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Siete estrenos y entre ellos “Cumbres Borrascosas” aterrizan en la ciudad

Terror, una de acción del enorme Michael Mann, un animé, una cabra animada que juega al rugibol, una española y una nueva versión del clásico de Emily Brontë son las novedades de este jueves 12 de febrero.

En su tercer largometraje como directora tras Hermosa venganza / Promising Young Woman (2020) y Saltburn (2023), la inglesa Emerald Fennell concibe una deslumbrante y al mismo tiempo demasiado ampulosa y bastante fallida transposición de la célebre novela publicada en 1847 por Emily Brontë, “Cumbres borrascosas”. Además “Terror en Silent Hill”, “Goat, la cabra que cambió el juego”, “Caminos del crimen”, “El sonido de la muerte”, “Romería” y “The dangers in my heart” llegan a las pantallas de cine de Rosario. Como siempre una selección de reseñas para elegir que ir a ver a las salas, porque el cine se ve en el cine.

“Cumbres borrascosas”

Cumbres borrascosas ha tenido ya decenas de transposiciones al cine y la TV. La novela gótica y victoriana sobre el amor épico, apasionado, tortuoso y finalmente destructivo entre Heathcliff y Cathy tiene casi dos siglos de existencia, pero sigue fascinando a nuevas generaciones de directores y directoras. Tras la película de 2011 rodada por Andrea Arnold, ahora es Emerald Fennell quien recupera el universo de Emily Brontë en una versión recargada en todos los sentidos, aunque solo impacta -y de a ratos- en el terreno visual.

Fennell es una directora que, como demostró con la valiosa Hermosa venganza y en la algo fallida Saltburn (también con Jacob Elordi), tiene muchas ínfulas y le gusta provocar. Aquí, con un generoso presupuesto de 80 millones de dólares, concibió en festival de suntuosos decorados, deslumbrantes vestidos, omnipresente y desaforada música de Anthony Willis mechada con canciones de Charli XCX (hay varios pasajes que resultan como largos videoclips), pero si uno podría en principio (y casi únicamente) elogiar el trabajo del fotógrafo sueco Linus Sandgren o de la diseñadora de producción Suzie Davies es porque está faltando (y fallando) lo principal: la tensión dramática, la química romántica, el desgarro emocional que la realizadora tanto machaca pero no logra imponer.

Esta Cumbres borrascosas modelo 2026 quiere ser todo a la vez, clásica y (pos) moderna, fiel y renovadora, pero no termina profundizando en ningún aspecto: es de a ratos una relectura con toques pop, pero resulta demasiado ampulosa, solemne, carente de gracia y desparpajo (por momentos incluso un poco aburrida) para conseguir una mirada más irónica, contemporánea y lúdica como, por ejemplo, los trabajos de Baz Luhrmann. Tampoco resulta demasiado inquietante, provocadora ni política a la hora de explorar aspectos de la novela como las diferencias de clase, la crueldad, el abuso físico y mental, el despecho, la culpa y la crítica a la moral victoriana.

Y así llegamos al corazón de la película (y su principal problema): Margot Robbie y Jacob Elordi. La actriz de Barbie es capaz de sostener cualquier primer plano y aquí pone el cuerpo y el alma para habitar a esa heroína trágica que es Catherine Earnshaw, pero no puede decirse lo mismo de Jacob Elordi. La “Criatura” de la reciente Frankenstein, de Guillermo del Toro, resulta poco convincente (por momentos casi risible) en el papel de ese humilde huérfano (es mucho mejor el trabajo de Owen Cooper, el chico revelación de la serie Adolescencia, en la versión infantil del personaje) que ama tan profundamente a Cathy que no puede soportar que ella se case con el más adinerado Edgar Linton (Shazad Latif) y trama una oscura y fatídica venganza.

Si el objetivo de ver Cumbres borrascosas en pantalla gigante pasa por celebrar cada plano ostentoso o cada hermoso vestido que Robbie porta como si fuera modelo de un catálogo de modas entonces la experiencia valdrá la pena, pero como ejercicio erótico y sobre todo como melodrama romántico realmente intenso, conmovedor y desgarrador el resultado está lejos de ser convincente.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En todos los cines y complejos.

 

“Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”

 

Puede que la primera película de “Silent Hill” (2006) del francés Christophe Gans no sea la gran cosa, pero en comparación con “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”, es una obra maestra. Esta nueva cinta, basada en el segundo juego de Konami, es de las experiencias más frustrantes y tediosas que haya tenido en el cine en un buen tiempo. Lo cual es doblemente decepcionante considerando que siempre he sido un fanático/defensor de Gans. “Pacto con Lobos” es un entretenido filme de género francés; la ya mencionada “Silent Hill” es atmosférica a más no poder; y hasta su “Bella y la Bestia”, con Lea Seydoux, tiene cosas interesantes.

 

Pero de “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” puedo rescatar poco, desgraciadamente. Aunque algo irregulares, los efectos visuales igual resultan en alguna imagen ocasionalmente intrigante o, por lo menos, atractiva. Y los fanáticos del juego al menos reconocerán planos, giros narrativos y, en general, elementos de la segunda entrega de la saga, la cual, no tan casualmente, recibió un remake para PlayStation 5 el año pasado (muy bueno, dicho sea de paso). Pero aquellos que poco o nada sepan de los juegos y simplemente quieran ver una película de miedo encontrarán poco de valor acá. Más tenso estuve manejando en el tráfico para llegar a la función de cine.

“Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” comienza con un prólogo algo incómodo en el que vemos a James Sunderland (Jeremy Irvine, “Caballo de Guerra” y “Baghead”) (casi) chocar con un camión y arrollar el equipaje de Mary Crane (Hannah Emily Anderson), quien está esperando un bus para irse de su pueblo natal, Silent Hill. Una vez que ambos se conocen, sin embargo, se enamoran inmediatamente y, por razones básicamente inexplicables, deciden quedarse en dicho lugar. Entendemos, eso sí, que entre aquellos eventos y el presente, James y Mary se separan, lo cual deja al primero con una inmensa culpa y mucho que discutir con su terapeuta (Nicola Alexis).

Ya en el presente, James recibe una misteriosa carta que lo motiva a regresar a Silent Hill con la esperanza de reencontrarse con Mary. Pero una vez que llega ahí, se encuentra con un lugar irreconocible: el pueblo está inundado de neblina y cenizas caen permanentemente del cielo. Pero lo más perturbador comienza cuando suena una alarma y Silent Hill se convierte en una suerte de infierno sobre la tierra, lleno de monstruos como Cabeza de Pirámide (Robert Strange) y pequeñas criaturas que parecen ser una mezcla entre los escarabajos de “La Momia” y los Facehuggers de “Alien”. Sin embargo, James no se detendrá hasta reencontrarse con su amada, incluso cuando va conociendo a otras versiones de dicha mujer.

La premisa de “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” no es mala y, de hecho, respeta bastante a lo que uno encuentra en el juego. No obstante, aquel entrelazado entre pasado y presente, que al inicio parece desarrollar algún tipo de misterio respecto a Mary y un culto religioso en el que está involucrada, eventualmente deja de resultar interesante. Todo suspenso se evapora, y lo que “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” nos deja es una experiencia francamente confusa, que algo nos quiere decir tanto a nivel simbólico como psicoterapéutico. Esto, lamentablemente, no resulta en una historia entendible o siquiera emotiva, sino más bien en una de las narrativas más ilógicas y tediosas que haya visto en un buen tiempo.

Lo cual es una pena, porque al menos a nivel estético —o quizás superficial—, Gans parece entender “Silent Hill”. Muchas de las locaciones principales lucen tal cual como las del juego y se recrean imágenes icónicas del producto original, como el famoso plano de James frente al espejo de un baño. Pero lamentablemente nada de esto resulta en una experiencia de suspenso o terror. De hecho, si lo que buscan es algo que les dé miedo, quedarán increíblemente decepcionados. “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” solo me hizo saltar una vez y el resto del tiempo me mantuvo poco interesado en los sucesos sobrenaturales que fue desarrollando. La película ni siquiera cuenta con el (ligero) gore que tan chocante resultaba en la primera cinta de Gans —el proyecto en general se siente censurado, limitado, como una interpretación del juego tipo montaña rusa o atracción de parque de diversiones.

Aunque por momentos bastante sintéticos, por lo menos los efectos visuales suelen convencer, especialmente cuando vemos al pueblo convertirse en un infierno rojo y perturbador alrededor de James. La caracterización de las criaturas también resulta impresionante —el famoso Pirámide Roja luce muy bien, y las enfermeras sin rostro nunca dejarán de incomodar. Sin embargo, “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” también luce inexcusablemente barata en otros aspectos. Las diferentes pelucas que usa Hannah Emily Anderson parecen haber sido sacadas de una tienda de disfraces y, en algunos flashbacks, Jeremy Irvine tiene puesta la barba postiza más falsa que jamás haya visto en una película. Es simplemente embarazoso.

Curioso, pues, que el mismo director de la primera película nos haya terminado por entregar una experiencia tan flácida, tan floja y tan tediosa en “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”. Este no es el Gans de “Pacto con Lobos”; ni siquiera es el Gans de “La Bella y la Bestia”. Es un director que se quedó en el tiempo y que cree que la franquicia de “Silent Hill” en general funciona gracias a lo superficial: los efectos visuales, las criaturas, los planos bonitos. Pero lamentablemente, en esta película dejó de lado cualquier aspecto narrativo o de personaje que podría resultar interesante, o al menos en una experiencia de pavor. Consideren, si no, que esta versión de James tenga la personalidad de un rollo de papel higiénico y que reaccione a situaciones horripilantes con un desinterés francamente alucinante. Ver, por ejemplo, a un mendigo derretirse frente a sus ojos resulta en la misma reacción que yo tendría al ver a una mosca pararse en mi comida.

Puede que los fanáticos del juego la pasen más o menos bien con “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”. Quizás. Quizás ellos entenderán el punto de la historia y quizás ellos entenderán el final. Un gamer casual y cinéfilo como Vuestro Servidor, sin embargo, no pudo evitar sentirse frustrado, no solo porque esperaba más de Gans, sino también porque, dejando de lado los vínculos con los videojuegos, “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” no generó nada en mí. No da miedo, no causa tensión, ni siquiera da risa. Los personajes son aburridísimos, y los buenos actores que los interpretan hacen lo que pueden con un material que no los ayuda para nada. “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” es de lo más decepcionante que haya visto en un buen tiempo —mejor la pasarán parándose en medio de una calle neblinosa en el invierno limeño.

Sebastian Zavala Kahn. Me gusta el cine.

En Cinemark.

 

“Romería”

Las películas de la catalana Carla Simón siempre han tenido una zona melancólica y dolorosa, pero nunca la visceralidad y tristeza que afloran en Romería, en la que indaga en la trágica historia de sus padres biológicos (ambos, adictos a la heroína, murieron de HIV-SIDA con apenas tres años de diferencia) y más puntualmente en la familia de su papá.

Si bien algunos fragmentos de esta historia ya se habían conocido en los largometrajes previos Verano 1993 y Alcarràs (y luego en el corto Carta a mi madre para mi hijo), Romería se concentra en dos períodos: el presente de la película encuentra a Marina (Llúcia García), una chica de 18 años que sería algo así como juvenil el álter ego de la directora, tratando de reconstruir en 2004 la historia ocultada, distorsionada o en el mejor de los casos maquillada de sus progenitores.

A partir de unas cartas de su madre que funcionan a modo de diario íntimo y de las piezas del rompecabezas que ella va armando con lo que le cuentan primos y tíos, Marina se va enterando de cómo fue la vida de sus padres en aquellos tormentosos años ’80. De a poco, el relato de Simón se retrotrae a esos tiempos con la propia Llúcia García interpretando en ese caso a Neus, la madre de Marina, y Mitch Martín también en un doble papel (Nuno, uno de los primos en 2004, y el padre de la protagonista en aquellos inicios de los ’80), aunque esos flashbacks resultan por momentos algo caricaturescos.

La acción no transcurre esta vez en Cataluña sino en Galicia, más precisamente en Vigo, donde el abuelo de la familia Piñeiro -que supo manejar astilleros- funciona como patriarca al que todos le rinden pleitesía. Marina, que ya tiene decidido estudiar cine, deberá enfrentar un manojo de secretos y mentiras, una coraza de hipocresía en una narración que quizás sea menos sutil que las de sus trabajos previos, pero en la que hace gala de una encomiable valentía para trabajar sobre cuestiones esenciales como la identidad y la memoria sin condescendencia sin juzgar a generaciones pasadas por lo que desde una mirada elemental pueden verse como errores o carencias. Un film muy íntimo, sentido, confesional y de un honestidad brutal.

Diego Batlle. Otros Cines.

En Del Centro.

 

“Caminos del crimen”

Que Michael Mann es uno de los cineastas más influyentes de los últimos 45 años (Thief se estrenó en 1981) queda ratificado una vez más en Caminos del crimen, un atrapante, entretenido y estilizado film que puede (debe) verse como un homenaje a Fuego contra fuego y Colateral, pero que también tiene citas explícitas a dos películas de 1968 con Steve McQueen como Bullitt y El affaire de Thomas Crown; y reminiscencias de Drive, de Nicolas Winding Refn.

Adaptación del texto homónimo de ese maestro del relato policial y criminal que es Don Winslow (Crime 101 es uno de los seis textos independientes englobados en la colección Rotos / Broken publicada en 2020) a cargo del propio Bart Layton, Caminos del crimen está narrada desde tres vértices: el punto de vista de Davis (Chris Hemsworth), un ladrón de joyas que concreta arriesgados robos a lo largo de la autopista 101 a la que alude el título original sin jamás generar daño físico en las víctimas o testigos; el de Sharon (Halle Berry), una corredora de seguros encargada de conseguir clientes multimillonarios a la que nunca le llega el ascenso prometido por sus jefes; y el de Lou (Mark Ruffalo), un detective íntegro pero en decadencia (afectiva, laboral, física, económica) que no logra adaptarse a las exigencias y miserias de estos tiempos.

Es cierto que Layton agrega demasiadas capas, vueltas de tuerca innecesarias que en varios casos quitan más de lo que agregan a los 140 minutos de metraje, pero incluso con sus excesos y regodeos, sus ambiciones desmedidas para lo que en esencia es un thriller con aires de policial negro, Caminos del crimen tiene indudables atractivos: desde sólidas actuaciones hasta golpes bien filmados, pasando por notables secuencias de persecuciones por las calles, avenidas y rutas que atraviesan Los Angeles.

Llena de guiños cómplices e ingeniosos (además del universo de Winslow hay elementos que van desde Raymond Chandler hasta Elmore Leonard), Caminos del crimen tiene como regalo adicional un dream team actoral que incluye a Barry Keoghan como Ormon, un despiadado e impulsivo ladrón; a Monica Barbaro (la Joan Baez de Un completo desconocido) como una posible novia de Davis, a Jennifer Jason Leigh como Angie, la pareja de larga data que abandona a Lou; y a Nick Nolte como el capomafia Money, entre muchos otros. No todos están aprovechados en la medida de sus talentos y trayectorias, pero se trata de un bonus para un neo noir que no solo cumple sino que también dignifica al género.

Diego Batlle. Otros Cines.

En todos los complejos.

 

“El sonido de la muerte”

Un grupo de estudiantes inadaptados encuentra por accidente un objeto maldito: un antiguo silbato de la muerte azteca. Al soplarlo, descubren que el terrorífico sonido que produce invoca a sus propias muertes futuras para perseguirlos. Mientras las víctimas aumentan, los amigos intentan descubrir el origen del artefacto y detener la terrible cadena de sucesos que han provocado.

En Las Tipas, Cinépolis, Monumental.

 

“The dangers in my heart”

Kyotaro Ichikawa es un estudiante de secundaria torpe y solitario, refugiado en libros oscuros y pensamientos que no puede compartir con nadie. Todo cambia cuando Anna Yamada, la chica más popular de la clase, empieza a aparecer en su mundo de las formas más inesperadas: en la biblioteca, tarareando sin razón, o acercándose demasiado a él. Su presencia rompe su rutina… y ocupa poco a poco su corazón. Sin darse cuenta, ambos comienzan a descubrir por primera vez lo que significa gustar de alguien. Entre silencios incómodos, malentendidos y emociones sinceras, la distancia entre ellos se acorta lentamente, dando paso a un romance tan torpe como adorable.

En Cinépolis.

 

“Goat: la cabra que cambió el juego”

Nunca está de más la originalidad, aunque hay quienes piensan que está sobrevalorada. Es cierto: mucho de lo que nos cuentan ya fue relatado, así que lo que suele valer es el “cómo”, eso que permite que incluso una historia sabida suene a nueva y, en el caso del cine, genere la ilusión de que ocurre ante nuestros ojos por primera vez.

Goat, la cabra que cambió el juego cabe perfectamente como ejemplo para estas peregrinas afirmaciones. Por un lado, es la historia del marginado que triunfa y hace realidad su sueño: en este caso, una pequeña cabra que logra cumplir su sueño de ganar en un deporte similar al básquet al que solo juegan animales “grandes”. Alrededor de este hilo aparecen varias subtramas: la gran estrella veterana que quiere ganar el premio que le falta y a quien le cuesta el trabajo en equipo; el grupo de deportistas de aparente bajo nivel que se motiva para ganar; algún apunte sobre el negocio detrás del deporte y varios chistes sobre animales. El lector podría pensar, dado que el elenco entero pertenece al reino de las bestias, que es una versión soft de Zootopia, y aunque hay algo de eso, el asunto no va por ahí.

Por otro lado, es un hallazgo visual. Porque lo que llama la atención y, en última instancia, le da lustre a una historia no especialmente tocada por la originalidad, es el diseño. Si bien tiene un tipo de animación (el movimiento de los personajes, el uso de la “strong pose” -una imagen estática que representa un salto narrativo o el remate de un gag-, los chiches adosados a la imagen, etcétera) que vimos en las dos películas del “Spiderverso” (no por nada el estudio es el mismo, Sony), aquí hay un juego notable con la ambientación y los fondos, algo pictórico que, al mismo tiempo, permite el efecto humorístico cuando la acción deriva en detalles del cartoon clásico, mucho más de la vereda de Looney Tunes que de Disney.

Ahí aparece entonces aquella originalidad: en el uso, el cómo de la imagen que logra mantener al espectador interesado y, en ocasiones, emocionarlo. Por eso mismo, las secuencias de acción deportiva -los partidos son casi batallas con elementos humorísticos- son lo que más brilla. Hay una modesta hazaña: sostener la tensión con un cuento archiconocido, protagonizado por animales antropomórficos.

De todos modos, sí hay un detalle que resulta un poco molesto: el doblaje. No es esta la clase de películas de las cuales debamos quejarnos porque no se proyecta en idioma original subtitulado (después de todo, es una historia especialmente para niños). Pero la insistencia en modismos mexicanos propios de las redes sociales, sobre todo en la primera media hora -e incluso cuando hay reconocibles voces argentinas en el elenco- hace que varios diálogos sean incomprensibles. Fuera de eso, Goat funciona bien, incluso cuando sufre de algunas lagunas de guion o de cambios de comportamiento apresurados.

Leonardo M. D Espósito. La Nación.

Fuente: La Nación, Otros Cines.

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