
El 23 de febrero de 1958, en La Habana, el quíntuple campeón mundial Juan Manuel Fangio fue secuestrado por el Movimiento 26 de Julio, la guerrilla que enfrentaba a la dictadura de Fulgencio Batista. Ocurrió en el Hotel Lincoln, en vísperas del Gran Premio de Cuba, evento al que el piloto argentino había sido invitado por el régimen. El objetivo fue político y propagandístico: impedir la foto de Batista junto al ídolo mundial y exponer la vulnerabilidad del gobierno.
El operativo fue ejecutado por jóvenes guerrilleros que respondían a Fidel Castro. La orden era clara: no tocarle un pelo, retenerlo apenas unas horas y liberarlo. Fangio no corrió. La competencia se disputó igual y terminó en tragedia, con muertos y decenas de heridos. Años más tarde, el propio campeón reflexionaría: “A lo mejor ustedes me hicieron un favor al impedirme correr esa carrera”.
Cuba antes del secuestro: dictadura, guerrilla y propaganda
En los años 50, Cuba era prácticamente un satélite de Estados Unidos: empresas norteamericanas controlaban buena parte de la producción azucarera, petrolera, eléctrica y telefónica, mientras la Mafia manejaba casinos, burdeles y hoteles. La desigualdad era profunda: cuatro mil personas concentraban más de la mitad del territorio cultivable.
Batista había llegado al poder mediante un golpe de Estado en 1952. En paralelo, Castro y sus hombres —entre ellos el argentino Ernesto Che Guevara— organizaban la resistencia armada desde la Sierra Maestra. El intento fallido de tomar el cuartel Moncada en 1953, la cárcel, el exilio en México y el desembarco del yate Granma en 1956 fueron hitos de una revolución en marcha.
En 1958, el secuestro de Fangio sería el golpe publicitario internacional que necesitaban.
La captura: “Disculpe, Juan, me va a tener que acompañar”
Cerca de las nueve de la noche, Fangio conversaba con sus mecánicos en el lobby del Hotel Lincoln cuando un joven con campera de cuero y una pistola en la mano se le acercó y le dijo: “Disculpe, Juan, me va a tener que acompañar”. Era Manuel Uziel, miembro del movimiento guerrillero.
El piloto, sereno, respondió prácticamente con un “vamos”. Afuera lo esperaba un Plymouth negro modelo 1947, con un chofer —Arnold Rodríguez Camps— y otro joven armado con una ametralladora. Según recordó Fangio: “Señor Fangio, nos resulta penoso causarle este disgusto, pero quédese tranquilo que no le haremos ningún daño”. Nunca le vendaron los ojos.
La Maserati peligrosa y el accidente fatal
El día anterior, Fangio había marcado el mejor tiempo de clasificación con su Maserati 450S, propiedad del empresario estadounidense Temple Buell. Sin embargo, el auto tenía una peligrosa diferencia de cinco centímetros en la trocha. “En las pruebas me di cuenta de que el auto era ingobernable”, contaría luego.
Mientras él permanecía retenido en una casa primero y luego en El Vedado, la carrera se disputó. En la sexta vuelta, el cubano Armando García Cifuentes perdió el control de su Ferrari Testa Rossa y embistió a los espectadores: murieron seis personas y unas treinta resultaron heridas. El ganador fue Stirling Moss.
Fangio, al ver el desastre por televisión, les dijo a sus captores: “No puedo menos que agradecerles”.

El cautiverio: autógrafos, papas fritas y diálogo político
Lejos de un encierro brutal, el secuestro fue casi doméstico. Fangio firmó autógrafos, conversó con los jóvenes revolucionarios y cenó papas fritas con huevo en un patio. Años después recordaría: “Cien veces me pidieron disculpas. Me parecieron macanudos. Su trato fue familiar y sus intenciones cordiales”.
Uno de los jefes del operativo, Faustino Pérez, le confesó que ya habían intentado capturarlo el año anterior, pero esa noche había ido al cine a ver una película de Gary Cooper.
La liberación: “Es mejor dejarme en la Embajada Argentina”
Con la isla militarizada y rutas cerradas, los guerrilleros temían que el ejército lo encontrara y lo asesinara para culparlos. Fangio propuso la salida: “Les sugerí que era mejor dejarme en la Embajada Argentina”. Allí fue trasladado la noche del lunes.
El episodio había cumplido su cometido: el Movimiento 26 de Julio estaba en las portadas del mundo.
El reencuentro con Castro y la placa en el Hotel Lincoln
Batista huyó el 31 de diciembre de 1958. La revolución triunfó al día siguiente. Décadas más tarde, en 1981, Fangio regresó a Cuba como presidente honorario de Mercedes Benz. Castro suspendió audiencias para abrazarlo y pedirle disculpas. Fue declarado huésped de honor y almorzó en la misma casa donde había estado retenido.
Fangio se retiró del automovilismo el 6 de julio de 1958. Murió el 17 de julio de 1995, a los 84 años. Entre las coronas que acompañaron su velatorio hubo dos inscripciones elocuentes: “Fidel Castro” y “Movimiento 26 de Julio”.
La noche en que lo apuntaron con un arma en La Habana no fue sólo una anécdota deportiva. Fue un capítulo central de la historia política latinoamericana. Y el propio protagonista, con la serenidad que lo caracterizaba, lo resumió mejor que nadie: “Si mi captura puede servir para un buen propósito, como argentino estoy satisfecho”.
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