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Los Guardianes 3, la vuelta de Szifrón, una argentina y una italiana los estrenos de la primera de mayo

 

Marvel-Disney y James Gunn estrenan -¿la última?- de los Guardianes, Damián Szifrón retorna tras una década, llega una argentina de ciencia ficción y una austríaca llamada “Vera” son los cuatro estrenos que llegan la primera semana de mayo a las salas de Rosario. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.

 

“Guardianes de la Galaxia – Volumen 3”

 

James Gunn alguna vez fue “cancelado”, despedido y luego reincorporado a la saga de Guardianes de la Galaxia (en el medio se pasó a DC Comics para rodar El Escuadrón Suicida) y, analizando ya en su conjunto esta trilogía iniciada con el Volumen 1 de 2014 y el Volumen 2 de 2017, no es aventurado ni exagerado afirmar que se trata de una de las apuestas más logradas y hasta si se quiere con mayor búsqueda “autoral” dentro del MCU, ya que desde los guiones escritos por el mismo Gunn y su clara predilección por la comedia encontró un auténtico sello propio. En ese sentido, esta despedida a lo grande -con algo de El Arca de Noé- le agrega un dejo existencialista y melancólico a su ya habitual impronta desprejuiciada, irreverente y felizmente lúdica.

Y este regreso que es al mismo tiempo “el último baile” (literal) de Guardianes de la Galaxia llega también en momentos en que Marvel viene de varios (relativos) fracasos artísticos y económicos (siempre teniendo en cuenta las inversiones y expectativas, por supuesto) y en medio de la controvertida partida de la compañía de la argentina Victoria Alonso, quien todavía figura como productora ejecutiva de este tercer opus.

James Gunn alguna vez fue “cancelado”, despedido y luego reincorporado a la saga de Guardianes de la Galaxia (en el medio se pasó a DC Comics para rodar El Escuadrón Suicida) y, analizando ya en su conjunto esta trilogía iniciada con el Volumen 1 de 2014 y el Volumen 2 de 2017, no es aventurado ni exagerado afirmar que se trata de una de las apuestas más logradas y hasta si se quiere con mayor búsqueda “autoral” dentro del MCU, ya que desde los guiones escritos por el mismo Gunn y su clara predilección por la comedia encontró un auténtico sello propio. En ese sentido, esta despedida a lo grande -con algo de El Arca de Noé- le agrega un dejo existencialista y melancólico a su ya habitual impronta desprejuiciada, irreverente y felizmente lúdica.

Y este regreso que es al mismo tiempo “el último baile” (literal) de Guardianes de la Galaxia llega también en momentos en que Marvel viene de varios (relativos) fracasos artísticos y económicos (siempre teniendo en cuenta las inversiones y expectativas, por supuesto) y en medio de la controvertida partida de la compañía de la argentina Victoria Alonso, quien todavía figura como productora ejecutiva de este tercer opus.

Todo comienza con una larga secuencia en la que vemos la actualidad de los distintos Guardianes, mientras de fondo suena la versión acústica de Creep, el clásico de Radiohead, tema que dará inicio a un soundtrack casi sin interrupciones con canciones de Beastie Boys, Heart, The Flaming Lips, Bruce Springsteen, The The, Rainbow, Florence + The Machine, Faith No More, The Replacements, Spacehog, Earth, Wind & Fire y varios grupos y solistas más. Y esa actualidad no es precisamente la mejor, ya que, por ejemplo, el Peter Quill a.k.a Star-Lord de Chris Pratt apenas puede sostenerse en pie tras una nueva estancia -al parecer demasiado prolongada- en un bar.

Pero a los pocos minutos aparece en escena el poderoso Adam Warlock de Will Poulter y ya comienzan las luchas terrestres y aéreas. Ese personaje, pero también el misterio detrás de la historia del mapache transgénico Rocket (la voz de Bradley Cooper), que encima queda malherido y pasa a ser el alma del relato, y el reencuentro entre Peter Quill y una Gamora (Zoe Saldaña) que sufre de una amnesia total que obliga a resetear por completo la relación, son algunas de las subtramas que Gunn maneja con soltura y fluidez, más allá de que los 150 minutos (con títulos y dos escenas post-créditos incluidos) se sienten demasiado exagerados.

Todo concluye al fin, es cierto, y -como ocurrió con The Avengers- cada vez es más complicado reunir a tantas figuras para películas corales. Pero hay algo que va quedando claro: varios personajes, empezando por Star-Lord, tendrán en un futuro próximo su película stand-alone. El show debe seguir y la maquinaria comercial tiene que seguir recaudando. En todos los complejos.

 

 

“Misántropo”

 

Hace pocos días publicamos en este sitio una amplia entrevista en la que Damián Szifron explicó el contexto y las condiciones en que rodó Misántropo, pero -como dice una máxima de la industria audiovisual- “las excusas no se filman”, así que su esperada vuelta, con sus múltiples hallazgos pero también con sus carencias y limitaciones, ya está para ser analizada desde la butaca.

Szifron, que estuvo tres años lidiando con las miserias de Hollywood con el proyecto fallido de El hombre nuclear, escribió primero solo y luego con Jonathan Wakeham una historia que, aunque la propia gacetilla de promoción de la productora estadounidense habla de “la El silencio de los inocentes del nuevo siglo”, tiene una impronta cuestionadora y paranoica más propia de los thrillers setentistas de Sidney Lumet (Network: Poder que mata, El veredicto), John Schlesinger (Maratón de la muerte), Francis Ford Coppola (La conversación) o Alan J. Pakula (Asesinos S.A.). Por supuesto, si se la analizara desde una perspectiva más contemporánea, Misántropo podría dialogar a nivel narrativo y visual con, por ejemplo, el David Fincher de Pecados capitales y Zodíaco; o el Michael Mann de Fuego contra fuego y Colateral.

La película -ambientada en la siempre convulsionada Baltimore (aunque por cuestiones presupuestarias se rodó en el invierno de Montreal y hasta hubo una semana de rodaje adicional en Buenos Aires)- arranca con una secuencia extraordinaria: estamos en la noche de Año Nuevo y el cielo se inunda de fuegos artificiales. Pero son precisamente esos estallidos los que tapan el sonido de los disparon que llegan desde un edificio y empiezan a impactar en decenas de personas que se encontraban celebrando, bailando en terrazas, brindando en piscinas, consumiendo en lujosos penthouses. Esos primeros minutos, con su crescendo de sangre y de psicosis colectiva, están narrados de manera implacable, sin filtros y con una precisión quirúrgica.

Entre quienes llegan a la(s) escena(s) del crimen aparecen Geoffrey Lammark (Ben Mendelsohn), el veterano responsable regional del FBI, y Eleanor Falco (Woodley), una agente sin demasiado experiencia a la que vemos agobiada por la crudeza de cadáveres, sangre y escombros que ha dejado el tiroteo seguido de la explosión de una bomba.

Lo que sigue es una hora y media de relación maestro-alumna (la torturada y solitaria Eleanor irá demostrando una capacidad no menor para desentrañar misterios, descubrir secretos psicológicos y seguir pistas) en una típica estructura de gato y ratón con un asesino en principio misterioso, siempre huidizo y brutalmente impiadoso y letal.

El corazón del relato pasa luego por las internas dentro del FBI, la creciente intromisión de la política (funcionarios desesperados por las implicancias de las matanzas) y el papel casi siempre patético de los medios de comunicación. En ese sentido, por momentos Misántropo remite a The Wire (la mítica serie de David Simon también transcurre en Baltimore) en su exploración de la burocracia y las manipulaciones dentro de los servicios de seguridad y de inteligencia.

Por la temática (las matanzas en serie en lugares públicos que cada semana ocupan las tapas de los diarios), se trata de una película muy incómoda para los actuales estándares y sensibilidades de los Estados Unidos y, en ese sentido, puede entenderse que las primeras críticas en ese país hayan sido bastante negativas, mientras -en cambio- Misántropo fue saludada con entusiasmo por la mayoría de los medios franceses (ver imagen arriba) y en ese mercado debutó con la nada despreciable cifra de 100.000 espectadores en su primera semana en cartel. Lo que se dice, una auténtica grieta cinéfila.

Lo cierto es que, en su segunda mitad, la nueva película del director de El fondo del mar, Los Simuladores y Tiempo de valientes apuesta por un tono que es, vaya paradoja, su principal audacia y su mayor debilidad, ya que se aleja por completo de la idea tranquilizadora de un asesino monstruoso y finalmente desechable a-la-Hannibal Lecter para, en cambio, acercarse a sus traumas, sus motivaciones y exponer sus distintos matices. El problema es que en esa bienintencionada y al mismo tiempo riesgosa búsqueda de empatizar con el antagonista cae por momentos en una solemnidad, en diálogos demasiado recargados y explícitos hasta aquí inéditos en la filmografía de Szifron.

Con sólidas y contenidas actuaciones (Mendelsohn es por momentos más protagonista que una Woodley completamente alejada del glamour de una estrella), con un (otro) descomunal trabajo de ese brillante director de fotografía que es el argentino Javier Juliá (El último Elvis, Relatos salvajes, Argentina, 1985) y el a esta altura talento y virtuosismo impar para el encuadre y las “coreografías” de Szifron, Misántropo es un thriller de los que ya se hacen poco y que merece ser visto en salas (imagino que el impacto visual y emocional en una pantalla hogareña deber ser mucho menor). Si la calificación de esta crítica no es más alta no se debe solo a ciertos lugares comunes del guion y a cierta tendencia al subrayado declamatorio que surge en su parte final sino porque a directores de excelencia (y Szifron es, sin dudas, uno de ellos) se le exige un poco más que a los demás. En el Showcase, Cinépolis y Del Centro.

 

 

“Vera”

 

Vera Gemma es una celebridad en Italia. Es actriz, pero no son sus dotes para la actuación los que la hicieron famosa, sino su apellido y el lugar que tiene dentro del universo de cierto consumo irónico. Por un lado, Vera es conocida por ser la hija del actor Giuliano Gemma, mito de los spaghetti westerns. Pero también por su adicción a las cirugías estéticas, que la convirtieron en un meme automático. Esa era la imagen que tenían de ella los cineastas Tizza Covi y Rainer Frimmel, que nunca la pensaron como alguien con quien trabajar. Hasta que la conocieron. Lejos de sumarse a la claqué, realizan un retrato honesto que revela la humanidad detrás de la figurita. Una película libre y liberadora sobre una persona inteligente y divertida, transformada en víctima del mandato de belleza eterna que empuja a las mujeres a la obligación de verse siempre lindas y jóvenes, bajo la amenaza de ser olvidadas si no lo hacen. En los Cines del Centro.

 

 

“Máquina para ver el alma”

Valeria es una estudiante de doctorado en Física que investiga un tipo de energía desconocida hasta ese momento. El mundo académico y personal de Valeria se derrumba al chocar con un sistema que la subestima constantemente, pero al conocer a dos personas muy especiales comienza a encontrar un camino para su investigación, y para aceptarse a sí misma. En el Arteón.

 

 

Fuente: Diego Batlle, Otros Cines, Mar del Plata Film Fest, Cine Nacional.

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