
Para algunos deportistas, Santa Fe 2026 es una competencia por medallas. Para Chile, además, funciona como un examen dentro de un recorrido mucho más extenso. La delegación trasandina llegó a los Juegos Suramericanos con la mirada puesta en el próximo ciclo olímpico y con buena parte de su planificación ya orientada hacia Los Ángeles 2028.
El encargado de conducir ese grupo es Jaime Enrique Agliati Valenzuela, jefe de Misión de Chile, quien explicó que el torneo representa una de las principales estaciones del camino que comenzó con los Juegos Bolivarianos y continuará con los Panamericanos antes de desembocar en la cita olímpica estadounidense.
“Sin ninguna duda es el segundo paso con miras a los Juegos Olímpicos”, afirmó Agliati Valenzuela. La frase sintetiza el lugar que ocupa Santa Fe 2026 dentro de un proceso que no comenzó con la llegada de los primeros atletas a la Argentina, sino varios años atrás.
Un equipo que lleva cuatro años preparándose
La delegación chilena no dejó librada al azar su participación. El trabajo comenzó después de la última edición de los Juegos Suramericanos e involucró áreas que van mucho más allá de la competencia deportiva.
“Siempre se prepara desde el último evento Suramericano para el que viene”, explicó el jefe de Misión. Según detalló, durante ese período se desarrolló una planificación que incluyó logística, preparación técnica y asistencia médica, entre otros aspectos.
Ese trabajo de largo plazo busca que la delegación pueda llegar a cada competencia con una estructura consolidada y, al mismo tiempo, utilizar cada torneo como una instancia de evaluación antes de los desafíos de mayor magnitud.
En ese sentido, Santa Fe 2026 aparece como una oportunidad para conocer el nivel de los atletas chilenos frente a rivales de la región y detectar cuáles pueden sostener ese crecimiento hasta el próximo ciclo olímpico.

Las cartas chilenas que pueden destacarse
Aunque Chile presenta representantes en una amplia cantidad de disciplinas, Agliati Valenzuela marcó una característica que considera especialmente importante dentro de su estructura deportiva: la fotaleza en las pruebas individuales.
Entre los nombres que mencionó aparece Rodrigo Rojas, junto con Valentina Toro, ambos vinculados a los deportes de contacto y destacados por el dirigente por sus antecedentes como campeones mundiales. El atletismo también concentra expectativas. Allí aparece Martín Abad, uno de los representantes que el jefe de Misión señaló entre los deportistas para seguir durante los Juegos.
Pero hay una competencia que tendrá un atractivo especial para los espectadores que se acerquen a Rosario: el vóleibol de playa. Allí estarán los hermanos Grimalt, una dupla de referencia para el deporte chileno.
La lista podría ser más extensa, aunque el propio Agliati Valenzuela prefirió evitar una enumeración completa. Incluso tomó con humor la dificultad de mencionar a todos los atletas que llegan con posibilidades de destacarse. “Son tantos, la verdad que si dejo a alguno afuera y ven la foto me van a agarrar y me van a pegar y todo”, bromeó.
Una escala antes del gran objetivo
La importancia que Chile le asigna a estos Juegos se entiende dentro de un calendario que tiene una meta concreta. Después de Santa Fe, todavía quedarán competencias continentales antes de que la delegación llegue a Los Ángeles 2028.
Por eso, más allá del resultado que consiga Chile en la tabla de medallas, el torneo representa una oportunidad para evaluar rendimiento, experiencia y evolución de sus principales atletas.
Con cuatro años de trabajo detrás, la delegación ya está en una nueva etapa de un proceso que tiene como destino final los Juegos Olímpicos. Santa Fe, Rosario y Rafaela son ahora el escenario donde Chile busca medir cuánto avanzó y qué necesita mejorar para llegar con sus mejores cartas a Los Ángeles.
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