
La tragedia de San Cristóbal dejó a dos familias devastadas, a toda una comunidad sumida en el dolor, y -ojalá- a una sociedad interpelada ¿qué estamos haciendo con nuestros niños?
La sanción de la Ley 27.801 con la modificación del Régimen Penal Juvenil y la baja de imputabilidad a los 14 años, despejó la discusión pero desnudó carencias, falencias, fallas de sistema que ni siquiera una condena penal ejemplar son capaces de reparar.
Si bien conforme consta en la referida norma, la misma entrará en vigencia en Septiembre de este año (resultando inaplicable para el caso), su artículo 4o dispone que ”La finalidad del Régimen de Responsabilidad Penal Juvenil es fomentar en el adolescente imputado el sentido de la responsabilidad legal por sus actos y lograr su educación, resocialización e integración social. El objetivo de la ley es procurar que supere el riesgo social y la conflictividad puesta en evidencia en la comisión del delito y, mediante las medidas establecidas en la presente ley.”
Ya no podemos discutir si corresponde o no imponerle una pena, ahora debemos discutir por qué un adolescente de esa edad se convierte en un asesino, y que no nos sonroje el término porque hay que hacerse cargo del peso de las palabras para que podamos pensarlas y usarlas con propiedad (y con responsabilidad).
La inocencia y la ingenuidad se abandonan junto con la infancia cuando se toma razón de la existencia del bien y del mal, de las segundas intenciones, de la mentira, de la manipulación.
Lo cierto es que estamos atravesando momentos de tanta precocidad que lo que verdaderamente se vuelve cuestionable es si los adultos estamos a la altura de las circunstancias.

Instituciones educativas desbordadas por realidades individuales que conspiran contra una construcción colectiva; núcleos familiares agrietados y atravesados por problemáticas de todo tipo y una sociedad completamente desenfocada, se combinan drásticamente con niños que son eyectados de la infancia hacia el abismo. Porque lo cierto es que los recibe una preadolescencia precoz rodeada de adultos que oscilan entre la inmadurez y la inconsistencia.
El foco nunca son los niños ni los adolescentes, el foco siempre somos los adultos; porque en el momento que dejan de creer en la magia y empiezan a buscar el truco; en el instante en el que dejan de esperar a Papá Noel mirando la terraza y en el minuto exacto en el que se niegan a buscar los huevos que escondió el conejo de Pascuas se van a dar vuelta esperando encontrar una mirada de respaldo y un gesto de confianza, que por lo que la realidad nos muestra, los adultos no estamos devolviendo.
Redes sociales, tecnología, guerras, discusiones, corrupción y tantas otras causales suman condimentos desconocidos y complejos a las infancias y adolescencias contemporáneas; pero hay una carencia incontrastable e imperdonable: el ejemplo.
La filósofa española Victoria Camps, que acaba de publicar “La sociedad de la desconfianza” reflexiona “Aristóteles lo tenía clarísimo y yo siempre he repetido esa enseñanza: «La moral no se enseña como una materia más»… Se enseña con el ejemplo, se enseña con la imitación, es decir, creando situaciones en las que la formación moral está presente. Ahí es donde se aprende a distinguir entre lo que se debe y lo que no se debe hacer. Ese esfuerzo, que es un esfuerzo práctico y no solo teórico, yo no veo que esté presente.”
Indefectiblemente la pregunta que sigue es ¿tenemos claro los adultos lo que está bien y lo que está mal?
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