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La sociedad de los poetas muertos: el valor de ser

A 37 años de su estreno, la película dirigida por Peter Weir deja una lección que invita a cuestionar los mandatos, defender la propia identidad y animarse a vivir.

La película, dirigida por Peter Weir, se estrenó en 1989

El 30 de agosto de 1989, “La sociedad de los poetas muertos”, de Peter Weir, se estrenaba en los cines del mundo. Con Robin Williams —que, a doce años de sue muerte, su personaje permanece en la memoria como el profesor que enseñó a sus alumnos a mirar el mundo desde otra perspectiva—, Ethan Hawke y Robert Sean Leonard en el reparto, la película llegó a ganar un Oscar y dos premios BAFTA.

Pero más allá de la calidad de la imagen, la pieza cinematográfica logró conmover a millones de personas por su historia.

La poesía, la emoción de romper las reglas y la tristeza de no saber quién sos acompañan la trama desde su inicio. Neil Perry, el protagonista, es un joven melancólico que vive sometido a los deseos de su padre, un hombre estructurado que tiene la vida de su hijo planeada hasta el día de su muerte.

Mr. Keating, interpretado por Williams, es un profesor que ve en sus alumnos no solo un número, sino personas capaces de cambiar el rumbo de sus vidas y perseguir sus propios deseos.

¿Pero qué pasa cuando desafiamos aquello que tanto nos moldea?

La historia que sigue a Neil y a sus compañeros es la del conflicto entre la identidad que desean construir y aquella que otros ya definieron para ellos. La primera clase de Poesía con John Keating les abre los ojos ante una realidad: ninguno estaba siguiendo sus verdaderas aspiraciones.

John Keating, interpretado por Robin Williams

Es ahí, en ese primer encuentro incómodo, donde la frase “Carpe Diem. Aprovechen el día” aparece en pantalla. Un lema que se graba en sus cabezas y los acompaña en cada una de las decisiones que toman a lo largo de la película. Una frase poderosa que, quizás, les despertó el hambre de rebelarse y gritar. Un pequeño poema que habla de vivir la vida sin arrepentimientos, de hacer aquello que tanto nos mueve.

Desde su primera lección, Mr. Keating demostró ser un docente poco convencional: clases fuera del aula, pararse arriba de sus bancos para ver la vida desde otra perspectiva y cuestionar las reglas que pretendían definir qué hacía a un poema “más hermoso”. ¿Reglas? ¿En poesía? Esa era la cuestión: para él, la poesía no podía reducirse únicamente a reglas, porque también nacía de las emociones.

Desde los inicios del largometraje se habla de las relaciones de poder entre los adolescentes y sus contextos. Para Foucault, el poder también se ejerce mediante dispositivos: la escuela, la familia y las normas sociales. La Academia Welton funciona como uno de esos dispositivos al promover valores como la obediencia, la tradición y el éxito, buscando formar sujetos que se adapten a las expectativas de la sociedad.

Los alumnos despidiéndose de Mr. Keating

Los alumnos internalizan esas normas y muchas veces controlan su propio comportamiento por miedo al castigo o a la desaprobación. La llegada del profesor Keating rompe con esa lógica, ya que los invita a pensar de manera crítica, cuestionar las normas y construir su propia identidad.

A medida que avanza la historia, los protagonistas comienzan a resistir los mecanismos de poder que organizaban su vida cotidiana. Ya no se identifican bajo un reglamento que les prohíbe ser, y encuentran en el club de lectura La Sociedad de los Poetas Muertos, un espacio de resistencia donde analizan literatura, hablan de sus sentimientos y se permiten cuestionar aquello que tanto los condiciona.

Para Neil, confrontar a su padre no era solo luchar por el derecho a tomar sus propias decisiones, sino que también significaba sacrificar su bienestar: dejar atrás la comodidad de un hogar para buscar su lugar en el mundo.

Pero desafiar las normas muchas veces viene acompañado de consecuencias. El entusiasmo por descubrir quiénes realmente son y llevar toda esa búsqueda hasta las últimas consecuencias termina con privarlos de esa libertad. Salir de los dispositivos que nos moldean muchas veces acaba con castigos: el arte no es valorado lo suficiente como para desafiar una estructura impuesta.

La corona de Neil Perry

En su última decisión, que termina con su vida, Neil deja como despedida su corona de ramas sobre la ventana abierta en la brisa fría del invierno. Una simbología poética de entregar el alma y darse por vencido.

Desde la perspectiva de Foucault, la muerte de Neil no representa la liberación del poder, sino una muestra de cómo los dispositivos pueden llegar a limitar profundamente la autonomía de un individuo cuando no existen condiciones reales para resistir.

Luego de su muerte y la expulsión de Mr. Keating, la decisión de sus amigos de pararse sobre sus bancos y gritar “¡Oh Capitán, mi Capitán!” no es más que despedirse de esa libertad que alguna vez sintieron. Sin embargo, constituye un gesto de resistencia que mantiene vivo el legado de su profesor y demuestra que, incluso frente a una estructura que parece inquebrantable, siempre existe la posibilidad de desafiarla. 

La corona de ramas de Neil Perry no es un simple accesorio. Representa la valentía de romper con las estructuras que nos marcan y el deseo de vivir de acuerdo con la propia identidad frente a un mundo que exige obediencia.

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