
Tres décadas y una pandemia después llega la secuela del hit ochentoso que inició la carrera de acción de Tom Cruise. Dos con muy buenos pasos por festivales, una de ellas argentina, dos animadas y una “coming of age” también argentina. Aquí una selección de reviews para elegir que ir a ver al cine.

“Top Gun: Maverick”

Hay muchas maneras de mirar hacia atrás. En la vida puede utilizarse un espejo, dar una repentina media vuelta, o ejercitar un sutil y disimulado giro de cabeza; en realidad no importa cómo, sino para qué. En el cine pasa más o menos lo mismo. Si las historias apuntan a retomar éxitos del pasado tiene que haber una buena razón, porque la línea entre el homenaje y el reciclaje de residuos es demasiado delgada. ¿Cuántos Matrix, Halloweens y Cobras Kaimás hacen falta para que se den cuenta? Tom Cruise lo entendió y aceptó la mejor misión imposible de su carrera: repensar un ícono generacional como fue Top Gun sin caer en la autoparodia o, lo que es peor, en la autocompasión.
Para Pete “Maverick” Mitchell no ha pasado el tiempo. No solo parece haber hecho un pacto de eterna juventud sino que sigue con las mismas malas costumbres de siempre: no reconoce autoridad, es intrépido, arriesgado, usa las mismas camperas y anteojos de sol, e insiste en andar en moto sin casco.
Tres décadas después de su ingreso a los Top Gun, el destino lo coloca nuevamente en dicha unidad, pero esta vez como instructor de un grupo de jóvenes pilotos, reflejos de lo que él fue alguna vez. Estando del otro lado del mostrador –al menos durante el primer tercio de la película–, Maverick tiene que ganarse el respeto de una nueva generación con apodos de superhéroes que no sabe quién es, mientras los entrena para infiltrarse en terreno enemigo en una misión suicida inspirada sin disimulo en Star Wars.
Y ese no es su único problema. Porque uno de los mejores del flamante grupo de pilotos es Bradley ‘Rooster’ Bradshaw (Miles Teller), el hijo de su malogrado compañero Goose, que tiene con él una mezcla de rencor y asuntos pendientes. Entre su nueva tarea y el pasado que vuelve a él una y otra vez, Maverick encuentra apoyo en su amigo Tom “Iceman” Kazansky (Val Kilmer), y en Penny Benjamin (Jennifer Connelly), un amor fugaz que en la película original era mencionado al pasar. A ese punto de partida es importante sumarle dos cuestiones que hacen al proyecto cinematográfico en sí. Por un lado, la estética ochentosa de la filmación, que va desde el diseño de los títulos de crédito hasta la fotografía y puesta en escena. Y por el otro, el expreso pedido de Cruise de que no se utilicen efectos digitales en las escenas de acción, imprimiéndole a la narración una sensación de realismo, ausente del cine contemporáneo, acérrimo militante de la pantalla verde.
El viaje al pasado termina ahí, porque Top Gun: Maverick tiene peso específico y méritos suficientes para sobrevivir sin apelar al original, incluso en muchos aspectos la supera. El guion, aunque esquemático, está mejor resuelto; las escenas de acción transmiten la dosis justa de adrenalina, y hay un par de momentos emotivos en los que no conviene estar con la guardia baja. Mérito del director Joseph Kosinski, pero especialmente de Tom Cruise. Porque si para Maverick “no es el avión, es el piloto”, en el caso de esta Top Gun no es la película, es el actor.
Cruise se sabe el último exponente de un star system entregado al entretenimiento a gran escala, y desde ahí construye esta propuesta consagrada al espectáculo efectivo y sin fisuras. La trama promete y cumple con dos horas y pico de acción sin respiro a cargo de un héroe de sonrisa inalterable, sin claroscuros ni graves conflictos existenciales que condicionen sus acciones. Lo dicho, todo “muy ochentas”.
El plus para los “adultos mayores” serán las referencias al film anterior, con especial atención a la presencia del personaje encarnado por Val Kilmer, antes antagonista y hoy compañero fiel. Es sabido que el actor padeció cáncer de garganta, y el tratamiento acabó con su voz. A raíz de esto es que se dudaba de que Kilmer pudiera participar de esta secuela. El problema se resolvió otorgándole al personaje la misma enfermedad y limitación. La aparición es breve, pero el diálogo que mantienen ambos, repleto de nostalgia, es uno de los puntos más altos de la película porque trasciende la historia: son dos compañeros pilotos (o actores, es lo mismo), colegas, rivales, que se encuentran una última vez.
Top Gun se estrenó en 1986 y, hay que decirlo, estaba muy lejos de ser una obra maestra. Y aunque en su momento fue el éxito de boletería, y lanzó a la gloria a su protagonista, la luz de su estrella fue menguando con el paso del tiempo, siendo recordada con cariño por los cuarentones que la vieron de chicos, e ignorada por los que vinieron después.
A la vista de esta secuela tardía, aquella se transforma en un ensayo de lo que debió ser. Se necesitaron 36 años y un Tom Cruise de vuelta de todo, ya no para darle un cierre a la historia, sino para reescribirla con mano maestra y coronar, ahora sí, una película que perdure en el tiempo. Se puede ver en todos los complejos.
“Mi mejor amigo”

El dicho Es verdad, aunque usted no lo crea podría ajustarse perfectamente a Mi mejor amigo, la película del realizador Ferit Karahan premiada en el Festival de Berlín con el galardón de FIPRESCI.
Es que el filme se basa en experiencias personales del director en un internado de niños kurdos, en Turquía. La ficción se centra en Yusuf (Samet Yildiz), un niño que se convierte en algo así como el ángel de la guarda o, más terrenalmente hablando, el guardián de un compañero del internado, que una mañana se levanta prácticamente inconsciente. El niño, Memo (Nurullah Alaca), no tiene fiebre, pero no puede moverse. Así es como lo llevan a lo que podríamos definir como la enfermería, donde no hay otra cosa que no sea aspirinas. El frío y la nieve tampoco ayudan, las cañerías de calefacción están rotas, el lugar está necesitando servicios de reparaciones desde hace tiempo, pero lo más grave es la situación del pequeño. La película, a partir de ese momento de incertidumbre, cuando el niño no reacciona, comienza a desandar un camino de investigación, que es lo que realizan los profesores para saber realmente qué ha ocurrido. Al comienzo vimos, en una forma de autoritarismo atroz, cómo ciertos chicos terminan de bañarse con agua fría -se duchan una vez a la semana-, estando en pleno invierno. Pero no es solo el profesor que los maltrata el que arrastra alguna culpa en el establecimiento. Hay menciones de corrupción, como el director, por hacer alguna vista gorda o porque aproveche que alguien con automóvil le traiga algo del pueblo. Pero la ruta está intransitable si no se tiene cadenas para poner en las ruedas, y a Memo hay que trasladarlo de manera urgente a algún hospital, desde ese lugar aislado, en medio de las montañas.
El director utiliza la cámara en mano para acompañar a Yusuf, y generar aún más tensión a la que ocasiona que Memo no responda, y la ambulancia que piden tampoco llega. La película entonces gira en torno a varios ejes, no solo el autoritarismo, y la crueldad, también la humillación, la opresión en la educación y la corrupción. Y si no está claro en qué época transcurre lo que se cuenta, es hasta una decisión desde la dirección: pudo suceder hace 30 años, o ser completamente contemporánea. Si bien hay personajes adultos estereotipados, el “mensaje” es claro, la realización es potente y todo se constituye en un alegato que lleva a pensar sobre la condición humana y los abusos. Lo que sí, busquen con lupa las salas y los horarios en los que se exhibe, porque son pocas y pocos. Cines Del Centro.
“El pequeño Ninja”

Alex se encuentra atravesando, con extrema dificultad, los pormenores de la preadolescencia. El joven no tiene un gran vínculo con su hermanastro, su novia lo rechaza por no considerarlo lo suficientemente temerario y su único amigo es un ninja de peluche. “Soy tan solo un niño”, se lamenta con tristeza cuando se siente compelido a emprender una peligrosa misión para hacer del mundo un lugar un poco menos cruel.
El largometraje de la dupla Anders Matthesen-Thorbjørn Christoffersen se presenta, inicialmente, como una buddy movie, con Alex y ese ninja viajando a Tailandia para encontrar al villano de la historia, Phillip Eppermint, un fabricante de juguetes que salió de la cárcel a pesar de haber cometido actos inhumanos contra sus empleados.
En ese sentido, el film es mucho más oscuro de lo que deja entrever en un comienzo, y se va tornando cada vez más áspero cuando Alex y su peculiar amigo buscan salvar a una niña del castigo de ese hombre inescrupuloso. El pequeño ninja sale airosa al momento de tomar riesgos narrativos dentro de esa historia de denuncia contra las grandes corporaciones, sobre todo cuando la entrañable amistad sobre la que se erige se deja en un segundo plano en pos de tamizar las viñetas cómicas para concebir un relato de aventuras con toques de thriller, cruza de géneros que funciona sorprendentemente bien, pero que quizá no conecte con los más pequeños.
Cerca del final, sus directores también dejan en evidencia su interés por las narrativas coming of age [de camino a la adultez] cuando Alex, ese ingenuo protagonista, se ve obligado a crecer de golpe para demostrarse a sí mismo lo mucho que vale, ignorando así un microcosmos que lo agrede y subestima. En Cinépolis y Del Centro.
“Bob’s Burgers: la película”

La reina de las comedias con familias animadas de los últimos treinta años es sin duda Los Simpson, pero su condición de extrema popularidad la limita a la hora de realizar humor adulto. Sí, las comedias de animación para adultos son un género gigantesco y hay muchas producciones de gran éxito. Bob’s Burgers es una de esas series. Una familia animada, capítulos de menos de media hora y muchas temporadas muestran una respuesta positiva del público. Ahora Los Simpson y Bob’s Burgers tienen una nueva cosa en común: ambas han llegado al cine. Pero son dos series muy diferentes con búsquedas distintas.
La serie fue creada para la cadena Fox, que se especializa en comedias familiares animadas. Cuando El rey de la colina fue cancelada, había espacio para algo nuevo. Bob’s Burgers fue la respuesta a ese pedido. La trama tiene como centro el restaurante de hamburguesas de Bob Belcher, cuyo sueño era tener una casa de comidas y ahora toda su familia debe vivir su proyecto que sale adelante a duras penas. Lo acompañan su esposa Linda y sus hijos Tina, Louise y Gene. La hamburguesería está todo el tiempo al borde de la quiebra y vive una permanente batalla con el restaurante de comida italiana ubicado en la vereda de enfrente, con su dueño Jimmy Pesto. Ambos dueños se odian pero sus familias se llevan bien.
Aunque hay todo tipo de episodios, el local de hamburguesas está en la mayoría de los episodios como centro de todos los conflictos y situaciones. Es, a su modo, una sitcom de manual. Los personajes de las niñas, Tina y Louise, son un homenaje a la actriz Tina Louise, una de las estrellas de La isla de Gilligan. Los tres hijos de Bob y Linda son fundamentales para el éxito de la serie. Tina es una adolescente retraída desesperada por su pulsión sexual, Gene es un joven impulsivo que sueña con ser músico y Louise es una pequeña brillante de nueve años con un humor despiadado y un gusto particular por hacer negocios.
La diferencia es que Bob’s Burgers tiene el humor polémico y provocador que otras series no tienen. Las comedias animadas se atreven a ir más allá que las comedias con actores y dentro de las animadas es Bob’s Burgers es una de las más atrevidas. El episodio inicial arranca, para dar un ejemplo, con chistes sobre pedófilos y también sobre canibalismo. De ahí en más todo puede pasar y de hecho pasa. La osadía incluye no tanto los temas políticos como sí los personales, vinculados con la sexualidad, el matrimonio, la familia y muchos tópicos que son tabú y que no suelen ni ser tocados en las series de televisión. La respuesta del público fue positiva y al final de la temporada 12 se estrena ahora un largometraje de cine. Un resumen perfecto de todos los chistes de la serie.
La película en pantalla grande es un verdadero show para los espectadores que ven con la mejor técnica posible a sus personajes favoritos. En la película la premisa recurrente de la quiebra está en el punto de partida. Tienen una semana para pagarle al banco para no perder el negocio. Con su voluntarismo habitual, Bob y Linda se proponen esforzarse más que nunca para conseguir el dinero, pero lo primero que ocurre es que un cráter descomunal se abre delante de la hamburguesería, lo que hace imposible la entrada de clientes. A partir de allí todo es una cadena de eventos y personajes insólitos que llevarán a que la aventura sea más grande que de costumbre. Los personajes son los ya conocidos, los conflictos se parecen a todo lo visto y una trama principal un poco más fuerte arma la estructura del largometraje. Quienes vean Bob´s Burgers: la película en idioma original tendrán el placer de escuchar no solo al legendario H. Jon Benjamin haciendo como siempre la voz de Bob, también están la argentina Stephanie Beatriz, Gary Cole, Zach Galifianakis y Kevin Kline. Su trabajo de voces es particularmente destacable y el timing de los chistes es tan brillante como siempre. Es posible que la película no sea tan efectiva como la serie porque la concentración del espectador frente a la pantalla grande lo vuelve más exigente y la animación de esta sitcom es bastante sencilla también. No es una película para los que no son fans, son demasiado los chistes que refieren a la serie y eso vuelve incomprensible el humor para quienes no hayan visto al menos unos capítulos previos al largometraje. Pero para los ya iniciados que aman la serie, la cantidad de chistes y los niveles que se manejan en cada minuto de la película son una fiesta imperdible. Se ve en Cinépolis.
“La Dosis”

Dramas médicos y thrillers hospitalarios hay a montones, pero la ópera prima del realizador argentino Martín Kraut logra alejarse de los caminos más transitados en ese tipo de relatos cinematográficos. La dosis debutó el pasado mes de enero en el Festival de Rotterdam, justo antes de que la pandemia comenzara a reemplazar la oscuridad de las salas de cine por la virtualidad más excluyente, y dentro de algunas semanas podrá verse en nuestro país en la plataforma CineAr Play. En pantalla, Carlos Portaluppi es Marcos, un enfermero con más de veinte años de experiencia –y varios secretos enterrados en la profundidad de las largas noches de vigilia– que ve como su ordenada, confortablemente monótona existencia comienza a tambalear ante la llegada de Gabriel (Ignacio Rogers), el nuevo y joven integrante de la guardia. Todos los días, Marcos viaja del trabajo al hogar –un departamento venido a menos, ahora más vacío e inhóspito que nunca– y de allí de nuevo a la clínica; un hombre consciente de sus deberes y aplicado en la rutina de medicamentos, chatas, pulsos cardíacos y palabras reconfortantes para los enfermos. Cada tanto, incluso, la piedad ante un caso perdido lo empuja a facilitar la salida de este mundo, una pequeña ayuda para poder “volar”, según la jerga del lugar. “La idea surgió a partir de un caso ocurrido en Uruguay en 2012”, afirma Martín Kraut en comunicación con Radar. “Dos enfermeros confesaron haberles quitado la vida a varios pacientes con distintos métodos. Su particular vínculo denotaba cierta competencia entre ellos. Uno de los dos, según los testigos, era amable y piadoso. El otro generaba temor y sus homicidios parecían transgredir incluso los conceptos de eutanasia. Sin embargo el caso quedó irresuelto y eso me permitió ir desarrollando mi propia versión de una historia de enfermeros que, por distintas razones, terminan con la vida de sus pacientes”. La primera escena de La dosis es un ejemplo preciso de suspenso cinematográfico a pequeña escala. Una paciente entra en paro cardíaco y los doctores siguen el procedimiento usual de resucitación: masaje, shock eléctrico, masaje, shock, etcétera. El óbito se confirma luego de varios intentos, pero Marcos insiste fuera del protocolo. “Felicitaciones, va a vivir una semana más”, le escupen con sorna, a sabiendas de que esa camilla debería haber quedado vacante para otra persona. Un par de días más tarde, ante el sufrimiento evitable y una muerte ídem, quien supo devolver la vida da marcha atrás de manera drástica. Tal vez por eso Marcos no logra dormir de corrido, amén de esa obra en construcción que no deja de sacudir los cimientos de la casa y de su cada vez más resquebrajada mente.
Martín Kraut comenzó a escribir el guion con aportes de los realizadores Jorge Gaggero y Rodrigo Moreno; fueron varias versiones y reversiones, muchos talleres y asesorías, mientras continuaba investigando casos reales de enfermeros y enfermeras con tendencias similares. “Por ejemplo, Niels Högel, quien mató a más de setenta pacientes por ‘aburrimiento’ en Alemania. O la japonesa Hayumi Kuboki, que mataba con un sistema de retardo para evitar confrontar con los familiares de las víctimas”, detalla, antes de definir algunos de los temas que más le interesaban a la hora de pensar la historia. “Desde un comienzo sentí que el vínculo entre los protagonistas era la clave. De a poco, el caso policial se fue transformando en una excusa para contar las temáticas que me interesaban: lo nuevo y lo viejo, las relaciones intralaborales, la presión que a veces ejerce un sistema sobre sus eslabones más vulnerables”. En La dosis, el realismo que atraviesa cada una de las escenas comienza a enrarecerse, y los resortes evidentes y ocultos del género cinematográfico meten la cola, al tiempo que la paranoia, el miedo y el eterno retorno del doble comienzan a funcionar como motores narrativos. La presencia de una enfermera, interpretada por Lorena Vega, vieja amiga de Marcos durante las guardias diurnas y nocturnas, aporta el tercer vértice de un triángulo de aristas cada vez más filosas. “Me parece que en esta película el género funciona como un anzuelo, una manera de atrapar al espectador en una trama que, sostenida sobre el thriller psicológico, abre la puerta a la mente de los protagonistas y trata de indagar sus dilemas, contradicciones y ambiciones. A medida que fui adueñándome de la historia fueron apareciendo cuestiones de género y también fue profundizándose el carácter de cada personaje. La importancia de contar con alguien que tercie entre ellos también salió del caso original, pero todo fue tomando otro color, otras motivaciones. La idea del doble estaba planteada desde el comienzo. Por un lado, la dualidad interna de Marcos, que transita una lucha con su propia ambigüedad: la vida o la muerte, la rutina o la soledad. Por otro lado, la dualidad que lo contrapone a Gabriel, quien simboliza lo nuevo, el cambio y algo más: la vivacidad y la energía que Marcos siente que ha perdido. Sin embargo, ese joven candor quema más de lo que parece”.
El muy buen trabajo de fotografía de Gustavo Biazzi es inseparable de la creación del particular clima del film, marcado por los tonos y contrastes del hospital como concepto visual. “Soy fotógrafo y todo el tiempo indago sobre la imagen. La luz tenue, la oscuridad y los colores del mundo hospitalario eran cruciales para transmitir ese clima, mientras que la cámara debía cumplir una función preponderante dentro de la puesta en escena. El compromiso de Gustavo con la película nos llevó a tener charlas sobre el guion y la dirección. El mundo de tonos verdosos y azules que armaron Juan Giribaldi y Coqui Curi Antún en el arte y Roberta Pesci en el vestuario tienen algo de esa realidad ensoñada que sentí que debía tener la película: el mundo que recorre Marcos es una especie de desprendimiento de su propio cerebro, sus miedos, sus pensamientos. Mi idea fue construir La dosis codo a codo con el equipo y me pone muy feliz saber que así se fue dando. En todo esto apareció el trabajo de algunos directores coreanos como Park Chan-wook y Kim Ji-woon. También tuve presente los climas de Tsai Ming-Liang y la tensión de Yorgos Lanthimos. Y como no nombrar, aunque más no sea como un deseo, las influencias de Hitchcock, Polanski y el cine cerebral de Kubrick”. Mientras tanto, en la ficción, la Unidad de Cuidados Intensivos está que arde y el sospechoso exceso de muertes durante las últimas semanas convoca a un par de investigadores internos, uno de ellos interpretado por el experimentado Arturo Bonín. Al mismo tiempo, los encontronazos entre los dos enfermeros dejan de ser verbales para dejarle cada vez más espacio a la sangre, la simbólica y la literal, un vínculo estrecho que pasa sin solución de continuidad de la atracción más irrefrenable al rechazo visceral.
El protagónico de Portaluppi parecería ir en contra del tipo de rol usualmente asociado a su imagen, su “persona” cinematográfica. “Entre los casos que investigué, encontré enfermeros grandes, corpulentos”, afirma Kraut. “Hay algo de ese poder físico, que lleva de la mano también cierta torpeza, que me interesaba para el protagonista: fuerte en apariencia pero no tanto en su fuero interno. Un gigante que tambalea. Además de ser un excelente actor, Carlos tiene siempre un halo de ternura, incluso en sus personajes más oscuros. Sentí que había algo de eso que, además de su destreza actoral, iba a funcionar muy bien para el personaje. Su protagónico en Hijos nuestros y su participación en Una novia errante mostraban algo de lo que yo buscaba”. El director recuerda que, al conversar por primera vez con el actor, este le relató una situación hospitalaria que había sufrido con un familiar, lo cual lo llevó a pasar muchos meses acompañándolo en un hospital de Buenos Aires, casi como un enfermero. “De alguna manera creo que abordó la película como una forma de transitar de otra manera ese pasado. En ciertas escenas incorporó acciones, como los masajes o untar las cremas, que evocaban las que había realizado con aquel familiar. Durante el rodaje el trabajo con él fue realmente fluido. Es de esos intérpretes a los que uno les cree todo, tiene la maravillosa aptitud de poder reflejar los cambios de intención que uno pide entre tomas haciendo una sutil inflexión de su voz, cambiando apenas su postura o moviendo levemente una ceja”.
Más allá de que la historia transcurre en un único edificio, con una parada importante en otra institución hospitalaria, La dosis fue filmada en diversas locaciones que incluyeron una clínica privada de Devoto, el hospital de General Pacheco, una fachada en la localidad de Quilmes y el Hospital Israelita, este último quebrado en 2003 y recuperado por sus trabajadores. Martín Kraut confiesa que “durante la preproducción sabíamos que el mayor desafío desde el punto de vista logístico era la locación. No es viable ni ético cerrar una verdadera terapia intensiva para filmar una película. Teníamos que encontrar una que no estuviera funcionando o crear una nueva desde cero, lo que significaba un costo enorme para una ópera prima de limitado presupuesto. Yo buscaba un espacio integrado, donde las camas cohabitaran y que además no pareciera muy moderno. El Israelita es utilizado desde hace tiempo como locación para rodajes, pero la terapia intensiva donde filmamos había estado tapiada e inaccesible durante unos quince años. Cuando la abrieron para nosotros fue como descubrir una tumba egipcia: no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar pero, por suerte, era exactamente lo que necesitábamos. Sabíamos que teníamos el lugar indicado pero llevó un trabajo de casi ocho semanas convertirla en lo que finalmente se ve. Trabajar en una mole en parte abandonada y en escombros, durante un enero en Buenos Aires, tuvo sin dudas algo de irreal”. En el Cine Arteón.
“Camila saldrá esta noche”

Un grupo de adolescentes escapa de lo que parece una represión policial durante una marcha. Mientras corren y se ayudan entre sí, sin dejar de reír, los estruendos de fondo comienzan a sonar cada vez más lejanos. La inconfundible arquitectura del Museo de La Plata los recibe con sus altas escalinatas y, luego de un paseo por el sector de animales embalsamados, la historia de la joven de la etnia aché Damiana Kryygi –narrada en detalle en el documental de Alejandro Fernández Mouján que lleva su nombre– llama la atención de Camila. Ella todavía no lo sabe, pero la protagonista del cuarto largometraje de la cordobesa Inés Barrionuevo está a punto de dejar la ciudad de las diagonales para instalarse en Buenos Aires. La razón central está ligada a la enfermedad terminal de su abuela, pero tal vez haya otros justificativos, de índole económico. A pesar de ello, la mudanza es a un barrio bastante acomodado de la capital, y la institución elegida para seguir los estudios no parece de las más económicas. Lo cierto es que la muchacha, que cursa el último año de la secundaria, se ve de pronto transportada a un universo desconocido: un colegio privado religioso en el cual la despierta Camila, atenta a las luchas por los derechos individuales y colectivos y orgullosa portadora de un pañuelo verde, comienza a moverse como pez fuera del agua. Aunque… las cosas no siempre son como parecen. La directora de Atlántida, Julia y el zorro y Las motitos, esta última codirigida junto a Gabriela Vidal, continúa buceando en la vida de los jóvenes en un film de factura más ambiciosa, pero no por ello más efectiva o profunda. Eso sí: en la casi debutante Nina Dziembrowski –cuyo pequeño papel en Emilia, de César Sodero, merece volver a destacarse–, Barrionuevo encuentra el rostro ideal para plasmar esa etapa de la vida en la cual todo o casi todo se reviste de vehemencia. Camila hace “algunes amigues” dentro del grupo menos popular de alumnos y conoce a un chico con el cual comienza una relación sin etiquetas a la vista, antes de fluir y dejarse llevar por la atracción hacia una compañera de curso. En casa, mientras tanto, la relación con mamá no deja de ser compleja y tirante, con cierta incomprensión generacional y emocional que corre en ambas direcciones. Camila sale los fines de semana, va a recitales, baila, encuentra y se acerca a otros cuerpos, registrados por la cámara con una distancia justa entre la simple observación y el aguafuerte estilizado. A diferencia de Atlántida y, en particular, Las motitos, en las cuales el registro de los diálogos resultaba absolutamente natural, hay algo en la escritura de las líneas y en la dirección actoral que, por momentos, se siente un tanto afectado. Es una señal del carácter enfático que Camila saldrá esta noche, que formó parte de la competencia oficial del último Festival de San Sebastián, termina adquiriendo durante el último tercio de metraje. A partir de cierto momento, cuando un hecho del pasado abre las puertas del chantaje y la traición, el pequeño relato de Camila y su entorno (una aldea que, como cualquier otra, es capaz de ofrecer una pintura del mundo) es absorbido casi por completo por la intencionalidad programática del guion. La película deja de proponerse como una historia mínima pero relevante y se encarama en la vidriera del tratado generacional. Al mismo tiempo, y por esa misma razón, deja de lado cualquier complejidad en la construcción de los personajes y su lugar en el mundo ideológico, dividiendo las aguas en los unos y los otros. Casi, casi entre buenos y malos. Es en ese momento cuando la reflexión ingenua de la hermanita de Camila –“Cristobal Colón era racista, Jesús no”– corre el peligro de dejar de ser la simple descripción de un personaje para presentarse como tesis revisionista. En el Showcase.
Fuente: La Nación, Clarín, Pablo Scholz, Milagros Amondaray, Infobae, Diego Brodersen, Página 12.
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