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Solo dos estrenos llegan este jueves 23 de julio

“El amor que permanece” un dramón de Islandia, y “El gran viaje” una animada de producción francesa llegan a una cartelera colmada de grandes títulos para grandes, chicos y adolescentes.

Solo dos estrenos llegan este jueves 23 de julio

“El amor que permanece” un dramón de Islandia, y “El gran viaje” una animada de producción francesa llegan a una cartelera colmada de grandes títulos para grandes, chicos y adolescentes.

Antes de la llegada de otro tanque, la semana que viene desembarca “El Hombre Araña”, llega una de animación, un largometraje franco-belga donde no hay ni animales ni humanos, sino cuatro cipselas de la planta Diente de león, conocidas coloquialmente como “panaderos”, y Tras la extraordinaria Godland, una de las revelaciones de Cannes 2022, se estrena en 10 salas de Argentina este drama familiar islandés con irrupciones de realismo mágico que tuvo su premiere mundial en la edición 2025 del festival francés, se llama “El amor que permanece”. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.

Solo dos estrenos llegan este jueves 23 de julio

“El amor que permanece”

Solo dos estrenos llegan este jueves 23 de julio

Hlynur Pálmason se hizo conocido internacionalmente con Godland, film que Islandia eligió para competir por el Oscar de la categoría Mejor Película Internacional y cosechó muchos elogios. En El amor que permanece, presentada en la sección Cannes Première 2025, pone el foco en un tema que el cine ha abordado muchísimas veces -las esquirlas que deja una relación de pareja cuando estalla- y consigue un resultado realmente singular.

La película indaga en esa sustancia afectiva que sobrevive cuando una pareja ya se ha separado, una forma de intimidad que ya no tiene un nombre concreto pero sigue circulando en un ambiente familiar donde todavía perduran las huellas de la vida compartida.

Pálmason se abstiene de organizar la historia como un drama convencional de divorcio. Anna (Saga Garðarsdóttir) es una artista visual que intenta reconstruir su trabajo y su vida. Magnús (Sverrir Gudnason), su expareja, pasa largas temporadas embarcado en un pesquero y todavía no encuentra su lugar dentro de la nueva configuración familiar. Sus tres hijos están interpretados por los propios hijos del director, y la perra Panda, una amorosa pastor irlandés, también pertenece a la familia Pálmason, un detalle que ayuda a explicar la naturalidad con la que fluye el relato.

Aunque a primera vista quizás no se note del todo, la película tiene puntos de contacto con Godland: las dos exploran en profundidad la relación entre los seres humanos, el paisaje y el paso del tiempo. Pero en lugar de la gravedad metafísica, que por momentos rozaba la solemnidad, de aquella historia protagonizada por un joven sacerdote danés, esta vez el tono es más cálido, teñido incluso de un humor desconcertante y una ternura que nunca se rinde al sentimentalismo.

Filmada en 35 milímetros en Hornafjörður, la región del sudeste de Islandia donde vive el director, El amor que permanece registra un año completo y deja que las cuatro estaciones estructuren su respiración. En la zona conviven el océano, las montañas, los campos, los lagos congelados y la cercanía imponente del Vatnajökull, el mayor glaciar del país. Ese entorno juega un papel fundamental en el relato, aunque no para ilustrar el estado emocional de los personajes. Tiene su propia actividad, su peso físico, sus variaciones lumínicas y su manera de modificar la vida cotidiana. Pálmason filma el paso de las estaciones del mismo modo en que observa el crecimiento de los hijos o el desgaste de un vínculo: como transformaciones que solo se vuelven evidentes cuando se comparan imágenes distantes en el tiempo.

A medida que transcurren las estaciones, la película también va modificando su registro. Lo que comienza como un retrato familiar de apariencia naturalista incorpora episodios que parecen surgir del sueño, la imaginación o el absurdo, desde la aparición de una mina marina hasta un gigantesco gallo. Esa apertura hacia una dimensión más simbólica nunca rompe el vínculo emocional con los personajes; al contrario, amplía el territorio de la película y la vuelve más libre.

Pero la puesta en escena profundamente sensorial de El amor que permanece no se limita a la naturaleza. Se extiende también a la observación persistente de los cuerpos y las cosas: las máquinas que trabajan, la excavadora que destruye el antiguo taller de Anna, las herramientas, los barcos pesqueros y las redes que salen del mar cargadas de peces. La cámara se detiene en superficies oxidadas, mecanismos y objetos cuyo funcionamiento parece contener un misterio, como si conservaran una memoria muda del tiempo transcurrido.

La ruptura de la pareja nunca es presentada como una explosión. La separación ya ha ocurrido cuando empieza la historia y lo que importa es la lenta reorganización posterior: cómo la compasión de Anna va dejando paso al cansancio y cómo el deseo de Magnús de recuperar su lugar termina generando situaciones incómodas. La película evita convertir a cualquiera de los dos en víctima o culpable. Comprende con la misma empatía la fragilidad de Anna y la deriva emocional de Magnús.

La imagen final, con Magnús flotando en el mar enfundado en su traje de supervivencia, pertenece ya a otra dimensión de la película, una en la que el realismo ha cedido definitivamente el paso a la sugestión y la alegoría. Es un plano que queda en estado de suspensión, igual que las emociones de sus personajes. Se trata de un cierre de una belleza extraña, coherente con una película que entiende que el tiempo no cura las heridas, apenas las transforma en otra cosa.

Alejandro Lingenti. La Nación.

En Cines del Centro.

https://www.youtube.com/watch?v=doTxAztKd3A

“El gran viaje”

Solo dos estrenos llegan este jueves 23 de julio

Título de clausura de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes el año pasado, la ópera prima de la realizadora japonesa Momoko Seto es una obra alejada de cualquier manifestación o corriente imperante en la animación mainstream contemporánea. En la producción franco-belga sin ningún tipo de diálogo, el cuarteto de protagonistas marca tal vez una primera vez absoluta en la historia del cine de ficción: ni animales ni humanos, aunque la antropomorfización mete inexorablemente la cola. Los héroes de Planètes, título original que aquí fue reemplazado por el menos poético El gran viaje, son cuatro cipselas de la planta Diente de león, conocidas por estos pagos con el término coloquial “panaderos”. Pero los cuatro innombrados aventureros de la película de Seto no salen a volar con el fin de plantarse firmemente en algún lugar cercano. El prólogo de El gran viaje ofrece el tenebroso espectáculo de lo que parece ser un cataclismo nuclear, y es con la Tierra envuelta en llamas que las semillas salen en busca de otro planeta en el cual sobrevivir.

El concepto botánico se abre entonces a lo fantástico, permitiendo que la animación, un terreno de creación visual donde virtualmente todo es posible, cree un universo similar al nuestro, aunque con características lo suficientemente diversas.

Las semillas de la planta, con vilanos fuertes y tupidos –con una única excepción: la pobre queda casi pelada luego del desastre de fuego y viento–, recorren ríos y montañas, desiertos y cumbres heladas, florestas y pantanos, llevadas por su propia habilidad motora y las brisas y ráfagas locales. Y si bien, como ocurría en el multipremiado film Flow, nadie pronuncia palabra, las plantitas producen una serie de sonidos agudos cuando el peligro arrecia y son capaces de sujetarse entre sí e incluso “abrazarse” luego de sortear algún escollo.

En el extraño planeta donde son visitantes ocurren cosas estrafalarias –un río de líquido caliente ofrece posibilidades de crecimiento, pero a un ritmo demasiado veloz; algunos peces vuelan en lugar de nadar–, pero al mismo tiempo todo resulta extrañamente familiar.

Creada para el disfrute del público más pequeño, El gran viaje es visualmente fascinante, aunque en su relato de poco más de 70 minutos se hace presente en ciertos momentos la monotonía. Es en el diseño visual y sonoro donde radican sus mayores virtudes, basados, más allá de la imaginación imperante, en la ciencia pura y dura (la secuencia de títulos de cierre incluye un listado de “personajes”: el nombre científico y el popular de cada especie de los reinos animal, vegetal y fungi que hizo su aparición en la historia).

Cruza de animación hiperrealista con instancias donde el trazo se tuerce en busca de otras formas, de lo naif a lo lisérgico, la película de Momoko Seto también incluye secuencias de fotografía time-lapse que registran el crecimiento de plantas y otras yerbas naturales, rodadas en locaciones reales y entrelazadas con la creación digital.

Fábula ecologista disfrazada de aventura sci-fi y relato de resistencia donde la unión hace la fuerza, El gran viaje es una rara avis para la cartelera comercial local a la cual resulta más que interesante aventurarse.

DIEGO BRODERSEN. Página 12.

En Cinépolis.

https://www.youtube.com/watch?v=PMtjYxAeOv8

Fuente: La Nación, Página 12, Otros Cines.

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