrea como programática, y muy similar a la de un videojuego, Erlenwein apuesta todos los recursos creativos a cómo sacarle provecho al océano, el gran protagonista de la película. El azul infinito es el color de un auténtico infierno, el de un peligro omnipresente que apisona a las chicas con la misma fuerza que al espectador.
Ezequiel Boetti. En todos los complejos.
“Reina animal”
Las consecuencias del calentamiento global generan justificadas alarmas que las organizaciones ambientalistas encienden con insistencia. La industria de la producción audiovisual, uno de los sectores estrella de la economía en esta época de veloces transformaciones tecnológicas, se empezó a hacer eco de las necesidades de un cambio. Empresas poderosas como Amazon, Disney, NBCUniversal, Netflix y Sony Pictures ya se han agrupado en Sustainable Production Alliance, una organización que trabaja para lograr que el negocio pueda desarrollarse en un contexto sostenible, con protocolos que pueden aplicarse desde la concepción de un guion hasta la posproducción.
En la Argentina, Moroco Colman, un arquitecto y cineasta cordobés que había dirigido dos largometrajes –Fin de semana (2016) y La noche más larga (2021)–, llevó adelante el primer rodaje de ficción sustentable del país: Reina animal. Esta película, protagonizada por Sofía Gala Castiglione y exhibida en la última edición del Bafici, se estrenará a comienzos de noviembre. Es un thriller magnético que exhibe crudamente la violencia implícita en el trabajo diario de un matadero. Colman y Sofía Castells, autores del guion, se propusieron un film sobre el especismo (la discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores) y el maltrato animal. Pero, también, fueron capaces de tender un puente entre esa denuncia y otras preocupaciones que, en definitiva, están en sintonía con la época: la alimentación saludable, la gestión de residuos, el ahorro de combustibles fósiles, los recursos que pueden aportar cooperativas independientes y los lazos con las demandas del feminismo. Todo un sistema armónico de producción que conecta con el espíritu de esta ficción que logra crear una atmósfera angustiante. “La película nació en la pandemia –cuenta el director–, a partir de todas las teorías sobre el origen del Covid: la contaminación de carne congelada, la fuga en un laboratorio de Wuhan, las aguas residuales, el virus de un murciélago… Yo también empecé a interesarme por el tema del maltrato animal y a tener largas charlas sobre el tema con Sofía, quien hace tiempo está muy interesada en todo esto. Ella quería hacer un documental sobre maltrato animal, entonces pensé que una ficción podría ser más eficaz, para llegar a más gente”.
Reina animal imagina una operación de tráfico de carne a escala reducida en la que se involucra un supermercado chino controlado por un gran personaje, el que Chang Hung Cheng interpreta con un candor alucinante y sin experiencia previa en la actuación. El film se va convirtiendo en una aventura nocturna desplegada en un escenario urbano de corte distópico, esa obsesión que la ficción contemporánea ha multiplicado a partir de los traumas inducidos por la pandemia.
El Mercado Norte fue un verdadero hallazgo como locación. Es un enorme edificio de la capital cordobesa construido en 1927 y declarado Monumento Histórico Provincial en 1972. “Cuando dejan de funcionar los negocios se arma una especie de zona roja, un lugar más sórdido –revela Colman–. Hay construcciones viejas pintadas con grafitis, grupos de perros callejeros que andan atrás de los restos que tiran las carnicerías de la zona del mercado… Es un micromundo que inspiró al que construimos para la película”.
El detrás de escena fue un componente clave del proyecto. La aplicación del protocolo de rodajes sustentables que brinda la Asociación de Productorxs Audiovisuales de Córdoba (APAC) buscó marcar un hito para el cine argentino, hasta ahora ajeno a este tipo de prácticas. “El objetivo del protocolo es reducir el impacto ambiental y calcular la Huella de carbono, aportando valor y responsabilidad a nuestras producciones”, asegura la gente de APAC.
Cambios de escenas que inicialmente se planeaban recrear por imágenes de archivo, locaciones cercanas para evitar traslados y el consecuente consumo de combustibles fósiles, gestión de residuos, catering vegano y vegetariano con tuppers, cubiertos y vasos reutilizables, trabajo asociado con la empresa cordobesa de reciclaje social Ecolink e incluso un foco puesto en la diversidad (70% del equipo fueron mujeres) son los datos que APAC remarca yque son un estímulo a la hora de planificar el rodaje, con el protocolo como moneda corriente.
Alejandro Lingenti. En Cinépolis, Showcase y Hoyts.
“El sacramento del diablo”
Grace es una brillante doctora que recibe la noticia que su hermano se suicidó en un convento en Escocia, pero no solo eso: se lo acusa de haber matado a un cura antes de terminar con su propia vida. Ella viaja por respuestas, pero se encuentra con el secretismo de un grupo de monjas con actitudes sospechosas que no solo mienten sobre su hermano sino sobre ella misma. El Sacramento del Diablo (Consecration) es la nueva película de Christopher Smith, un director inglés con algunas buenas películas en su haber, en su mayoría encauzadas hacia el terror, la acción o el misterio. La criatura (Creep, 2004) desarrollada dentro de los subtes de Londres con un hombre persiguiendo a una mujer; Triangle (2009), sobre un grupo de jóvenes que tienen un accidente en alta mar y abordan un crucero algo extraño, y también se encargó de dirigir varios episodios de la serie de espías y acción Alex Rider (2020).
Pero para que estos relatos funcionen es necesario que quien protagonice pueda llevar adelante la tarea con solvencia. En El Sacramento del Diablo, esto lo atraviesa Jena Malone quien interpreta a la protagonista Grace. Quizás la conozcan por ser la joven Ellie en Contacto (Contact, 1997) o por sus participaciones en Donnie Darko (2001), Orgullo y prejuicio (Pride & Prejudice, 2005), Las ruinas (The Ruins, 2008), Sucker Punch (2011) o Batman v Superman: El origen de la justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, 2016). Su consagración para el gran público se dio con su aporte como Johanna Mason en la saga de Los Juegos del Hambre.
Todo el relato da vueltas sobre el mismo concepto: la búsqueda de la verdad. Grace sabe que hay algo no dicho entre tantas miradas cómplices en el convento escocés donde falleció su hermano. Su relación se entiende tensa desde que pisa suelo sagrado, producto de un pasado que se irá descubriendo a medida que todo avance, mientras, la policía intenta entender lo sucedido sin indagar demasiado, ¿quién querría meterse en el medio de un lugar absolutamente dogmático?
El dogma es el otro gran pilar, mientras que eso motiva el conflicto ante la falta de respuestas por parte de las monjas, también empezamos a entender que esa misma actitud dogmática lleva al director a tomar las decisiones más simples y de fórmula que podamos concebir. ¿El resultado?, una película que ya vimos muchas veces, carente de sorpresa.
A nivel fotografía, El Sacramento del Diablo aprovecha los paisajes escoceses y sus colores, al igual que la estructura edilicia del convento. Esto choca con el principio en la ciudad, donde una estética extraña prima hermana del giallo italiano mezcla las sombras algo rotas con colores rojos y azules, generando una extrañeza que no suma sino que marea y expulsa de lo que se cuenta. Pensando la película en retrospectiva, el inicio no tiene mucho sentido. Porque ese inicio también es dogmático para presentar a Grace: en una secuencia tenemos que entender que ella es buena, amable, compañera, empática… todo junto porque después ya la ponemos a hacer cosas en el convento y no podemos construirla apropiadamente. Lo que se dice pereza estructural.
El Sacramento del Diablo comparte elementos con La Monja II, también estrenada este año. En ambas películas tenemos un convento con personajes que se manejan sospechosamente, mientras que uno o varios de esos motores tienen una misión: encontrar una reliquia de índole religioso. La religión más cercana a la magia e Indiana Jones que a la fé o a la beneficencia. Estamos en la era del sortilegio donde todo tiene que responder a hechicería y espectacularidad.
Aquí la aparición de la reliquia se da luego de la mitad del relato, recordando dogmáticamente que tiene que haber una modificación en la estructura para hacer avanzar la historia hacia su final. Con una construcción casi nula de ello, en aras de sorprender a través de flashbacks, detonan cualquier atisbo de sorpresa o sensación de satisfacción ante un descubrimiento.
Y mientras que al principio todo parece responder a una cuestión religiosa, descubrimos que la verdad es algo más imaginativa con elementos fantásticos propios de otro género que no comento para no adelantarles elementos de la trama.
El Sacramento del Diablo busca aprovechar el viento de cola que tienen las producciones de terror religiosas, intentando darle una vuelta de tuerca que ante una construcción encasillada en lo ya conocido, entra en contradicción consigo misma y no genera ninguna sorpresa. Forzar una sorpresa sin construirla en el tiempo es como cosechar algo sin probarlo antes, solo porque el tiempo de realizarlo ya se cumplió. Es el problema en ser dogmático.
Elian Aguilar. En los 4 complejos.
“La calma”
Es cierto que La calma, de Mariano Cócolo, se desarrolla dentro de un realismo seco para nada mágico. Pero en paralelo propone un tratamiento estético que, de forma deliberada, se aparta de la pretensión de representar su propia realidad de un modo distante. Una historia que busca retratar un determinado paisaje, que no es solo geográfico sino sobre todo social. En él habita Nancy, una joven de origen campesino que se trasladó a la ciudad para estudiar derecho, hasta que un día recibe la noticia de que su padre sufrió un ACV y debe volver a su pueblo para ocuparse de él.
Como mucha gente de campo, Nancy es parca e introvertida, aunque mantiene una relación cordial con sus compañeras de estudio y pensión. Aun así, la película la retrata como una chica que no solo es solitaria sino que está sola incluso en compañía. Las escenas que la muestran en su trabajo, controlando una máquina envasadora de botellas, no solo registran esa soledad; también dan cuenta de un estado de alienación propio de la existencia urbana. Un registro que pronto será puesto en paralelo con el regreso a la vida rural que, a fin de cuentas, no parece ser tan distinta, al menos no en términos de interacción social.
Dentro de la aridez de ese panorama y de lo desolador del contexto, Nancy es de una expresividad minimalista pero muy elocuente. Una proeza que se le debe reconocer a la actriz Tania Casciani, encargada de interpretarla. Dueña de uno de esas caras que parecen haber sido hechas para ser filmadas, Casciani consigue que las distintas emociones de Nancy aparezcan en pantalla con absoluta claridad. Lejos de generar distancia, esa economía de recursos contribuye a construir un lazo de empatía muy fuerte entre personaje y espectador. Al verla en pantalla es imposible no pensar en Buster Keaton, no solo por las evidentes semejanzas entre sus rostros, sino por esa capacidad de transmitir mucho con poco puesta al servicio del cine.
El panorama que la joven encontrará al llegar al pueblo no es precisamente luminoso. Con su padre postrado, deberá hacerse cargo no solo de él y de todo el trabajo que por su nueva condición de salud ha quedado suspendido, que en una granja no es poco. Además se verá obligada a lidiar con el dueño de las tierras que su padre ocupa y trabaja desde hace 60 años, quien la presiona para que se lleve al viejo y desaloje la propiedad. Un atropello que la pobre Nancy, incluso siendo una chica fuerte y resiliente, es incapaz de soportar.
Entre los muchos paralelos que la acción traza en La calma, como el que se establece entre campo y ciudad, también aparece otro más sutil: el de las distintas formas que la ley asume en cada territorio. Si en la ciudad Nancy se ocupa de aprender aquellas que están escritas y forman parte del acuerdo social que implica la base de un Estado, en el campo las reglas siguen siendo más primitivas. Ahí, donde la figura de aquel Estado se desvanece, la ley sigue siendo la del más fuerte. Es esa ausencia de marco legal la que le permite a la película construir a Nancy como víctima, pero también la que vuelve tolerable la idea de que ella también acepte responder en el marco de la ley “salvaje”:
En ese sentido, el título de la película funciona como negación, en tanto la supuesta calma a la que se hace referencia, vinculada al carácter en apariencia imperturbable de la protagonista, finalmente no será tal. Filmada en un blanco y negro por momentos exquisito, La calma elige un registro expresionista para realizar su retrato. A partir de sus recursos visuales clásicos, Cócolo se permite sortear los límites del realismo para intervenir de manera directa en la forma en que el público percibirá el relato, acentuando las distintas emociones que atraviesan la película, hasta volverlas más grandes que la vida.
Juan Pablo Cinelli. En El Cairo y en el Arteón.
“Ese crimen es mío”
Dentro de la extensa y cambiante filmografía de François Ozon, Este crimen es mío tiene una impronta femenina que remite a títulos como 8 mujeres y Potiche. El punto de partida es la obra de teatro homónima de 1934 escrita por Georges Berr y Louis Verneuil, aunque las referencias parecen ser en el terreno de la profusión y velocidad de los diálogos las comedias hollywoodense de los ’30 de Ernst Lubitsch y Frank Capra; y desde lo temático, Violette Nozière (Niña de día, mujer de noche por estas tierras), aquel largometraje de 1978 en el que Claude Chabrol dirigidó a Isabelle Huppert.
Madeleine Verdier (Nadia Tereszkiewicz) es una joven y atractiva aspirante a actriz sin demasiado talento y sin un franco en el bolsillo. Junto a su amiga y roomate Pauline Mauléon (Rebecca Marder), una abogada también sin trabajo, deben cinco meses de alquiler y el dueño está a punto de dejarlas en la calle. Sin embargo, la caótica existencia de Madeleine cambia por completo cuando se produce el crimen del título. En efecto, ella parece ser la autora del disparo que terminó con la vida de un poderoso productor que ha intentado violarla. El juicio -donde es representada por Pauline- no solo termina con su absolución por haber accionado en defensa propia sino que la convierte en una celebridad pública: pasa a ser protagonista de obras que agotan localidades, se muda a una mansión y es objeto del deseo de unos cuantos hombres.
Pero esta comedia policial dará un segundo vuelco con la aparición de una veterana actriz llamada Odette Chaumette (Isabelle Huppert en plan Sarah Bernhardt). No conviene adelantar nada más de la trama, pero todo transcurre dentro de una artificialidad propia de la teatralidad, con un tono ampuloso lindante con el grotesto propio dde los enredos del vodevil en el que las actrices y actores (por allí desfilan entre otros Fabrice Luchini, André Dussollier y Dany Boon) parecen divertirse dando rienda suelta a toda su expresividad.
El resultado es un film curioso y simpático, algo demodé en su forma y no demasiado sutil en su mensaje, pero muy actual en su reivindicación de la sororidad femenina. No será de lo mejor que hizo Ozon en su obra, pero se disfruta sobre todo a partir de su desenfado y su espíritu lúdico.
Diego Batlle. En los Cines del Centro.
“La montaña”
El actor devenido cineasta Thomas Salvador debutó detrás de la cámara con una de las películas de superhéroes más extrañas de la última década. En Vincent (2014), él mismo se encargaba de interpretar al protagonista, un hombre común que un buen día descubre que adquiere superpoderes en cuanto entra en contacto con el agua. Por supuesto, aquella apuesta minimalista, despojada de efectos especiales y villanos excéntricos, poco y nada tenía que ver con el género cinematográfico de moda, e inició una filmografía que ahora apoya su segunda baldosa con otro largometraje fuera de norma, en el sentido de que esquiva las expectativas que el espectador podría depositar en él. Pierre (otra vez Salvador) es un ingeniero especializado en robótica que viaja a una pequeña ciudad a los pies del Mont Blanc para presentar el último desarrollo de su empresa: un brazo mecánico capaz de manipular con precisión elementos de cocina. En medio de la presentación frente a los posibles compradores, sus ojos quedan congelados y la voz se le paraliza ante la visión de las montañas nevadas allá a lo lejos.
A los diez minutos de proyección, de manera directa y veloz, La montaña ya ha establecido el punto de partida de lo que vendrá. Tal vez cansado de las rutinas, quizás alienado al punto de la opresión, Pierre miente en el trabajo y decide quedarse unos días acampando en medio de la blanquecina sábana de nieve, aplicándose al berretín de la escalada. A punto de volverse a París, el protagonista se baja del tren justo antes de que arranque, echando en la mesa las cartas de su destino, abandonando carrera y profesión con la intención de iniciar una nueva vida. Todo ello puede adivinarse en las actitudes de Pierre, ya que su semblante impertérrito y tendencia al silencio rotundo no lo hacen particularmente fácil de escrudiñar. Poco tiempo después, antes de que la madre y su hermano se acerquen a la zona, con toda la lógica del mundo, a preguntarle qué pretende hacer de su vida, el hombre conoce a Léa (Louise Bourgoin), la chef del parador al cual se accede exclusivamente en teleférico y posible candidata para el emparejamiento.
O al menos eso es lo que podrían indicar los juicios previos del espectador, cuya imaginación supone a esa altura que el de Salvador es un típico film de reinicios existenciales con romance a la vista. Algo de eso hay, pero “La montaña” pega un volantazo de varios grados cuando el origen de unos pequeños aludes de piedras es descubierto en una noche despejada. Como Vincent en el film homónimo, Pierre se lanza de lleno a la investigación de los más extraños fenómenos, que empujan al relato a terrenos inesperados, más cerca de Estados alterados que de La aventura y el hombre. Película mutante, de desarrollo pausado y ribetes imprevisibles, La montaña utiliza de manera muy efectiva el rodaje en locaciones reales de la Alta Saboya, en el corazón de los Alpes franceses, para narrar un cuento que parte del realismo extremo para ingresar al más fantástico de los terrenos cinematográficos.
Diego Brodersen. En los Cines del Centro.
Fuente: Otros Cines, La Nación, Página 12.








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