
La Patagonia argentina vive sus horas más oscuras en este inicio de 2026. Los incendios forestales, que ya consumieron más de 13.000 hectáreas de bosque nativo, mantienen en vilo a las localidades de El Hoyo, Lago Puelo, Cholila y El Bolsón. En una charla con Sergio en Antes de Todo, el periodista barilochense Luis Hernández describió un panorama desolador: “Hay cuantiosas pérdidas millonarias; no hablamos solo de árboles, sino de gente que perdió su domicilio y se quedó sin nada”.
A pesar del esfuerzo sobrehumano de unos 700 voluntarios y brigadistas que trabajan las 24 horas con pico y pala, el fuego no da tregua. La situación en Cholila es especialmente compleja, con el intendente Sergio Hurtado trabajando a la par de los vecinos para intentar salvar la zona del Lago Rivadavia, donde las llamas ya devoraron 6.000 hectáreas en apenas una semana.
Frente a las versiones que circulan en redes sociales sobre supuestas quemas intencionales para vender terrenos, Hernández fue tajante: “Un terreno quemado no vale mucho; lo valioso acá es el bosque y el verde que atrae al turismo”. El periodista se inclinó más por la hipótesis de la negligencia y los accidentes. “La justicia sigue pistas sobre una pelea familiar en Puerto Patriada, pero también hay que entender que una botella tirada en el bosque genera un efecto lupa con 30 grados de calor y desata el desastre”, explicó.
En Bariloche, si bien los focos no afectaron directamente a la ciudad gracias a un trabajo preventivo muy fuerte, la alerta es máxima. Para evitar cualquier riesgo, las autoridades implementaron sanciones durísimas: cualquier persona que intente prender un fuego, aunque sea para cocinar unas chuletas en el patio de su casa, enfrenta una multa de 2 millones de pesos.
La región atraviesa además una emergencia hídrica severa debido a que la última temporada de invierno no dejó la nieve suficiente, lo que secó los suelos y convirtió a la vegetación en combustible puro. “Estamos esperando una ayuda del cielo porque el laburo de los brigadistas no alcanza”, confesó Hernández, reflejando la desesperación de una comunidad que hoy solo depende de que la lluvia llegue antes de que el fuego termine de borrar el mapa de la cordillera.
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