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Cómo se configura un mundo sin ídolos

Estos íconos, seres distinto, admirados y juzgados en similar medida, que producen de todo menos indiferencia, no abandonan el mundo como un humano cualquiera.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Hace horas falleció el Indio Solari y mientras las emisoras de radio, las redes sociales, los canales de televisión y medios digitales publicaban placas en blanco y negro, el corazón de nuestro pueblo latía cada vez más frío, espaciado y confundido.

Parece que fue ayer cuando se fue el Diego, la figura más santificada de nuestro suelo, seguido por el Papa Francisco, que también se nos fue hace nada.

Uno se ve obligado a preguntarse: ¿A quien le rezara el futbolero? ¿Cuándo se arma el pogo en la misa? ¿Quién abrirá las puertas del templo?

Si hoy las canciones parecen de plástico, los goles se gritan tibios y Dios es una máquina de humo.

maradona remera

Ojo, siguen habiendo talentos, brillantes, especiales pero nos sentimos desamparados ya que los ídolos germinan en cámara lenta.

Me encontré con un amigo y le comenté esta idea de que:  “el mundo está quedando huérfano”.

Él, con calma y cierto optimismo, contestó: “está buenísimo eso, no sabés lo que nace de la ternura y el caos”.

El mundo se orienta con las direcciones de esos seres que destacan y despiertan pasiones, admiradores y detractores. Como el sentimiento oceánico que despierta la voz de una Negra Sosa, el reto encarnado en el discurso de algún o alguna dirigente, el arte de hacerle un gol con la mano a los Ingleses: son ejemplos, que uno toma o deja pero que se aprenden como en la primera infancia. Los ídolos y las ídolas, padres y madres de un mundo que nunca logra independizarse del todo, porque mientras uno más crece, más autosuficiente se cree, la búsqueda de una mirada tierna, de alguien para admirar y sentir, se hacen más necesaria.

Por eso, cuando faltan, es imposible no sentir ese vacío, la sociedad se ve obligada a vivir por sus propios medios: así se configura el mundo sin ídolos.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Es necesario e incluso primordial, no caer en el recurrente par de diagnósticos errados, la negación absoluta y variables de una depresión que siempre tenemos a mano:

El primer diagnóstico es que no estamos tan mal: falso. Estamos muertos por dentro, el cielo es gris y el viento solo levanta el polvo que te entra en los ojos. Hoy hubo una pérdida, hay un duelo latente, la tristeza ocupa un espacio de dimensiones descomunales que se extiende sobre la superficie de una soledad compartida, el aire lleva aroma a desamparo.

El segundo es más errado y más peligroso aún: la sensación de que no va a terminar nunca. Porque si bien el duelo nunca cierra como explicó un tal Freud; siempre que llovió paró, el show debe continuar y mañana hay que levantarse a laburar y cuando te subas al colectivo vas a mirar un tatuaje de Patricio rey, del Diego, de Russo… diversas culturas y pasiones: el dolor termina porque el mundo te obliga a seguir.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Afortunadamente los ídolos, por su propia naturaleza, antes de partir dejan un legado: una palabra, una canción que brinda compañía, una discusión en la mesa familiar, un camino que orienta y semanas de sentimiento compartido que hacen más amena la pérdida y permiten un duelo saludable y necesario.

Estos íconos, seres distinto, admirados y juzgados en similar medida, que producen de todo menos indiferencia, no abandonan el mundo como un humano cualquiera.

Es que se van de a partes pero siempre se dejan algo; por eso las personas mueren, pero los ídolos son eternos.

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