
Hace dos meses esperábamos el fin del ciclo de lectivo con “la lengua afuera”, deseando librarnos de la dictadura de los horarios y el cumplimiento a rajatabla de rutinas. Pero 60 días más tarde, el descanso de los más chicos no siempre tiene como correlato el de los padres.
La ausencia de rutinas ordenadoras que por momentos parecen opresivas, dejan al desnudo que cuando la obligación desaparece deberá ocupar su lugar la creatividad (y las ganas). Todo en medio de una vida laboral que no sabe de estaciones.
El receso estival puede ser la oportunidad de recuperar espacio de ocio con nuestros hijos o, por el contrario, un bloque de tiempo caluroso, lento -y por momentos- interminable.
La opción de las colonias de vacaciones siempre es un salvavidas al que echar mano; los chicos al aire libre, con pares, pileta, profes colmados de energía y sin pantallas. El lado B, es el mandato que a veces rumia en voz baja y dice que si van a la colonia, son pobres criaturas de la que sus padres (especialmente las madres) se han desentendido.
No obstante cuál sea la situación particular de cada uno, en las puertas del reinicio de un nuevo período escolar es probable que surja la pregunta odiosa: ¿aprovechaste el tiempo de tus hijos para invertirlo en encuentros de calidad?
Pero propongo invertir la pregunta ¿aprovechaste el descanso de tus hijos para ocuparte de vos? El impass del cronograma anual es también (o debería serlo) una oportunidad de distracción para los padres, una chance para retomar actividades propias, tiempo de exclusividad y desapego.
Social y culturalmente estamos atravesando un momento en el que pareciera que dedicarse exclusiva y excluyentemente a las actividades de nuestros hijos es (y debe ser) prioridad. El foco se corrió del objetivo de conquistar estabilidad emocional y física, y se centró en el mandato de proveerles asimismo una vida social y deportiva activa. El tiempo libre de los padres deberá estar invertido casi en su totalidad en satisfacer el ocio de los más chicos.
Estamos de acuerdo que criar seres sociales es educar adultos seguros, alegres y plenos (ojalá); pero si es a costa de descuidarnos es una ecuación que no cierra, o al menos, no va a cerrar.
Maritchu Seitún, voz autorizada en crianza, licenciada en Psicología, terapeuta de niños y adolescentes y orientadora de familias asegura “Si vos tenés la cabeza teñida de crianza respetuosa malentendida y alguien te dice que apenas tu hijo llora, te tenés que ocupar, que lo que te pide se lo tenés que dar, que tenés que estar ahí siempre, siempre, siempre, que nunca sufra, finalmente vos terminás descuidándote y dejás de poder cuidarlo, porque uno tiene que tener energía para poder cuidar”.
“Hoy veo a los papás agobiados, superados, agotados, exhaustos. ¿Cómo hacés para cuidar en ese estado? Tenés que tener tu rato de ir a hacer gimnasia, de hacer cosas que te hagan bien para poder seguir cuidando. Somos como la gallina de los huevos de oro que tenemos que cuidarnos para poder seguir cuidando. Eso será así por muchos años, entonces tenemos que estar bien alimentados, bien dormidos, de buen humor, y ojalá que bien en pareja.”
Si no encontramos un sano equilibrio que nos permita sostener en armonía nuestros propios intereses y los de nuestros hijos, pasaremos a la historia como la generación que se diluyó en la vida de su descendencia.
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