
La esperada peli de Demian Rugna con paso exitoso por festivales “Cuando acecha la maldad”, otro eslabón del MCU con las chicas “Marvels”, Alec Baldwin con “Atentado en el aire”, más “Como tener sexo” y “Lo que no vemos” son los cinco estrenos de este jueves. Como siempre una selección de reviews, trailers y todo para elegir que ir a ver al cine. Porque el cine se ve en el cine.
“Cuando acecha la maldad”

El colega uruguayo Diego Faraone había ubicado a “Cuando acecha la maldad” en el Top 10 del Festival de Toronto, luego varios críticos españoles que no solo respeto sino que además son fans y expertos en el fantástico y el terror la eligieron como la mejor película que vieron en Sitges (el jurado oficial compartió esa opinión). Con semejantes antecedentes me acerqué entonces a una proyección para prensa en Metrovisión, donde me tuve que sentar en la primera fila ante la enorme cantidad de jóvenes cultores del género que había.
La experiencia fue muy satisfactoria y claramente sobrevivió al hype, pero no llego a considerarla como una película extraordinaria, de esas que cambian el paradigma en el cine de género de un país como la Argentina. Está claro que Demian Rugna ya juega en primera no solo dentro del terror nacional sino incluso del internacional (no me extrañaría que en breve incursione dirigiendo alguna produccón extranjera). De hecho, Cuando acecha la maldad (When Evil Lurks es su título en inglés) se estrenó a principios de octubre con reseñas muy entusiastas en 659 salas de los Estados Unidos, fue precomprada por la compañía de streaming Shudder y, quedó dicho, ha recorrido una decena de importantes festivales.
Cuando acecha la maldad podría inscribirse en lo que a nivel general se conoce como folk horror, aunque en este caso sería algo así como terror campestre, ya que narra la historia de Pedro (Ezequiel Rodríguez) y Jimi (Demián Salomón), dos hermanos que viven en una perdida zona rural donde todo es bastante sórdido, básico, rudimentario, visceral y patético (pronto descubriremos que el pasado familiar de Pedro es penoso). En ese contexto, y luego de toparse con un cadáver mutilado, descubren que hay en una casona cercana un “embichado” (sic), un hombre obeso, infectado y desfigurado, de aspecto monstruoso, que sería víctima de algún tipo de posesión satánica (hay aquí también una zona bastante escatológica). Ante la amenaza concreta de que pueda “parir” a esa fuerza maligna, no tienen mejor idea junto a un vecino llamado Arnaldo Ruiz (Luis Ziembrowski) que cargarlo en la caja trasera de una camioneta, viajar varios cientos de kilómetros y deshacerse de él. Pero, claro, esa estará lejos de ser la solución definitiva que esperaban y se convertirá solo en el inicio de sus múltiples problemas.
Cuando acecha la maldad es como un Pacman que va devorando todos los elementos y subgéneros del terror: habrá posesiones varias (se habla también de “encarnados”), accidentes inexplicables, situaciones sobrenaturales propias de la mitología y la religiosidad rural, cabras demoníacas, perros siniestros, niños diabólicos y -claro- un festival de violencia cruel (hachazos incluidos), sangre y vísceras que hará las delicias de los seguidores del gore.
Rugna, quien incursiona sin prejuicios en terrenos de Lucio Fulci, M. Night Shyamalan y Leonardo Favio, tiene agallas y talento: hace gala de una enorme convicción para la puesta en escena, aunque por el momento peca de una acumulación excesiva y cierta tendencia a la exageración en el diseño siempre tendiente al impacto de la música y los efectos de sonido, en el tono de las actuaciones, y en la cantidad de capas y derivas con que alimenta y hace avanzar la película.
Pero al mismo tiempo es difícil no sentir admiración por una película que nunca deja de interesar ni fascinar. En un cine argentino donde el cine de terror suele ser demasiado previsible, construido con pocas y ya muy transitadas ideas, Rugna hace alarde de una inmensa imaginería dramática y visual. Su presente es notable y su futuro por el momento no tiene techo a la vista.
Diego Batlle.
En todos los complejos.
“The Marvels”

Durante los minutos previos al inicio de la proyección de prensa de The Marvels, entre algunos colegas se repetían dos ideas, una mala y otra buena: la primera, que esta nueva entrega del cada vez más grande y descontrolado Universo Cinematográfico de Marvel (MCU, según sus siglas en inglés) sería otro paso rumbo al abismo que viene recorriendo a partir de The Avengers: Endgame; la buena, que sería una penuria relativamente breve, pues la película dura “apenas” 105 minutos, créditos y sus respectivas escenas incluidos, muy por debajo del promedio de dos horas y media (o más) de este tipo de producciones.
La duración puede pensarse como el síntoma más evidente de que la película fue concebida a la manera de un capítulo extendido de alguna de las series de Marvel. Uno destinado a “conectar” algunos cabos sueltos de cara a la continuidad de un universo que, a la luz de la escena post créditos, ingresará en una etapa mucho más grande, con entrecruzamientos entre personajes de distintos cómics y el consecuente abanico de posibilidades narrativas casi infinitivas que eso conlleva.
Pero The Marvels no es el desbarranque definitivo que muchos esperaban luego de la espantosa Ant-Man and the Wasp: Quantumania. Sí, no es buena y está muy lejos de los mejores títulos de la casa de Iron Man, Thor y Black Widow, aquellos que apostaban más por la frescura y el desparpajo antes que, como ocurre en este caso, enredarse en una telaraña caótica donde conviven términos y conceptos como “banda cuántica”, “punto de salto”, “viajes en el espacio-tiempo”, “vórtices” y muchos más. Pero tampoco es el desastre que muchos pronosticaban.
La película comienza poco después de los hechos de Capitana Marvel, personaje que ahora debe pagar las consecuencias de haber vencido a la Inteligencia Suprema. Y no son pavadas, porque lo que hizo fue ni más ni menos que desestabilizar el universo. A partir de allí, sus poderes se enredan con el de una de sus seguidoras (Ms. Marvel) y una sobrina de la que estaba distanciada. Bajo las órdenes de Nick Fury (un Samuel L. Jackson forzando su slang hasta lo caricaturesco), el terceto deberá luchar para vencer a villana de turno, la misma que ha tomado el control del planeta luego del fin de la IA.
Con pasos propios de las buddy movies y la pátina feminista tan acorde con estos tiempos, The Marvels tiene un despliegue visual menos avasallante, más funcional a las necesidades de una historia que rehúye del tono grave para moverse en un terreno que sobrevuela la comedia, el drama y la acción con superficialidad. El resultado es, a excepción de una muy divertida escena sonorizada con Memory, el tema emblemático del musical Cats, una película anodina, apenas el puntapié para algo que se presume mucho más grande. Que nos sea leve.
Ezequiel Boetti.
En todos los complejos.
“Lo que no vemos”

Luego de su reciente paso por la Berlinale llega a los cines argentinos la labor de la joven realizadora Ayse Polat, nacida en Turquía, hija de inmigrantes kurdos, y radicada en Hamburgo. Esta breve biografía permite comprender la mixtura de sentidos que, desde el inicio del relato, plantea su última película, con ciertas pinceladas autobiográficas insertas en este encomiable trabajo de ficción que comienza como un falso documental y se adentra en el thriller.
De tal manera se introduce en el relato la figura de Simone, una directora de cine alemana que se encuentra en Turquía para rodar un documental sobre una anciana kurda que repite un ritual para honrar la memoria de su hijo desaparecido, secuestrado por la policía secreta turca. Pero muy pronto, el equipo de rodaje se da cuenta que existe una subtrama no explicitada que hace que estén permanentemente vigilados. Además de la directora, se encuentran su cameraman, una traductora y un abogado especialista en derechos humanos. La película, presentada en tres capítulos, observa entre el primero y el segundo una notable variación de tema, estilo y tono. Hasta aquí se asiste a una suerte de ficción documental que registra la labor del equipo de rodaje y el enfoque político social que persigue su realización, a la que el espectador asiste desde la cámara del rodaje o teléfonos móviles, que le otorgan a su mirada una interesante variación del punto de vista. Entre tanto, el abogado desaparece y la intérprete informa a Simone que el padre de una singular niña a la que cuida y da clases de inglés, llamada Melek, accede a una entrevista como miembro de la organización secreta a cambio de un salvoconducto a Alemania.
Es entonces cuando la directora ofrece en los siguientes dos capítulos una variación del punto de vista y, sobre todo, del tono de la película, que pasa de ese cine-testimonio al thriller donde Zafer, el padre de Melek (una extraordinaria labor del actor Ahmet Varli), deberá continuar su camino de lealtad pagando un precio de sangre. Entre tanto, la pequeña Melek dice tener un amigo imaginario que le transmite historias de las personas que conoce bastante coincidentes con la realidad.
El epílogo intenta transitar una variación del punto de vista a través de otras cámaras que devuelven variados ángulos para esta historia en la que subyace un trauma histórico que se encuentra presente en varias generaciones y que la directora, sagazmente, presenta con una variación del punto de vista que permite acceder tanto a la situación de las víctimas como la de sus ejecutores. Se vale de la fotografía del experimentado Patrick Orth para mostrar las diferencias visuales que enfrenta un relato que, si bien no es perfecto y se vale de un recurso inaugurado por Akira Kurosawa con Rashomon en los años 50, se sigue con interés gracias a la mirada mediada a través de cámaras, filmaciones ocultas y registros de teléfonos que también multiplican la tensión.
Pablo De Vita.
En los Cines del Centro.
“Como tener sexo”

El epílogo intenta transitar una variación del punto de vista a través de otras cámaras que devuelven variados ángulos para esta historia en la que subyace un trauma histórico que se encuentra presente en varias generaciones y que la directora, sagazmente, presenta con una variación del punto de vista que permite acceder tanto a la situación de las víctimas como la de sus ejecutores. Se vale de la fotografía del experimentado Patrick Orth para mostrar las diferencias visuales que enfrenta un relato que, si bien no es perfecto y se vale de un recurso inaugurado por Akira Kurosawa con Rashomon en los años 50, se sigue con interés gracias a la mirada mediada a través de cámaras, filmaciones ocultas y registros de teléfonos que también multiplican la tensión.
Hasta que conocen a unos agraciados vecinos del hotel, Badger (Shaun Thomas) y Paddy (Samuel Bottomley), que están en un mismo plan de reviente y excesos. Comienzan los juegos de seducción, las propuestas cada vez más directas y la inminencia de los encuentros sexuales a los que alude el título.
La película escrita y dirigida con buen pulso y no poca sensibilidad por Molly Manning Walker parece, en principio, de esas comedias de iniciación con desventuras y enredos varios tipo Spring Breakers: viviendo al límite, de Harmony Korine, pero luego se concentra en el personaje de Tara para reflexionar sobre esa compulsión a divertirse (incluso cuando las situaciones no sean precisamente graciosas), a descontrolarse cada noche (aun cuando eso genere efectos secundarios no demasiado agradables), a tener encuentros sexuales como sea (incluso cuando se sienta poco afecto y bastante descuido).
Y es entonces cuando el humor da lugar a la exploración de la angustia más íntima, de esa sensación de que en muchos casos se trata de una farsa, de una puesta en escena, de la simulación de un disfrute que en verdad no es tal: cumplir con ciertos rituales propios de finales de la adolescencia e inicio de la adultez (léase en este caso la vida universitaria) que muchas chicas querrían experimentar de una manera más natural, menos forzada, sin que sean seguir una serie de presiones, mandatos y condicionamientos sociales.
Diego Batlle.
Cines del Centro.
“Atentado en el aire”

Hay películas de acción que, cuando uno las descubre haciendo zapping en el televisor, LCD o lo que quieran, deja el control remoto y se queda mirándolas. No hablamos de “El Padrino”, “Apocalypse Now” ni “El resplandor”. Hay películas más terrenales, aunque transcurran mayormente en el aire, como Atentado en el aire, con Alec Baldwin y Jonathan Rhys Meyers. Sí, el actor de Match Point, de Woody Allen.
Obvio que el peso de la historia está sobre los hombros de los dos intérpretes masculinos.
La trama se centra, adivinaron, en el secuestro de un avión que despega del aeropuerto de Londres hacia Nueva York, por parte de terroristas.
Alguna vez los guionistas imaginarán que los secuestradores de aviones tienen un propósito distinto, porque siempre buscan lo mismo, son despiadados y, seguro, deben tener mal aliento. Pero hasta que eso suceda, seguiremos viendo películas como Atentado en el aire.
Su título original es 97 minutos, que no es el tiempo en el que transcurre la proyección -le hubieran agregado 4 minutos, y entonces sí-, sino el que falta para que el avión se quede sin combustible en su viaje sobre el Océano Atlántico Norte.
Hay dos cosas que sorprenden -tampoco imaginen que se quedarán con la boca abierta-. Una es la posición moral ante el secuestro. El director de la NSA, la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, que dirige la operación desde tierra firme, interpretado por Alec Baldwin, quiere derribar el avión. Aunque mueran cientos de inocentes. Es una cuestión numérica, para él.
A nadie se le hubiera ocurrido filmar una película sobre el acto terrorista real del 11 de septiembre imaginando que un funcionario estadounidense podría siquiera pensar en tal medida.
Así que así están las cosas entre el cielo y la tierra: Jonathan Rhys Meyers es Alex, que está en el avión e integra el grupo de los terroristas, pero no. Es que es un infiltrado de Interpol en la célula. No se entiende por qué sabiendo lo que podía suceder, no se tomaron otras previsiones, pero también es cierto que, si sucedía eso, no habría película.
Alex será el enlace, entonces, con los buenos que están en tierra, y tendrá como aliada y confidente a de Kim (MyAnna Buring), una doctora que demuestra estar preparada para lo que pasa. O lo que se venga.
Lo otro que quizá sí sorprende, para bien o para mal, es el desenlace. No venía volando mal la película, pero esos momentos finales le bajan el amperímetro a la realización de Timo Vuorensola, el director de Jeepers Crepers: El renacer, que se estrenó el año pasado y daba más pena y risa que miedo.
Pablo Scholz.
En Cinépolis, Hoyts y Showcase.
Fuente: La Nación, Otros Cines, Clarín.
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