
La tarde del 23 de junio de 1968 había empezado como tantas otras tardes de Superclásico. River y Boca se enfrentaban en el Monumental, en un fútbol argentino todavía atravesado por multitudes, tribunas desbordadas y una liturgia popular que mezclaba pasión, rutina y descontrol. Pero aquella jornada terminó convertida en una de las escenas más oscuras y dolorosas de la historia del deporte argentino. Al finalizar el partido, en la salida de la vieja Puerta 12 del estadio de River, una avalancha humana dejó decenas de muertos y centenares de heridos. Lo que vino después fue casi tan brutal como la propia tragedia: versiones falsas, acusaciones cruzadas, una investigación judicial sin responsables y más de medio siglo de silencio.

Oficialmente se dijo que las víctimas fueron 71 y que todos eran hinchas de Boca. También se instaló una explicación que con el tiempo quedó naturalizada: que el desastre había ocurrido porque la puerta estaba cerrada o porque los molinetes no habían sido retirados. Del otro lado, desde el barro de la rivalidad, también circuló otra versión: que el apretujamiento había sido provocado por los propios hinchas visitantes, que bajaron en masa, a las corridas, por una escalera oscura y resbalosa. Pero los testimonios, los peritajes y la reconstrucción posterior de los hechos fueron desarmando uno a uno esos relatos.
La tragedia de la Puerta 12 fue, antes que nada, una tragedia nacional. El dolor no tuvo camiseta. Y esa es una de las primeras certezas que hoy permite desarmar un mito que se repitió durante décadas.

No todos eran de Boca
La idea de que todos los muertos eran hinchas xeneizes forma parte de la historia mal contada de la Puerta 12. Con el paso de los años, distintos testimonios y documentos permitieron confirmar que no todas las víctimas eran de Boca. Al menos cuatro eran hinchas de River, uno simpatizaba con Racing y también murió un joven que jugaba en las inferiores de Independiente.
Uno de los casos más conmovedores es el de Alfredo Aldo Quintana, de 31 años. Su féretro fue velado en la Bombonera y envuelto con una bandera de Boca, pero antes de cerrar el cajón su familia le colocó sobre el pecho una gorra de River, el club del que era hincha. Algo parecido ocurrió con Gustavo Brancato, de 17 años, fanático de River y jugador de las inferiores de Independiente, que había ido al Monumental y terminó siendo una de las víctimas de la avalancha.
Ese dato no es menor. En aquellos años, ir a la cancha no siempre era una declaración de pertenencia cerrada a un club. También se iba a ver a un futbolista, a presenciar un clásico o simplemente a participar de un ritual popular que excedía la identidad de tribuna. La Centenario Alta, desde donde salieron la mayoría de las víctimas, era la tribuna visitante, pero también podía ser ocupada por hinchas de River que no eran socios o no podían pagar una platea.

La cifra oficial quedó corta
Otro de los grandes interrogantes que todavía sobrevuelan la tragedia es la cantidad real de fallecidos. La cifra oficial quedó fijada en 71 muertos, pero distintos registros periodísticos y testimonios de la época sugieren que fueron más.
Una semana después de la tragedia, el diario La Nación informó la muerte de Jaime Feldman, de 16 años, internado en el Hospital Fernández, con lo que el número ya superaba el registro inicial. A eso se suman otros casos como los de Juan Nicolás Oviedo y José María Vargas, también mencionados en medios de la época como víctimas fatales, además de Délfor Jesús Sueldo, cuyo nombre no aparece en algunos listados oficiales pese a haber sido velado en la Bombonera.
Incluso el entonces presidente de River, Julián William Kent, declaró en aquellos días que la cifra de muertos “llegaba a los 85”. Esa diferencia entre el número oficial y los nombres que aparecen en archivos y testimonios no es un detalle estadístico: habla del desorden, de la falta de precisión institucional y también de la forma en que la tragedia quedó encapsulada en una versión cerrada, casi inamovible, durante décadas.

La puerta estaba abierta y los molinetes habían sido retirados
Durante años, la explicación más repetida fue que la Puerta 12 estaba cerrada y que los molinetes seguían colocados, lo que habría provocado el embudo mortal. Sin embargo, los testimonios de decenas de hinchas y los peritajes posteriores apuntaron en otra dirección.
La puerta estaba abierta, aunque no completamente rebatida. Es decir: de los cuatro metros de apertura total, había una parte del paso —unos 92 centímetros— que estaba parcialmente bloqueada por la propia estructura plegada de la puerta. Los molinetes, en tanto, habían sido retirados y colocados a un costado, junto a un depósito, como se hacía habitualmente en ese sector del estadio.
Ese dato fue central porque derrumbó una de las explicaciones más cómodas del caso. La salida no estaba clausurada ni había un molinete frenando el avance. El problema, entonces, había que buscarlo en otro lado.
La hipótesis que apunta a la Policía
Con el paso del tiempo, la reconstrucción más consistente de lo ocurrido puso el foco en el accionar policial. Según decenas de testigos, un grupo de policías de a pie y varios agentes montados se apostaron demasiado cerca de la salida de la Puerta 12, lo que provocó un cuello de botella en el último tramo de la escalera.
Mientras algunos hinchas que llegaban abajo retrocedían para evitar los palazos o el avance de los caballos, desde arriba seguían empujando quienes no sabían qué estaba ocurriendo a ras del suelo. El resultado fue una trampa humana. La hipótesis más sólida sostiene que la mayoría de las víctimas murió asfixiada, aplastada en el último descanso antes de la salida, atrapada entre la presión de quienes querían salir y la de quienes, desde abajo, retrocedían.
La memoria popular terminó condensando esa sospecha en una consigna brutal, cantada por hinchas de River y Boca en el Superclásico siguiente: “No había puerta, no había molinete, era la cana que daba con machete”. En una sola frase, la tribuna resumió lo que la Justicia nunca terminó de asumir.
Una tragedia en tiempos de dictadura
La Puerta 12 no puede leerse por fuera del clima político y social de la época. Argentina estaba bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía, en un contexto de represión, censura y disciplinamiento. La Policía era una fuerza acostumbrada a la violencia y a la impunidad, y los operativos en las canchas no escapaban a esa lógica. Las corridas, los golpes y el hostigamiento al público visitante formaban parte de una rutina brutalizada que miles de hinchas conocían de memoria.
También circuló durante años la versión de que la Policía buscó frenar a los hinchas de Boca porque habían arrojado orina y materia fecal desde la tribuna o porque habían cantado la marcha peronista, prohibida durante el gobierno de facto. Ambas conductas, por desagradables o políticamente incómodas que fueran, eran habituales en las canchas de la época. Lo excepcional no era eso, sino la magnitud de la represión y el desastre que terminó provocando.
En ese contexto, señalar a la fuerza policial como responsable directo de la tragedia no era un camino sencillo. Y esa imposibilidad política e institucional ayuda a entender por qué el expediente judicial terminó buscando culpables en otro lado.
La causa judicial y el expediente sin responsables
Después de dos meses de investigación, el juez Oscar Hermelo ordenó la prisión preventiva de Américo Di Vietro y Marcelino Cabrera, intendente y capataz de River, respectivamente. También dispuso embargos millonarios contra ambos y contra el club. Pero la causa se cerró con una velocidad que, vista a la distancia, resulta tan llamativa como reveladora.
El 29 de noviembre de 1968, la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional sobreseyó definitivamente a los acusados y levantó los embargos. El fallo sostuvo que la puerta estaba abierta, aunque no completamente rebatida, y que ese factor no había sido la causa determinante de la tragedia. El hecho fue presentado como un episodio “fortuito, incalculable e incalculado”.
En la justicia civil ocurrió algo parecido. Los juicios por reparación patrimonial impulsados por familiares de las víctimas tampoco consiguieron establecer responsabilidades de fondo. La peor tragedia de la historia del fútbol argentino quedó así sin culpables, atrapada en una zona de nebulosa judicial y social que con los años se transformó en olvido.

La solidaridad por encima de la camiseta
En medio del espanto, hubo una respuesta que desbordó cualquier rivalidad. El dolor popular fue muchísimo más intenso que el fanatismo. Mientras la tragedia todavía se desarrollaba, cientos de personas se acercaron a donar sangre para asistir a los heridos. Antes de las seis de la tarde de ese mismo día ya se habían reunido 200 litros.
Boca puso a disposición el Salón Azul de la Bombonera para velar a parte de las víctimas, aunque la mayoría de los cuerpos fue despedida en sus casas, como era habitual en aquellos años. River también participó de homenajes y misas posteriores, incluso dentro de sus propias instalaciones, con presencia de dirigentes y familiares.
Esa reacción colectiva revela algo que la simplificación futbolera muchas veces tapa: la Puerta 12 no fue una tragedia de Boca ni de River. Fue una tragedia popular, un golpe al corazón de un país que vivía el fútbol como un espacio de pertenencia, pero también como una fiesta social y familiar.
La herida que todavía sigue abierta
Hoy, la vieja Puerta 12 es la Puerta M del Monumental. Una placa colocada en 2008 recuerda a las víctimas en ese rincón del estadio, sobre una pared que todavía conserva el peso simbólico de aquella tarde. Pero la memoria del hecho sigue siendo incompleta. La tragedia persiste en la historia del fútbol argentino como una herida mal cerrada, marcada por las dudas, por las zonas grises y por una verdad que durante mucho tiempo fue contada a medias.

Lo que ocurrió el 23 de junio de 1968 no fue apenas una avalancha ni un accidente desafortunado. Fue el resultado de una combinación letal de desorganización, violencia policial, negligencia e impunidad. Y también fue el espejo de una época: la de un país en el que el autoritarismo atravesaba incluso los rituales más populares, como una tarde de fútbol en el Monumental.
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