
La presencia de Cabo Verde en el Mundial 2026 puede parecer, a simple vista, una de las consecuencias de la ampliación del torneo de 32 a 48 selecciones. Sin embargo, detrás de la histórica clasificación del conjunto africano existe una historia de crecimiento, planificación y perseverancia que comenzó mucho antes de que la FIFA decidiera ampliar los cupos para la Copa del Mundo.
Este pequeño país insular de África occidental, con apenas medio millón de habitantes, logró alcanzar por primera vez la máxima cita del fútbol gracias a un proceso que se fue construyendo durante décadas.
La historia moderna de Cabo Verde comenzó con su independencia de Portugal, declarada en 1973 y reconocida oficialmente en 1975. Su selección nacional fue creada en 1978 y la Federación Caboverdiana de Fútbol se afilió a la FIFA y a la Confederación Africana de Fútbol en 1986.
Durante muchos años, el seleccionado pasó prácticamente desapercibido en el escenario internacional. Sin embargo, a comienzos de este siglo comenzó a desarrollarse una estrategia que resultó fundamental para su crecimiento.
Con una población reducida y una enorme comunidad emigrada en distintos países del mundo, especialmente en Europa, Cabo Verde entendió que gran parte de su potencial futbolístico estaba fuera de sus fronteras. Actualmente se estima que existen alrededor de un millón y medio de caboverdianos viviendo en el exterior, una cifra que triplica la población residente en el país.
La federación comenzó entonces a buscar jugadores con raíces caboverdianas repartidos por distintos rincones del planeta. El caso más emblemático fue el de Roberto “Pico” Lopes, nacido en Irlanda e hijo de un caboverdiano. Los dirigentes lograron contactarlo a través de LinkedIn para ofrecerle representar a la selección.
Aquella política dio resultados concretos. De los futbolistas que consiguieron la clasificación al Mundial 2026, 14 de los 15 convocados nacieron fuera del país africano y desarrollaron gran parte de sus carreras en Europa.
El crecimiento deportivo también fue evidente. Cabo Verde intentó clasificar por primera vez a un Mundial rumbo a Corea-Japón 2002, aunque quedó eliminado rápidamente. Con el paso de los años comenzó a competir de igual a igual con selecciones más poderosas del continente.
Uno de los momentos más recordados ocurrió en las Eliminatorias para Brasil 2014. En aquella oportunidad logró terminar primero en su grupo por encima de Túnez, pero una sanción por la alineación indebida de Fernando Varela le costó la clasificación a la fase decisiva.
Lejos de desmoronarse, el equipo continuó creciendo. Participó por primera vez en la Copa Africana de Naciones en 2013, alcanzó los cuartos de final y volvió a disputar el torneo en ediciones posteriores.
También estuvo cerca de dar el golpe rumbo a Qatar 2022. En un grupo compartido con Nigeria, Liberia y República Centroafricana, llegó con chances a la última fecha, aunque terminó quedando segundo detrás de los nigerianos.
Finalmente, el sueño se hizo realidad rumbo al Mundial 2026. Más allá del aumento de plazas dispuesto por la FIFA, la clasificación de Cabo Verde aparece como la consecuencia lógica de un proceso que apostó por aprovechar el talento de su diáspora, fortalecer su identidad futbolística y competir cada vez mejor dentro del continente africano.
Ahora, el país más pequeño que participa de la Copa del Mundo buscará seguir haciendo historia y demostrar que su presencia entre las grandes selecciones del planeta está lejos de ser una casualidad.
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