
Hay algo en Tomás Aranda que no entra en ningún manual táctico. Algo que no se puede planificar, ni enseñar, ni corregir. Algo que, en un fútbol cada vez más estructurado, aparece como un acto casi de resistencia: la inocencia de ir para adelante.
El pibe de Ciudadela, formado en el barrio y moldeado en Boca, debutó en Primera con apenas 18 años y en pocos partidos ya dejó una marca. No solo por su rendimiento —figura en la victoria ante Talleres de este jueves por la noche— sino por cómo juega. Por lo que transmite.
Porque Aranda no juega para no equivocarse y con miedo al error. Juega para intentar.
La rebeldía de jugar como en el barrio
En un fútbol donde muchos jugadores “grandes” y “experimentados” buscan asegurar, donde el pase hacia atrás parece más seguro que el riesgo, aparece un chico que hace lo mismo que hacía con sus amigos: agarra la pelota y encara.
Aranda tiene barrio. Y eso no es una etiqueta fácil en el mundo del fútbol: es una forma de entender el juego. No te gana. Te caga a baile.
Te dice, sin palabras: voy a agarrar la pelota, te voy a encarar y te voy a pasar. Y lo hace. Con naturalidad, con desparpajo. Con esa mezcla de inocencia y rebeldía que define a los jugadores distintos.
La rebeldía, entendida como resistencia a lo establecido, aparece en su juego. En cada gambeta. En cada decisión de ir hacia adelante cuando todo invita a frenar.
El fútbol como engaño
El fútbol, en gran medida, es engañar. Hacerle creer al rival algo que no va a pasar. Y ahí Aranda se vuelve peligroso.
Sale para un lado y va para el otro. Amaga, engancha, arranca. Quiebre de cintura, cambio de ritmo, engaño constante. El defensor no sabe qué hacer, porque Aranda no responde a patrones previsibles, responde a lo que siente en el momento, a su espontaneidad.
Juega con la pelota pegada al pie, pero sobre todo juega con la cabeza del rival. Lo desarma.
Un jugador que exige a sus propios compañeros
Pero lo más interesante no es solo lo que hace con la pelota, sino lo que espera de los demás. Aranda exige. Cuando da un pase en zona peligrosa, no lo hace para sacarse la pelota de encima. Lo da con una idea: “te la doy, pero devolvémela, entendé el espacio que voy a atacar”.
Y ahí aparece otro punto clave: no todos hablan su idioma.
Porque el fútbol no se trata solo de lo individual. El juego está en la relación con el otro. Y Aranda necesita compañeros que entiendan esa lógica, que lean los mismos espacios. Uno de los que sí lo hace es Leandro Paredes, que mejoró notablemente su nivel desde la irrupción de este chico. No hace falta explicarlo demasiado: comparten una forma de ver el fútbol.

Se reconocen con un solo contacto visual dentro del campo de juego. Es innato, no se entrena. Cuando hay jugadores que quieren la pelota entre líneas, todo fluye distinto.
Durante años se intentó ordenar el fútbol desde la táctica, los sistemas, los movimientos. Pero la realidad es más simple y más compleja al mismo tiempo: la táctica emerge del futbolista.
Los jugadores no son posiciones. Son carácter, sensibilidad, decisiones. Y Aranda trae todo eso consigo. Es un talento que obliga al entrenador a mirar distinto. A entender con quién juega, cómo se relaciona, qué necesita.
Porque los buenos, a la larga, se imponen solos. Se meten en el equipo. Se vuelven inevitables. El desafío no es descubrirlos. Es rodearlos bien.
El deseo de que la pelota pase siempre por él
Con Aranda pasa algo poco común: dan ganas de que le den todas las pelotas. Y entonces se vuelve inevitable: lo empezás a buscar incluso cuando no la tiene. Querés que el juego pase por ahí, que la jugada lo encuentre, que tenga otra vez la chance de hacer eso que todavía no sabés qué es, pero querés ver.
Y eso, en el fútbol actual, es oro. Aranda emociona.
Porque recuerda algo esencial: que el fútbol también es jugar por jugar. Que antes de los sistemas, los análisis y las estructuras, está ese chico que agarra la pelota y encara. Así se juega, con inocencia, con rebeldía.
Y en ese gesto, simple pero cada vez más escaso, hay una verdad incómoda para el fútbol moderno: quienes intentan estructurar el juego desde el banco de suplentes y ser dominadores totales de sus equipos, no tienen nada que hacer en este deporte, porque hay cosas que no se enseñan. Y Aranda las trae de fábrica.
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