
Las pantallas de televisión ya comenzaron la cuenta regresiva. Los programas deportivos analizan lesionados, posibles formaciones, candidatos al título y el estado físico de las principales figuras. En Argentina, las preocupaciones pasan por los futbolistas que llegan entre algodones al Mundial que organizarán Estados Unidos, México y Canadá. Lionel Scaloni sigue de cerca la evolución de varios jugadores importantes, mientras los hinchas comenzaron a llenar sus albunes de figuritas, a organizar reuniones y rituales futboleros.
Cada cuatro años ocurre algo parecido. El Mundial se convierte en una conversación colectiva capaz de atravesar edades, clases sociales e ideologías. Durante algunas semanas, buena parte del planeta habla un mismo idioma: el fútbol.
Pero reducir un Mundial únicamente a lo que sucede dentro de una cancha sería desconocer su dimensión cultural, social y política. Los grandes acontecimientos deportivos suelen funcionar también como una vidriera desde donde las sociedades discuten quiénes son, qué recuerdan y qué deciden olvidar.
En Argentina, esa reflexión adquiere una dimensión particular. Hace apenas unos meses se cumplieron cincuenta años del último golpe cívico-militar, la experiencia más oscura de la historia reciente del país. A pesar de los avances judiciales que permitieron condenar a responsables de delitos de lesa humanidad, los organismos de derechos humanos advierten sobre un retroceso en distintas políticas públicas vinculadas a la memoria, la verdad y la justicia.
La situación del Banco Nacional de Datos Genéticos, pieza fundamental para la búsqueda de nietos y nietas apropiados durante el terrorismo de Estado, aparece como uno de los ejemplos más mencionados. Su funcionamiento resulta indispensable para continuar una tarea que todavía está inconclusa: restituir identidades y garantizar el derecho a la verdad.
Si bien hubo avances recientes como el reconocimiento de personas en el centro de detención clandestino La Perla en Córdoba, también vale destacar que la justicia viene demorada en cuanto a las cuasas en donde los responsables civiles de la dictadura no hay sido juzgados como ser el caso de la causa de El Villazo.
Al mismo tiempo, persisten expresiones negacionistas que intentan relativizar o cuestionar los crímenes cometidos durante la dictadura. En las últimas horas, organismos de derechos humanos denunciaron la presencia de militares armados y vehículos del Ejército dentro del predio de la ex ESMA durante una actividad oficial, en una clara muestra de provocación a la memoria.
El hecho reavivó un debate que nunca desaparece del todo: cómo se construye memoria y qué señales envía el Estado respecto de su pasado.

En ese contexto aparece una iniciativa tan sencilla como potente. Abuelas de Plaza de Mayo decidió lanzar un fixture especial del Mundial para seguir difundiendo la búsqueda de los hombres y mujeres que aún no conocen su verdadera identidad. La propuesta aprovecha uno de los objetos más populares de cada Copa del Mundo para abrir preguntas que van mucho más allá del resultado de un partido.
Porque detrás de cada casillero para completar resultados hay una invitación a recordar que todavía existen nietos y nietas apropiados que faltan encontrar. Que la identidad es un derecho humano.
Que la memoria no pertenece únicamente a los aniversarios o a los actos oficiales.
La experiencia no es exclusivamente argentina. A miles de kilómetros de distancia, uno de los países organizadores de esta Copa del Mundo tiene una realidad atravesada por otro drama. México registra más de 130 mil personas desaparecidas y los organismos de derechos humanos mantienen una búsqueda constante para encontrar respuestas.
En las últimas horas, la agrupación H.I.J.O.S. México difundió una campaña que resume con claridad esa tensión entre celebración y memoria. “Nos gusta el fútbol, pero también sabemos lo que pasa en México”, afirman. El mensaje no busca enfrentar una pasión popular con una causa social. Por el contrario, intenta demostrar que ambas pueden convivir. Que se puede alentar a una selección y al mismo tiempo reclamar por los desaparecidos. Que disfrutar un Mundial no implica abandonar las preguntas pendientes.
Nos gusta el fútbol pero también sabemos lo que pasa en #México. Disfrutamos los partidos pero recordamos también a nuestros 130M #desaparecidos. No es contra el fútbol, es contra el olvido. / Píntate el “?” / Súmate, difunde y comparte. #mundialdefútbol pic.twitter.com/5sIaLFZPRF
— H.I.J.O.S. México (@HIJOS_Mexico) June 10, 2026
Tal vez allí radique una de las enseñanzas más valiosas de estas iniciativas. El problema nunca es el fútbol. El problema es el olvido.
Los Mundiales terminan. Las tablas de posiciones se archivan. Los goles quedan en la memoria deportiva. Pero las sociedades continúan enfrentando sus desafíos mucho después del pitazo final.
Por eso, mientras la pelota empieza a rodar y millones de personas vuelven a emocionarse frente a una pantalla, vale la pena recordar que también existen otros resultados que siguen abiertos. Algunos tienen que ver con la identidad. Otros con la justicia. Todos con la memoria.
Y quizá el verdadero desafío sea ese: aprovechar la enorme capacidad de convocatoria que tiene el fútbol para mantener vivas conversaciones que una sociedad democrática no puede darse el lujo de abandonar.

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