
A esta altura, para bien o para mal, todos estamos familiarizados con el término Therian, el supuesto fenómeno social que aspira al rango de subcultura, en el cual, las personas no se consideran parte del género humano; sino que se identifican con animales (y hasta desarrollan comportamientos propios de la especie de la que se trate).
La conversación se instaló inicialmente en redes y se trasladó hacia los medios de comunicación tradicionales, pero sorprende -y de ahí que vale la pena levantar alerta- el escaso replique en el plano de la realidad; es decir, desde el ciberespacio pareciera que las calles están plagadas de humanos que no se creen humanos, pero a las supuestas juntadas de Therians fueron en promedio cinco adolescentes que terminaron siendo objeto de burla y viralización por los cientos de curiosos que se congregaron a “mirar”.
De pronto el verdadero debate debiera ser si la creación o la repentina arenga de este portento no es en realidad una pantalla impuesta e implantada para alimentar discursos de odio y rechazo a la diversidad y a las elecciones disidentes.
Un recurso de fácil acceso resulta acusar a las ideas progresistas de todas las “deformaciones” que han generado en la sociedad, desviaciones del pensamiento producto de haber permitido en algún momento las elecciones por fuera de la heteronorma.
Agustin Laje, conferencista, politólogo, escritor, director de la Fundación Faro y consultor del presidente Javier Milei en una edición especial de más de una hora en su canal de YouTube, se refirió a los Therians como una “nefasta ideología de género” y agregó “Así termina el progresismo: en la germinación de masas sin identidad, absolutamente desorientadas y fácilmente manipulables.”
En un giro copernicano, instantáneamente una rareza que recibe cobertura mediática masiva y que hace apenas dos semanas no conocíamos de su existencia se equipara -o se pretende equiparar- a las ideas progresistas poniendo en el mismo nivel de cuestionamiento y/o rechazo cualquier elección disidente que se aleje de los estándares que socialmente se consideran aceptables o que al menos conforman la mayoría.

Konstantinos Argyriou, profesor de Psicología Social en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid asegura “caben dentro de lo que se llama la cultura woke, un batiburrillo de identidades y creencias cuya base fundamental, según los discursos reaccionarios, es que han degenerado la verdad científica y las concepciones consensuadas de la sociedad.”
Adrián Juste, analista en el laboratorio de ideas Al Descubierto, una asociación dedicada al análisis, crítica y opinión sobre los discursos de odio, la intolerancia política, la desinformación y los movimientos políticos que los utilizan, explica para el diario El País de España que la viralización de esta rareza pone el foco en el riesgo de que el rechazo se torne “en contra de las personas trans, de las personas LGTBIQ+, reafirmando ese discurso de decadencia de la sociedad moderna, según el cual ir en contra de la naturaleza humana o de los designios de Dios termina por llevarnos a la decadencia.”
El debate va más allá de si nos parece bien o mal que un sujeto se auto perciba animal y atraviese un estado total de despersonalización, la conversación es y debe ser que quienes manipulan el discurso político e instalan la agenda social no nos tomen de fuerza de choque para alimentar el odio, sembrar miedo e incertidumbre y, a la postre, se recorten derechos largamente añorados y por los que tanta gente tantos años ha trabajado.
Evolucionar siempre es incluir. Excluye quien se siente amenazado por aquello que excede la capacidad de su intelecto.
Comentarios