
El clima de época se estructura y retroalimenta en la idealización de la felicidad como objetivo y motor de vida, al punto que por momentos se convierte en un imperativo social: TENES QUE SER FELIZ.
Lejos de saber qué es la felicidad o de qué se trata en concreto, se puede deducir por aproximación que en líneas generales es todo lo contrario a lo que nos hace sufrir y, en suma, es también obtener o lograr todo aquello que anhelamos pero que aún nos falta.
De manera que, entendemos la felicidad por la comparativa entre el deseo y la realidad, la distancia entre la imagen mental de la vida y lo que en realidad la vida es. La felicidad se volvió complicada, enmarañada, lejana, de vitrina; la vemos a través de un cristal irrompible. La tenemos en frente pero no se puede tocar.
Cuando trabaje menos, cuando trabaje de lo que me gusta, cuando cambie de trabajo, cuando me case, cuando tenga hijos, cuando mis hijos sean grandes, cuando viva sol@, cuando me mude, cuando viaje… cuando cuando cuando.
La felicidad es ese objetivo que parece al alcance de la mano pero que siempre lo pateamos antes de atraparlo.
David del Rosario es un neurocientífico, investigador y divulgador especializado en neurociencia aplicada al bienestar y la vida diaria. Su trabajo se centra en cómo funciona el cerebro humano, el impacto de los pensamientos y las emociones en nuestra salud mental, y cómo la mente puede ser reprogramada para alcanzar un mayor equilibrio y felicidad. David sostiene “Yo no he encontrado mas sensación de felicidad que cuando reconozco que le estaba dando a un pensamiento la condición de hecho sin darme cuenta”.

Con este concepto, del Rosario ejemplifica que lo que verdaderamente nos aleja de la posibilidad de ser felices es lo que pensamos y elaboramos en torno a lo que idealizamos como felicidad, mientras no se materialice. Santiago Bilinkis teoriza en el mismo sentido: “Casi todas nuestras predicciones respecto a la felicidad están equivocadas”.
Y avanza un paso mas, explica que cuando cargamos a nuestros pensamientos con mensajes del tenor “vivir mas relajados”, “que fluya” o “bajar la guardia” nuestro cerebro entra en una encrucijada que lo deja regulando; ya que por conformación nuestro sistema nervioso central esta preparado para protegernos de peligros y actuar en situaciones de amenaza, darle la orden de apagar las alarmas es de alguna forma contra natura, derivando en una sobrecarga de trabajo -sin contar la contradicción de la que se encuentra víctima-.
“Deja tu cerebro en paz” exhorta David y lo resume muy sencillo, la felicidad se traduce realmente en liberación cuando advertimos que donde pensamos que había un problema realmente no lo hay; sino que pertenece todo a una construcción mental.
Lo cierto es que las cosas pasan, las buenas y las malas; tomar la decisión de cómo transitarlas es responsabilidad de cada uno. El significado a las circunstancias lo agregamos con preconceptos, educación, cultura, creencias. Cuando se le quita peso mental, se quita peso material.
Vivir liviano no es una frase vacía si como contenido le ponemos la responsabilidad de decidir cómo relacionarnos con los pensamientos y cómo gestionar las emociones. En definitiva, felicidad y libertad van de la mano. Emanciparnos de nuestros pensamientos es parte de la fórmula.
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