
El pasado 23 de abril, Rosario volvió a quedar en el centro de la escena por una noticia que incomoda. El comunicado del Club Atlético Rosario Central confirmó la existencia de una denuncia presentada ante la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes de Santa Fe. Lo que se describe no es menor: situaciones abusivas y prácticas de exposición entre pares en ámbitos vinculados a la actividad deportiva.
El impacto fue inmediato. Cámaras, micrófonos y titulares apuntaron al club. La reacción es comprensible. Pero también insuficiente.
Porque cuando se trata de niños, quedarse en la superficie —buscar responsables rápidos, nombres propios, culpables inmediatos— es una forma de no mirar el problema completo.
Más allá de los colores
El primer ejercicio es incómodo, pero necesario: correr del centro a la institución y poner allí a los chicos.
Chicos de 12 y 13 años que llegan a un club buscando algo más que una práctica deportiva. Buscan pertenencia, reconocimiento, contención. Buscan, muchas veces, lo mismo que deberían encontrar en otros ámbitos: respeto, cuidado y límites claros.
Los clubes, en Argentina, son mucho más que espacios deportivos. Son lugares de socialización, de integración, de construcción de identidad. Como la escuela o la familia, moldean conductas, valores y formas de vincularse.
Por eso, lo que ocurre dentro de un club no puede leerse como un hecho aislado. Es, en todo caso, un síntoma.
Pensar que la violencia nace en el club es una forma cómoda de no mirar lo que pasa antes.

Una violencia que no empieza en la cancha
Reducir estos episodios a lo que ocurre en un vestuario o en una práctica es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, irresponsable.
La violencia contra la infancia no es excepcional: es estructural.
A nivel global, los datos son elocuentes. Cada cuatro minutos, un niño o una niña muere a causa de un hecho violento. Dos de cada tres sufren castigos físicos o psicológicos en sus hogares. Millones atraviesan situaciones de abuso antes de llegar a la adultez.
Argentina no está al margen. Entre 2017 y 2024, más de 1.600 niños quedaron huérfanos tras femicidios. Solo en el primer trimestre de 2025, cerca de mil niños y adolescentes denunciaron situaciones de violencia intrafamiliar.
El dato no es menor: muchos de los chicos que hoy entrenan, compiten o comparten un vestuario, llegan desde entornos atravesados por conflictos, agresiones y ausencias.
El club no crea esa violencia. La recibe.
Y muchas veces, no sabe cómo procesarla.
Protocolos: necesarios, pero insuficientes
En los últimos años, las instituciones deportivas avanzaron en la creación de protocolos de actuación. Casos resonantes, como el de Independiente en 2018, obligaron a acelerar procesos y a tomar conciencia.
Hoy, la mayoría de los clubes afiliados a AFA cuentan con herramientas formales para intervenir ante denuncias de abuso o violencia. Rosario Central, en este caso, actuó con rapidez: activó su protocolo y suspendió actividades preventivamente.
Es un paso importante. Pero no alcanza.
Porque los protocolos ordenan la reacción, no resuelven el origen.
El desafío no es sólo intervenir cuando el daño ya ocurrió, sino construir entornos que lo prevengan. Y eso exige algo más profundo que un reglamento: exige formación, recursos y una mirada integral con acciones universales.
El límite del Estado
Ahí aparece otro actor clave: el Estado.
Desde la reforma constitucional de 1994, Argentina reconoce con jerarquía constitucional los derechos de niños, niñas y adolescentes. La Convención sobre los Derechos del Niño establece con claridad que los gobiernos deben garantizar su desarrollo integral. En el país rige la ley 26.061 sancionada en 2005 establece que los niños son sujeto de derecho y el estado debe garantizar la protección ante situaciones de violencia.
El problema no es la falta de normas. Es la dificultad para hacerlas efectivas.
Las respuestas suelen ser fragmentadas, tardías y con recursos insuficientes. Los dispositivos de protección llegan, muchas veces, después del daño.
En ese contexto, exigirle a los clubes que funcionen como barreras absolutas frente a la violencia resulta, cuanto menos, desproporcionado.
Sin embargo, hay intentos. La reciente iniciativa de la provincia de Santa Fe para regular el acceso de menores a entornos digitales es un ejemplo de cómo el Estado puede intervenir en nuevas formas de socialización. También lo es la propuesta del Concejo Municipal de Rosario de articular políticas con instituciones deportivas para promover espacios libres de violencia.
Son avances. Pero todavía parciales.
El espejo incómodo
El fútbol, como fenómeno social, no es ajeno a estas tensiones. Es, quizás, el escenario donde más claramente se expresan.
Es el deporte más popular del país, el que promete ascenso social, reconocimiento, pertenencia. Pero también es un ámbito atravesado por presiones, desigualdades y, muchas veces, violencias naturalizadas.
En ese contexto, los chicos no juegan en el vacío. Juegan dentro de una sociedad que muchas veces legitima la agresión, que premia la imposición y que falla en garantizar entornos seguros.
Los clubes, entonces, quedan en una encrucijada: contener lo que llega, formar en valores y, al mismo tiempo, competir en un sistema que muchas veces empuja en sentido contrario.
Repensar, pero de verdad
El desafío es más profundo de lo que parece.
La familia tiene la responsabilidad de construir entornos libres de violencia.
Las instituciones deportivas deben asumir su rol formativo con mayor compromiso.
El Estado tiene la obligación de garantizar derechos de manera efectiva.
Pero ninguna de esas partes, por sí sola, alcanza.
Porque el problema no está únicamente en un club, en un vestuario o en una categoría formativa. Está en una trama social donde la violencia dejó de ser una excepción para convertirse en un lenguaje cotidiano.
Y en ese escenario, los chicos no son responsables. Son, muchas veces, los que cargan con las consecuencias.
La pregunta, entonces, no es sólo qué pasó en un club.
La pregunta es qué estamos haciendo, como sociedad, para que eso no siga pasando.
Porque si la violencia aparece en el vestuario, es porque antes encontró lugar en otro lado.
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