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El esperado tanque “Lightyear” y cuatro estrenos más llegan antes del finde largo

Cuatro estrenos: el documental de 2019 de Francisco Ríos Flores “Miserere”, uno de terror: “El ultimo juego”, el documental “George Michael Freedom Uncut” y un drama con Germán Palacios y de Mariano Mouriño “Golondrinas” más la esperada “Lightyear” con voces estelares que cuenta la historia del astronauta que “inspiró” al juguete de Toy Story. Acá una selección de reviews para elegir que ir a ver al cine.

 

“Lightyear”

Lightyear no es la precuela de Toy Story. Tampoco un desprendimiento en sentido estricto de una de las historias más logradas, emotivas y brillantes que Pixar supo darnos en sus 26 años de historia animada. En cambio, un par de concisas placas nos informan al comienzo que en 1995 (fecha de aparición de la primera Toy Story), al pequeño Andy le regalaron un muñeco de Buzz Lightyear, el personaje protagónico de su película favorita, una aventura espacial y de ciencia ficción. Y lo que vamos a ver es precisamente esa película.

Entonces, Lightyear es otra cosa. La primera película de Pixar estrenada en los cines argentinos desde marzo de 2020 es una aventura de 100 minutos dinámica, entretenida y sobre todo visualmente perfecta. En estas dos décadas y media de asombrosa evolución, Pixar llegó a una instancia de creatividad digital tan admirable que ya no sabemos si lo que estamos viendo es animación o realidad. A esta altura parecen lo mismo.

Y al mismo tiempo, en línea con el viraje que el estudio empezó a hacer desde la salida de John Lasseter y el estreno de la innecesaria Toy Story 4, es una historia en la que ciertos “mensajes” explícitos se imponen por sobre la audacia, la originalidad y el ingenio de su época de oro. A propósito de cambios, ¿por qué cada nuevo estreno de Pixar no llega ahora acompañado como ocurría en el pasado por alguno de sus extraordinarios cortos animados?

Podría decirse que Lightyear se resiste al exceso de psicologismo que le dio corto vuelo a las flojas experiencias de Intensa Mente y Soul. La trama se inspira sobre todo en ciertos mundos de ciencia ficción con estilo vintage que conocimos sobre todo en las películas de Viaje a las estrellas protagonizadas por su elenco original entre 1979 y 1991. Hay unas cuantas sorpresas y hallazgos muy divertidos en cada puerta que se abre y en cada botón que se oprime dentro de las sofisticadas naves espaciales en las que transcurre buena parte de la acción. Pero lo que no se hubiese concebido de ninguna manera en una aventura de ciencia ficción con viajes interplanetarios destinada en 1995 al público infantil es la presencia de un personaje como el de la capitana Alisha Hawthorne, que construye una familia a partir de la unión con otra mujer. Lo que en una historia de nuestros días resulta perfectamente natural (y que se muestra en la película a través de una extraordinaria secuencia sobre el paso del tiempo, tan conmovedora y lograda como en Up, una aventura de altura) no cuaja en la mirada retrospectiva de Lightyear y solo se entiende como respuesta a la necesidad de dejar sentada una toma de posición bien visible sobre temas importantes de la actualidad.

Lightyear, a la vez, es la historia de un personaje que hace todo lo posible por sobreponerse a sus errores y a no quedar atrapado por ellos, como le pasa a nuestro héroe tras una fallida misión en un planeta no habitado. Este aspecto de la personalidad del space ranger termina ocultando el atributo más celebrado que siempre tuvo en Toy Story, ese egocentrismo a toda prueba, lleno de vanidad y obstinación, realzado en cada nueva aparición por el talento vocal de Tim Allen.

En esta película, Allen es reemplazado por Chris Evans, cuya voz contribuye a la construcción de un personaje mucho más serio y consciente de su misión, pero a la vez menos interesante en términos de conducta. Solo quienes vean Lightyear en su versión original subtitulada (en la inmensa mayoría de las salas se proyecta la copia doblada al español) percibirán ese matiz fundamental. Curiosamente, aquí no hay tanto lugar para las clásicas bromas y referencias visuales de Pixar como sí ocurría en WALL-E, la otra gran aventura espacial y futurista de Pixar, que solo en apariencia parecía más fría y deshumanizada.

Lo mejor de Lightyear aparece después de una serie de intrincadas peripecias que estiran demasiado el relato y antes de un final demasiado parecido al de Top Gun: Maverick. Ocurre cuando nuestro héroe se asocia a una nueva y multifacética tripulación en la que brilla un gato robot llamado Sox, el mejor personaje de toda la película y también el más divertido. Aquí, en el encuentro entre dos personajes que reconocen lo que tienen en común más allá de sus diferencias, es donde Pixar regresa a las fuentes y parte de la inspiración de sus mejores momentos. Eso sí, todavía bastante lejos en todo sentido del mundo creado alrededor de las tres primeras películas de Toy Story. Nuestro recuerdo más entrañable de Buzz Lightyear sigue asociado a esa experiencia insuperable. Hasta el infinito y más allá. Se puede ver en los cinco complejos de la ciudad.

 

 

“El último juego”

La mayor parte de las veces es fácil el poder darte cuenta cuando una película será un auténtico desastre y la mejor opción es dejarla pasar, pero a veces la labor promocional es al menos efectiva como para engañarte lo suficiente. Por eso es que viendo The Blackout Experiment, quizás termines pensando: “me arrepiento muchísimo”.

Ya que lo que nos trae Moffat IV es, por mucho, de lo peor que ha salido en estos años. Donde encontrar algo positivo es una misión imposible y eso en realidad resulta bastante sorprendente considerando que estamos ante una historia que ni siquiera es tan original o maneja un nivel de complejidad elevado; de hecho, incluso me atrevería a decir que tenía el potencial para por lo menos entretenerte si hubiera contado con la calidad mínima en el manejo de la violencia con la que se pretende sustentar lo que ocurre en pantalla.

Pero en lugar de eso lo que nos encontramos es un trabajo sin pies ni cabeza en el que te exponen a un conjunto de personajes sin personalidad que se la pasan gritando durante 80 minutos que no merecen morir mientras se desenvuelven situaciones “extremas” en las que básicamente se apuesta por un volado para ver si alguna de estas funciona más que las otras y a partir de eso tratar de desarrollar todo lo demás. Dejándote en blanco muchas cosas importantes que le brinden contexto al experimento o moldeen de mejor manera los conflictos para que por lo menos estos cuenten con cierto grado de intensidad que haga interesante el visionado.

Es de esos casos en donde pasa mucho pero a la vez no pasa nada, convirtiendo así el camino hacia la parte final en una tortura. Y es que ni siquiera se puede ver una muerte memorable debido a que prácticamente todas se dan con la pantalla en negro, lo cual representa una incoherencia brutal tomando en cuenta que estas son, en teoría, el punto central de todo lo que ocurre.

Las actuaciones son muy malas, obviamente las limitantes del guión no les ayudaban demasiado pero realmente todo el elenco hace un trabajo muy pobre y en ningún punto sientes interés al menos por alguno de los personajes. En cuanto a la producción, es de muy bajo presupuesto y baja calidad: el trabajo de fotografía es mediocre, la dirección de arte pobre, el score es genérico, el trabajo de sonido tiene varios fallos y los efectos son simples. En el Showcase.

 

 

“Miserere”

Cuando ya la ciudad había encendido el vértigo diario de la mañana, Fabián despierta en el lugar estratégico que encontró para dormir, escondido arriba del mausoleo que guarda las cenizas de Bernardino Rivadavia en medio de la Plaza Miserere, frente a la estación de trenes de Once. Ese día de verano amanece con su torso desnudo casi mimetizado las estatuas que lo rodean en el hueco donde escondió su sueño. Lo primero que recuerda del día anterior es haber visto en TV que un asteroide pasó cerca de la tierra, ¿o tal vez lo soñó? Al bajar del mausoleo, el joven sortea fácilmente las rejas que resguardan ese monumento a un prócer, el primer presidente argentino; Fabián cruza los barrotes casi como un fantasma que puede atravesarlo todo, sin que el mundo físico lo detenga, y así inicia su jornada a la luz del sol. Fabián Maldonado es uno de los taxiboys que protagonizan el documental Miserere, que sigue una jornada de trabajo sexual de seis jóvenes en los alrededores de la estación de Once, arteria fundamental de la Ciudad de Buenos Aires. Aunque más exacto es decir que los jóvenes dedican solo parte de ese tiempo al trabajo sexual, porque también hacen otras actividades en la plaza y la estación como la venta ambulante, descansar, comer, bañarse y hasta alimentar y cuidar a su familia. En el torbellino barroco de Once, entre vidrieras superpobladas y cosplay evangelista, la mirada de Francisco Flores es al mismo tiempo dispersa y concentrada, hace foco en los seis retratos individuales en acción y a la vez se pierde en la multitud, en ese concierto del tránsito anónimo que es la estación en cada uno de sus rincones. No se trata de un documental sobre un solo tema, ni sobre un solo punto de vista, sino sobre habitar un lugar desde distintas prácticas: una mirada plural territorial y situada en el movimiento donde también se realiza un trabajo que mucha gente no lo considera como tal.

Hay una dinámica de lo oculto y lo ostensible en todo el documental: algo así como que se registra al mismo tiempo que se contradice la condición fantasmática de Fabián y sus cinco colegas. O se propone mostrar la invisibilidad de los taxiboys, si vale la paradoja, quienes se confunden con el tránsito del gentío y muy poca gente percibe. Y su habilidad es tanto exhibir el yiro exterior del taxiboy, ese tiempo de exposición a la espera de algún cliente, como hacer oír sus pensamientos, la voz interior de cada uno, sus opiniones ocultas. Pero no se trata de un típico documental de entrevistas, de inmovilizar a la persona para que testimonie en un vaquillo como en un juicio, sino de un pensamiento en movimiento, durante el torbellino, ese llevar y traer de la estación de Once. Pensamiento y sentimientos en tránsito, proteicos, y cada quien tiene su visión de acuerdo a su experiencia, que en todos los casos es distinta y hasta contradictoria. Hay quien vive en la calle, quien tiene madre y hermanos, quien tiene esposa e hija, quien busca pareja, quien salió de la droga y quien la tiene como opción en la actualidad, quien se siente estigmatizado y quien se siente libre. En su estructura coral, en la acertada idea de abarcar muy diferentes formas de vida, Miserere escapa del modelo de una historia como ejemplar y de la trampa de la biopic, de la parábola de una vida como cierre del sentido. Accedemos a pensamientos y acciones fragmentarias y contradictorias, no hay posibilidad de totalidad, más bien son historias quebradas, como rompecabezas sin partes. Porque Miserere traza distintas conexiones entre lo individual y lo colectivo para formar una comunidad más densa en su dinámica. En un trayecto que no revela ninguna moraleja que se abstraiga de ese mundo, la estructura narrativa que elige el documental, una jornada diurna del amanecer al anochecer de un día hábil, crea un tiempo rutinario que aplana el amarillismo sobre las vidas que transitan la marginalidad (o que son marginalizadas) para crear un relato menos estridente pero más habitado por las tensiones sociales, que no excluye en su discurso ciertos tópicos como la violencia o las drogas, pero no tiene la mirada criminalizadora ni moralista sobre el trabajo sexual o los taxiboys. Y menos hay una mirada miserabilista de la precariedad en la que se mueven.

Una frase del libro La prostitución masculina de Néstor Perlongher está al final del relato de Miserere, pero no como cierre ideológico, menos como marco teórico, sino como una capa más de esa “etnografía de los márgenes”. Una capa que está sincronizada con la mezcla de documento con ficción, porque si bien la mayoría de los planos son registros directos, también hay reconstrucciones de vivencias de taxiboys, como la secuencia de sexo explícito en el hotel; del mismo modo que Perlongher en su estudio de la prostitución incorpora la literatura: los fragmentos de textos de una novela de Genet o los poemas homoeróticos anónimos como una forma de crónica poética. En Miserere las imágenes, con encuadres saturados de urbanidad, son de una poesía entre áspera y pop, entre realista y “neobarrosa”, como el plano repetido del taxiboy parado delante de un Mickey Mouse gigante de utilería que se desdibuja en una vidriera: una tensión visual entre mercado, deseo y cultura. Pero más que a La prostitución masculina, el documental parece arrimar posiciones con “La desaparición de la homosexualidad” de Néstor Perlongher, el artículo publicado por la revista El Porteño en 1991 donde adelanta el fin de una visibilidad mercantilizada de la homosexualidad de esa década y reclamaba una vuelta al misterio. “Al tornarla completamente visible, la amenaza de la normalización”, escribía Perlongher, “ha conseguirdo retirar de la homosexualidad todo misterio, banalizarla por completo.” La ambigüedad asimilada, la mariconería de diseño, todo aquello que el sexo de la loca tenía de vibración y éxtasis se diluía en una visibilidad reduccionista a causa de que la ideología “de buena parte del movimiento homosexual, que defiende la tesis de la esencia inmutable del ser homosexual”. Con sabiduría queer, Miserere no enuncia la orientación sexual de sus protagonistas, ni etiqueta las imágenes con alguna identidad que categorice o fije sus prácticas. ¿Qué orientación sexual o identidad tiene un taxiboy europeo migrante que hace tareas de cuidado de su bebé cambiando los pañales en la estación donde trabaja? No hay nada fijo ni esencial en las identidades. Más aún, el relato se propone diluir ese otro binarismo, el hetero/homo, sin tampoco quedar fijo en lo bisexual, hasta el punto de la superposición, como las secuencias donde el porno hetero y el sexo homo conviven en un mismo plano en el hotel o en el cine porno, no como contradicción sino como fusión y confusión para celebrar la circulación y lo fluido. En ese juego que propone la película, el valor del trabajo sexual eclipsa la identidad, es donde aparece aquello que sostenía Marx en El Capital cuando escribía que el valor convierte “a todo producto del trabajo en un jeroglífico social”. En su visión de una jornada donde se cruzan seis taxiboys, de la tetera a la plaza, del telo al anden, del bar al cine XXX, Miserere convierte todo el yiro en un jeroglífico de pornografía social que nos interpela como graffitis que se mueven en los vagones de un tren, como resplandores de luces que titilan en vidrieras de Once. Se podrá ver en El Cairo.

 

 

“George Michael: Freedom Uncut”

Un nuevo documental sobre la vida y la carrera de George Michael tendrá su estreno este jueves 16 de junio. George Michael: Freedom Uncut se describe como el «trabajo final» de Michael en un comunicado, y el difunto músico aparece acreditado como codirector de la película junto con David Austin. Muy involucrado en la realización de la película antes de su muerte en 2016, Michael también proporciona la narración de la película, que ofrecerá una nueva visión de su carrera musical y su vida privada. “Quiero dejar canciones, creo que puedo dejar canciones, eso significará algo para las generaciones posteriores”, dice Michael en el nuevo tráiler del documento. Freedom Uncut narra el período tumultuoso, pero creativamente fructífero, de la vida y la carrera de Michael después del lanzamiento de su debut en solitario de 1987, Faith, luego a través de la creación y lanzamiento de su seguimiento de 1990 Listen Without Prejudice, vol. 1. Además de documentar sus esfuerzos creativos durante este período, el documental también explorará su relación con Anselmo Feleppa, quien murió por complicaciones relacionadas con el SIDA, así como la muerte de la madre de Michael. La película contará con una serie de imágenes y fotos del archivo de Michael, así como imágenes nunca antes vistas del video de ‘Freedom! ’90’, dirigido por David Fincher. La película también incluye entrevistas con compañeros y amigos de Michael, incluidos Stevie Wonder, Elton John, Nile Rodgers, Mark Ronson, Ricky Gervais, Mary J. Blige, Liam Gallagher (quien llama a Michael un «Elvis moderno» en el tráiler) y Tony Bennet. Se podrá ver en el Showcase.

 

 

“Golondrinas”

Juan (Isaías Salvatierra) y Ana (Melanie Nacul) son dos hermanos tucumanos que viajan de cosecha en cosecha por distintas zonas del país. La estabilidad para estos jóvenes (como para el resto de los trabajadores golondrina) es efímera, las condiciones del empleo son penosas y las comodidades de los circunstanciales hospedajes resultan casi nulas. Sin embargo, cuando Edgardo (Germán Palacios), un porteño a cargo de una plantación de nogales, les empieza a abrir las puertas de la casa y les va mejorando su situación, surge la ilusión del ascenso social. Esa amabilidad inicial chocará contra las limitaciones propias de las diferencias de clase y las manipulaciones de quien en verdad ostenta el poder no tardarán en surgir.

La ópera prima de Mariano Mouriño es modesta en sus ambiciones (de hecho, el relato sin contar los créditos finales dura menos de una hora), pero bastante eficaz en sus alcances y con una moraleja que evita el subrayado y el golpe de efecto. La tensión latente (con algunos breves estallidos de violencia) está bien construida, así como las crecientes contradicciones entre esos hermanos que en principio solo tienen al otro como compañía, aunque en algún momento deberán emprender rumbos propios. Una historia mínima, pero con una veta humanista que genera empatía e identificación. Se mira en el Arteón.

 

 

Fuente: La Nación, Marcelo Stiletano, Otros Cines, Diego Batlle, El ojo del horror, Página 12, Diego Trerotola, Rolling Stone.

 

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