
“Parque Lezama”, la transposición de la obra teatral homónima, que el propio Campanella adaptó de I’m Not Rappaport, del dramaturgo estadounidense Herb Gardner, se estrena este jueves 19 de febrero en 35 salas argentinas y desde el viernes 6 de marzo estará disponible en todo el mundo en la plataforma de Netflix. “Está funcionando esto” de Bradley Cooper llega tras su elogiada ópera prima (la remake de Nace una estrella) y su más discutido segundo largometraje (Maestro, biopic del compositor y director de orquesta Leonard Bernstein que rodó para Netflix), Cooper consigue su mejor film como director con esta comedia agridulce sobre las consecuencias del divorcio de un matrimonio de largo aliento, para la que esta vez se reserva solo un personaje secundario. Más “La historia del sonido”, una animada china, una de terror, y una noruega de 2024 completan la renovación de la cartelera de este jueves 19 de febrero. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.

“Parque Lezama”
Las casi dos horas de Parque Lezama transcurren con los dos protagonistas charlando sentados en un banco del lugar. Queda claro entonces que, más allá de algunos movimientos de cámara concebidos desde la puesta en escena, del ritmo que Campanella le pueda imprimir desde el montaje y de las irrupciones de cinco personajes secundarios que obligan a ciertas exigencias físicas por parte de ambos antihéroes, el mayor o menor éxito del film depende básicamente de la potencia de los diálogos y de la interacción (la química) entre estos actores omnipresentes en pantalla.
No vi la obra homónima que dirigió el propio Campanella con los mismos actores, pero a esta versión cinematográfica de Parque Lezama le cuesta desprenderse de cierta impronta teatral y no solo por el imperio de la palabra y la escasa fluidez de las imágenes ya mencionadas sino por el estilo de las actuaciones, los acentos de los intérpretes y la gestualidad ampulosa que nos llevan al terreno del costumbrismo, a los estereotipos y a un sentimentalismo recargado que el director ha explorado ya en varios de sus trabajos (quizás la principal excepción haya sido la multipremiada El secreto de sus ojos en cuyo tono evidentemente mucho tuvo que ver el universo de Eduardo Sacheri).
León Schwartz (Luis Brandoni) y Antonio Cardozo (Eduardo Blanco) son dos adultos mayores (viejos, bah) que se encuentran cada día cerca de la glorieta del Parque Lezama. En principio, son como el agua y el aceite; el primero, un viejo militante del Partido Comunista, un poco fabulador y siempre provocador; el segundo, un tipo conservador, conformista, que trata de pasar inadvertido para -por ejemplo- que nadie le quite su trabajo en el mantenimiento de la caldera de un edificio.
Cada uno cargará en primera instancia con sus secretos, contradicciones y miserias, pero luego irá encontrando espacios y excusas para las confesiones íntimas y para ciertas acciones que los rediman. En el medio, claro, se hablará (mucho) sobre los achaques de la vejez y sobre la forma en que el resto de la sociedad desprecia o segrega a los ancianos. Más allá de que hay unos cuantos lugares comunes en esos intercambios, los mejores momentos surgen cuando se permiten apelar al humor negro y a la autoparodia.
Si las parrafadas entre Brandoni y Blanco obligan a un tour de force par parte de ellos (y en cierto sentido también en el público), los momentos más problemáticos del film surgen cuando ambos tienen que lidiar con personajes externos como Rodrigo (Alan Fernández), un pibe muy amenazante; un dealer (Matias Alarcón) no menos violento que apremia de todas las formas imaginables a Laura (Manuela Menéndez), una joven con problemas de adicción; Gonzalo Menéndez Roberts (Agustín Aristarán), uno de los responsables del consorcio del edificio donde trabaja Cardozo; y Clarita (Veronica Pelaggini), la hija de Schwartz que no encuentra la manera de conectar con (y ayudar a) su padre.
Parque Lezama es una comedia generacional sin grandes gags, un relato sin demasiados matices ni sutilezas que se sigue sin esfuerzo y con algunas ocasionales sonrisas (dudo que se conviertan en carcajadas). Es un cine de aspiraciones populares que quizá pueda generar cierta empatía e identificación, un espejo con el que algún segmento del público pueda reconocerse y sentirse reflejado, pero que queda lejos de la citada El secreto de sus ojos, El mismo amor, la misma lluvia y otros exponentes de lo mejor de la filmografía de Juan José Campanella.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.

“¿Está funcionando esto?”
En los últimos días me tocó ver en teatro Los días perfectos, unipersonal con Leonardo Sbaraglia; y ahora en cine ¿Está funcionando esto?, retratos sobre las crisis de sendas parejas de larga data. Ambos acercamientos están desprovistos de cinismo y crueldad; por el contrario, comparten una mirada sincera y sensible, con no poco cariño y empatía incluso en tiempos de dolor e incertidumbre.
De hecho, me animaría a decir que este tercer largometraje como realizador de Bradley Cooper, que él mismo coescribió con el protagonista Will Arnett, tiene algo de crowdpleaser, ciertos recursos de la clásica comedia de re-matrimonio que la hace menos angustiante e incómoda, bastante más llevadera que otros acercamientos a esta temática.
Alex Novak (Arnett) y Tess (Laura Dern) llevan algo más de 20 años juntos y comparten con sus dos hijos (Calvin Knegten y Blake Kane), ambos de 10 años, una hermosa casona en los suburbios de Nueva York. Pero desde los primeros planos es evidente que la pareja está atravesando una profunda crisis que se confirma poco después cuando vemos a Alex alquilando un departamento en el West Village de la Gran Manzana.
Casi de casualidad, sin proponérselo, intentando una noche tomar un trago en el Olive Tree Cafe, el protagonista descubre el universo de la stand-up-comedy y se hace habitué del Comedy Cellar, mítico club ubicado en el subsuelo de ese bar del Greenwich Village. Y no solo eso: poco a poco irá incursionando cada vez con mayor soltura y repercusión en el público en monólogos sobre su crisis de mediana edad, su flamante vida de soltero y las experiencia vividas durante su convivencia con Tess. Una forma muy particular de socialización (se integrará en la comunidad de comediantes del lugar) y de catarsis que le permite exorcizar sus demonios internos.
A partir de ese planteo inicial, la película -inspirada en una historia real- recorrerá diversas zonas (los desafíos de criar por separado de los niños, la recuperación de pasiones que habían sido sepultadas por los avatares y exigencias de la vida familiar, fugaces relaciones con terceros, ocasionales reencuentros de la pareja), sin perder jamás el encanto que ambos protagonistas (y los secundarios a cargo de buenos intérpretes como Andra Day, Ciarán Hinds, Christine Ebersole, Sean Hayes, Scott Icenogle y el propio Bradley Cooper) le imprimen a sus personajes.
Puede que no sea un estudio psicológico demasiado profundo, inquietante ni provocador, pero hay algo de la fluidez y la ligereza que, en estos tiempos en los que Hollywood parece haber perdido ese “toque” de sus viejos y buenos tiempos, se termina disfrutando y agradeciendo.
DIEGO BATLLE. Otros Cines
“La historia del sonido”

“Mi abuelo solía decir que la felicidad no es una historia” recuerda, cerca del comienzo, el protagonista de este film. Queda claro, entonces, que el relato que sigue no será precisamente dichoso. Su nombre es Lionel (Paul Mescal) y creció pobre en Kentucky, aunque con atributos poco comunes: “Puedo reconocer la nota de la tos de mi madre o la del ladrido de un perro en el campo”, explica. Y agrega: “El Re es amarillo; el Sí menor me deja un gusto amargo en la boca”. Por estos dones, el oído absoluto y la sinestesia -la capacidad de experimentar atributos de un sentido con otro-, tiene una facilidad natural para la música que lo lleva a recibir una beca en el Conservatorio de Nueva Inglaterra. Allí conoce a David (Josh O’Connor), un estudiante de familia adinerada, quien capta su atención cuando interpreta en el piano de un bar la misma balada tradicional que su padre solía cantarle cuando niño. El mutuo interés musicológico en la canción folk deriva, minutos más tarde, en una intensa relación sexual en un hotel cercano. Nada de esto sería especialmente notable si la fecha no fuera 1917.
La película no se concentra en la homofobia del momento o la necesidad de los dos hombres de ocultar su vínculo, sino en la menos previsible historia de amor que viven sin culpa, ni vergüenza. Y, también, en los obstáculos que la van truncando para que haya algo que contar porque, como se nos dijo, la felicidad no es una historia.
Lionel resulta el más sensible, introvertido y enamorado de los dos por eso David es quien periódicamente lo abandona. La primera vez, para marchar como soldado hacia la guerra mundial, a la que logra sobrevivir no sin secuelas. Tras su reencuentro con Lionel, le propone recorrer el país con el fin de grabar para la posteridad canciones de la tradición popular, como si fueran precursores de Alan Lomax, el etnomusicólogo cuyos registros de campo provocaron un redescubrimiento de la música folk en los sesenta.
Durante el viaje escuchamos extraordinarias “murder ballads” y otras canciones tristes, aunque la trama parece ponerse en pausa durante este interludio musical, al menos hasta que una discusión menor lleva a que David provoque la ruptura de la pareja, un acontecimiento que parece forzado para reactivar el conflicto. Esto sucede en el punto medio de la película, cuando todavía queda más de una hora de metraje. Lo que sigue se siente como una deriva de sucesos más o menos aleatorios en la vida de Lionel, que podrían encontrar un final mucho antes.
Para bien y mal, esta es una película hecha a contramano del cine actual. A pesar del título, todo está asordinado. Desde su paleta de colores desaturados, vecinos del ocre y el sepia, que connotan el pasado, hasta la relación de los dos protagonistas, hecha de silencios, pausas y sentimientos contenidos, La historia del sonido se muestra como lo opuesto a la estridencia.
Claramente, el realizador Oliver Hermanus (director de la reciente remake de Vivir, el clásico de Kurosawa) quiso evitar las explicaciones condescendientes y los subrayados, y fue en busca de la insinuación y la sutileza. En su lugar encontró también un atenuamiento de la emoción: los protagonistas revelan tan poco de sí, que nos mantienen a distancia. La película encuentra momentos de gran belleza, pero estas partes son más que el todo.
HERNÁN FERREIRÓS. La Nación.
“Líbralos del mal”

Poco y nada de religiosidad hay en el último largometraje de Osgood Perkins, a pesar del título local con el que se decidió rebautizar a Keeper. Sexto peldaño en una filmografía que se abrió paso en el infinito cosmos del terror con una impronta personal en sus marcos narrativos y formales (la gran excepción es la reciente El mono, poblada de clichés), Líbralos del mal tiene uno de los grandes lugares comunes del horror en pantalla grande en su centro: la estadía en una cabaña apartada del mundo donde, qué duda cabe, comienzan a ocurrir acontecimientos extraños. El hijo de Anthony Perkins parte de un guion de Nick Lepard (el mismo de la reciente y muy australiana Animales peligrosos) para jugar con las expectativas del espectador. El tono y, sobre todo, el ritmo de la película evitan la adrenalina y los golpes de efecto y construyen pacientemente una historia de maldiciones centenarias que encuentra en la protagonista a una víctima que, quién sabe, podría también ser aliada.
Liz (la canadiense Tatiana Maslany, la Hermana Alice en la serie Perry Mason), viaja junto a su nueva pareja Malcolm (Rossif Sutherland) rumbo a la cabaña en cuestión, con la intención de pasar una breves vacaciones. Es claro que el vínculo entre ambos es reciente y que ese retiro tal vez sea una oportunidad para poner a prueba la posibilidad de su continuidad. La madera que los rodea, dentro y fuera del hogar, los discos de vinilo, los buenos vinos acompañan las primeras horas de convivencia, hasta que la llegada de un primo de Malcolm altera la rutina. El muchacho se presenta junto a una bella modelo de origen ruso que, según él, no habla nada de inglés, y su tono altanero y sexista deja a Liz descolocada.
El prólogo de Líbralos del mal ofrece una serie de planos de mujeres en diversos períodos históricos, sonriendo primero y, es de suponer, enamorándose, llorando luego o echando miradas furiosas, para terminar en rostros ensangrentados, cada boca abierta de par en par en un grito desesperado.
Ese prolegómeno, aparentemente ajeno a la historia de Liz, tiene y mucho que ver con lo que le ocurrirá, y forma parte del encanto del film. La percepción de la realidad comienza a alterarse, sobre todo luego de que Malcolm, médico de profesión, debe ausentarse y viajar a la ciudad para ocuparse de una paciente en estado crítico. Los días y noches de soledad hacen que la protagonista comience a notar una presencia inquietante puertas adentro y allá en el bosque. Una fuerza que genera miedo y repulsa pero que, al mismo tiempo, la atrae de una manera incomprensible. ¿Tal vez esa torta de apariencia inofensiva que comió al llegar, un regalo de la casera y cuidadora del lugar, tiene algo que ver con la realidad distorsionada? El director de The Blackcoat’s Daughter, Soy la cosa bella que vive en esta casa y ese inesperado éxito de público llamado Longlegs: Coleccionista de almas siembra pistas, como si se tratara de migas en el bosque, pero nada es del todo claro en un primer momento.
Hay un poco de folk horror en todo el asunto, aunque eso empieza a ser evidente bien avanzada la trama. De hecho, ese aspecto de Líbralos del mal es su faceta menos interesante: cuando afloran las explicaciones del origen de la extrañeza la película pierde un poco de su fuerza, que latía precisamente en el misterio, en la falta de raciocinio, incluso en alguna pisca de surrealismo. De todas formas, la nueva creación de Osgood (u Oz, como se hace llamar cariñosamente) vuelve a demostrar que la del hombre detrás del apellido famoso es una de las voces más inteligentes y estimulantes en el sobreexplotado género.
DIEGO BRODERSEN. Página 12.
“Lector Omnisciente: La Profecía”

El protagonista es Kim Dok-ja, un oficinista común que tiene una única característica especial: durante años, fue el único lector incondicional de una novela web llamada *Tres formas de sobrevivir al apocalipsis*. Justo cuando la historia llega a su fin, el mundo real empieza a transformarse para reflejar con exactitud la trama que él conoce de memoria. Atrapado en medio de un escenario apocalíptico que recuerda página por página, Dok-ja descubre que su verdadera fortaleza no reside en la fuerza física ni en actos heroicos, sino en su conocimiento absoluto de la historia… una historia que ahora está destinado a reescribir.
’’Entre plumas y picos’

En el centro de esta aventura familiar hay un joven águila y un fascinante universo de aves, cada una con sus propias peculiaridades. La trama acompaña a un curioso polluelo de águila criado entre gallinas, quien decide dejar su hogar para descubrir quién es realmente. Pero justo cuando encuentra a su verdadera familia y su destino junto a la Fuerza Emplumada, pasa por alto una amenaza que se está gestando en las sombras de la ciudad vecina.
‘’Love’’

Estrenada en 2024, esta producción noruega de Dag Johan Haugerud completa la trilogía “Sex, Dreams, Love” y ha ido conquistando a la crítica tras su paso por diversos festivales internacionales. La historia sigue a Marianne, una doctora, y a Tor, un enfermero, quienes coinciden en un ferry fuera del horario laboral y entablan una conversación que cambiará su perspectiva. Al conocer la visión abierta y poco convencional de Tor sobre el amor y la sexualidad, Marianne comienza a cuestionarse si sus ideas podrían tener cabida en su propia existencia.
Fuentes: La Nación, Otros Cines, Página 12.
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