Con los cambios en la Ley de Inteligencia, el gobierno volvió a poner un tema polémico sobre la mesa, mientras por detrás avanza con medidas estructurales con menor resistencia.
La gestión de Javier Milei viene perfeccionando una táctica comunicacional que consiste en colocar una y otra vez un tema ruidoso, polémico y de alto impacto mediático que captura la atención pública, la oposición y los medios, mientras por detrás avanza con medidas estructurales de gran calado con menor resistencia. Es un elefante deliberadamente metido en el pasillo, no en el cuarto, para que todos tropiecen con él, griten, discutan y miren hacia él, dejando el resto de los temas libres para reformas profundas.
Esta estrategia no es nueva en la política mundial, pero en la Argentina se ha convertido en un sello del oficialismo. El Gobierno genera cortinas de humo para proteger sus reformas más ambiciosas, esas que llegarán con fuerza en febrero, cuando el Congreso retome la actividad en sesiones extraordinarias.
El primer caso paradigmático fue el DNU de reforma del sistema de inteligencia, publicado en plenas fiestas de fin de año, cuando la mayoría de los argentinos estaba en la playa, en el campo o preparando el asado para brindar a las 12: el decreto modifica aspectos centrales de la ley de inteligencia nacional, amplia facultades de la AFI, redefinía controles civiles y habilita nuevas herramientas de seguimiento en el ámbito digital, incluso contra la prensa.
La oposición, tomada por sorpresa en medio del receso veraniego, reaccionó con alarma: denuncias de “policía oscurantista”, pedidos de derogación inmediata y comunicados furiosos de casi todos los bloques no oficialistas, desde el peronismo hasta el interbloque de Unidos. Los medios titulan durante estos días: “Milei espía a la oposición” y “vuelta a los sótanos de la democracia”.
El elefante ocupó todo el pasillo, y, al menos por ahora, ya no se habla de la Reforma Laboral, ni de la eliminación de los pisos presupuestarios para Educación, Ciencia y el fondo de Escuelas Técnicas.
El Gobierno genera cortinas de humo para proteger sus reformas más ambiciosas, esas que llegarán con fuerza en febrero, cuando el Congreso retome la actividad en sesiones extraordinarias.
Foto: Farid Dumat Kelzi
Mientras tanto, el debate técnico sobre el contenido real del DNU quedó relegado. Pocos analizaron en profundidad si las modificaciones eran necesarias para combatir narcotráfico y terrorismo cibernético —argumentos oficiales— o si efectivamente erosionaban garantías constitucionales. La oposición gastó pólvora en un tema lejano a la sociedad civil: conferencias de prensa, tweets indignados y proyectos de rechazo que, por el receso, no tienen trámite parlamentario inmediato para tumbarlo. El Gobierno, por su parte, dejó que el escándalo corriera, respondió con ironía en redes y luego bajó el volumen. El DNU quedó vigente. Misión cumplida.
El segundo elefante apareció apenas iniciado 2026: el descongelamiento y aumento del 100% en los salarios de altos funcionarios del Poder Ejecutivo nacional. La medida, firmada por el Presidente y el jefe de Gabinete, benefició a secretarios, subsecretarios y directores con sueldos que, tras años de pérdida de poder adquisitivo por inflación. Volvieron a niveles históricos en términos reales. El momento no fue casual: justo antes de que el Congreso debata las grandes reformas estructurales de febrero —ley ómnibus II, reforma laboral profunda, ajuste fiscal complementario y privatizaciones pendientes— el Gobierno decidió contentar a su propia tropa.
La reacción fue previsible. Sindicatos estatales reclamaron paritarias similares para el resto de los empleados públicos; la oposición habló de “casta privilegiada” y “doble discurso”; los medios opositores dedicaron portadas y editoriales a la hipocresía de un gobierno que predica austeridad mientras aumenta a sus funcionarios. Pero detrás de la indignación colectiva, la medida -justa, por cierto- cumplió su objetivo político interno: asegurar lealtad y motivación en la burocracia superior que deberá ejecutar y defender las reformas duras que vienen.
Cuando lleguen mas despidos masivos en el Estado, los recortes en provincias tensione relaciones con gobernadores o las flexibilizaciones laborales que afectará a millones como consecuencia de la reforma, los funcionarios clave estarán “alineados y compensados”. La oposición, una vez más, gastó energía en denunciar el aumento en lugar de preparar una estrategia coordinada para febrero. El Gobierno ganó tiempo y cohesión interna a bajo costo político relativo.
El segundo elefante apareció apenas iniciado 2026: el descongelamiento y aumento del 100% en los salarios de altos funcionarios del Poder Ejecutivo nacional.
Foto: Farid Dumat Kelzi
Por otro lado, la distancia creciente entre senadores radicales y los gobernadores de su propio partido, especialmente visible en la votación del Capítulo II del Presupuesto 2026, abre una arista de análisis sobre los votos que necesita la Casa Rosada. Este capítulo contiene las transferencias discrecionales a provincias, fondos coparticipables no automáticos y obras públicas nacionales. En un contexto de ajuste fiscal feroz, el Gobierno propuso una reducción significativa de esos ítems, lo que afecta directamente las cuentas de los gobernadores.
Los casos más notorios fueron los de los senadores santafesinos Carolina Losada y Eduardo Galaretto, alineados con el gobernador Maximiliano Pullaro. Ambos votaron a favor del Capítulo II rompiendo la supuesta disciplina que la UCR desde el partido y de sus gobernadores más representativos esperaban de los senadores propios. Pullaro, que necesita recursos para seguridad, obra pública y, sobre todo, la deuda previsional y de coparticipación que tiene la Casa Rosada con Santa Fe, no esperaba que sus senadores avalaran un presupuesto que lo asfixia. No hay ruptura, pero las tensiones crecen y todos se preguntan qué haran con las votaciones que se vienen.
Los elefantes no son aislados. Forman parte de un patrón que se usó durante toda la gestión y se repetirá en febrero, cuando lleguen las reformas de fondo. El Gobierno sabe que no tiene mayoría propia en ninguna de las cámaras y que las medidas que vienen serán impopulares: eliminación de subsidios residuales, reforma laboral, reforma previsional, apertura comercial agresiva y reducción aún mas drástica del gasto público. Para aprobarlas necesitará votos opositores “dialoguistas” y una opinión pública distraída o fragmentada.
La estrategia del elefante en el pasillo funciona porque la oposición argentina sigue cayendo en la trampa: reacciona emocionalmente, dispersa su fuego y gasta capital político en batallas secundarias. Mientras discute si el aumento a funcionarios es inmoral o si el DNU de Inteligencia es autoritario, no construye una alternativa programática ni coordina una resistencia parlamentaria efectiva. Los medios, por su parte, amplificamos el escándalo del momento porque vende, pero rara vez conectamos los puntos para mostrar el patrón.
La estrategia del elefante en el pasillo funciona porque la oposición argentina sigue cayendo en la trampa:
El resultado es que las reformas estructurales avanzan por goteo o por decretos, con menos resistencia de la esperada. El Gobierno no necesita convencer a la mayoría: le basta con que la oposición esté ocupada mirando al elefante.
En febrero veremos si la oposición aprende la lección y deja de tropezar con los animales que el Gobierno coloca en el pasillo, o si vuelve a caer en la misma dinámica. Porque mientras haya elefantes ruidosos, la remodelación silenciosa que pretende el gobierno continuará.
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