
Viajar hasta San Cristóbal para intentar reconstruir qué pasó en la Escuela Nacional 40 Mariano Moreno es también una especie de viaje en el tiempo. Salí desde Rosario un lunes a media mañana, cuando empezó a trascender a nivel nacional la noticia de que había habido una matanza: un alumno de edad de colegio secundario que le había disparado a otros compañeros, que había matado a un chico de 13 años y herido a otros siete u ocho. Significaba encontrarse con una historia por contar.
Al llegar a San Cristóbal, a unos 350 kilómetros de Rosario, la primera sensación es que es una ciudad en la que generalmente pasa muy poco, en la que se conocen todos y en la que una historia así va a dejar marcada una herida que quizás nunca se cierre. Un antes y un después.
En la plaza que queda a 50 metros de la escuela, al llegar —pasado el mediodía, con más de 35 grados— los chicos de la institución en la que se había producido la tragedia compartían un rato sentados en los juegos, en los bancos, e intentaban, cada uno a su forma, recordar cómo había pasado lo que había pasado. Tres alumnas de primer año, compañeras de Ian, contaron que se había acercado hasta el baño y que, justo en ese momento, Gino, de 15, estaba preparando la escopeta.

Estaba en el lugar equivocado en el momento justo. Las nenas dieron a entender —con apenas 13 años— y con una naturalidad que todavía sorprende, quizás porque no han terminado de digerir la noticia, que a un compañerito suyo le habían abierto la cabeza de un disparo con un escopetazo. Otros chicos, algo más grandes, de 15 o 16 años, contaron que Gino Corradini, el autor de los disparos, no había evidenciado ningún signo de que algo estaba por pasar, de que algo estaba por explotar.
Cuando se les consulta por un video que trascendió y se viralizó inmediatamente en redes sociales —en el que él aparece sobre el banco, sobre el pupitre, mientras le hacen burlas o lo patean desde atrás— lo minimizaron. Dijeron: “Sí, ese video puede haber sido como otros que hemos hecho entre nosotros”.
“Él no sufría bullying. Era un chico que jugaba al básquet; ni siquiera cuando le hacían faltas reaccionaba. Quizás sí había problemas en su familia, pero él no parecía evidenciarlos, al menos acá en la escuela. Era un alumno correcto y esto que pasó hoy no nos lo esperábamos”, comentaban.

Respecto al arma que utilizó Gino, una escopeta, todavía no está definida su pertenencia ni de quién era exactamente, pero se cree que era de su abuelo, con quien había ido algunas veces a cazar. A los chicos de esta ciudad, cuando se les pregunta por esa práctica, que puede resultar extraña para alguien que viene de una ciudad como Rosario, responden con naturalidad: “Sí, cazaba como cazábamos cualquiera de nosotros”. Acá es muy común salir a cazar con algún pariente, con alguien grande de la familia. “No es algo peligroso para nosotros”, contaron.
También hay un dato, todavía no confirmado, que indica que esa arma podría haber sido del actual novio de la madre de Gino, un jubilado policial. La madre es docente y tuvo alguna situación con carpeta médica, algo que, en ese ámbito, tampoco resulta inhabitual.
El padre, camionero de apellido Corradini, según muchos, era una figura conflictiva. Tuvo problemas de consumo de drogas y algunos incluso sugieren situaciones más graves vinculadas a estupefacientes. Ya no vive ni en San Cristóbal ni en la provincia de Santa Fe: reside en Paraná, Entre Ríos.

A esta hora, cerca de las ocho de la noche, la ciudad está en una tensa calma. Una ciudad que intenta digerir qué fue lo que pasó mientras convive con la presencia de móviles de canales de televisión y medios de todo el país que la muestran como escenario de una tragedia que no esperaban, y de la que todavía no alcanzan a dimensionar su magnitud.
No se sabe con precisión dónde se encuentra el autor de los disparos, pero se presume que está bajo custodia. Durante la tarde circuló que su propia madre habría firmado un permiso para que sea resguardado por fuerzas de seguridad o por el Ministerio de Justicia y Seguridad, con el objetivo de evitar un posible linchamiento o alguna reacción violenta.
En las primeras horas del anochecer se llevó a cabo una marcha, una presencia con velas frente a la escuela. Una institución que, a esta hora, cuando cae la tarde, presenta un panorama desolador. Las bicicletas de los chicos siguen donde estaban, en el bicicletero. Los vidrios de varias puertas están rotos: fueron los propios alumnos quienes los rompieron para escapar de los disparos. La cinta de peligro envuelve el edificio.
Dos patrulleros impiden acercarse del todo al tradicional e histórico establecimiento. Y hay una imagen que resume el impacto: la bandera sigue sin izarse. Está colgada del mástil y nunca pudo ser levantada. A las 7:11 fue cuando se produjeron los disparos, y la insignia nacional aún no había sido utilizada. En ese momento empezaron los tiros y todos salieron eyectados del lugar en el que estaban.

Queda también, como parte de lo ocurrido, la figura de un asistente escolar que, en la puerta del baño, al ver a Gino disparar y prepararse para recargar la escopeta, se abalanzó sobre él para impedir que volviera a tirar. Gracias a esa intervención hubo una víctima fatal, dos heridos graves y seis heridos más. Podrían haber sido muchos más.
Quizás algún día pueda contar esa historia.
Podrían haber sido más las víctimas de esta tragedia que envuelve a San Cristóbal, en el centro-norte de Santa Fe. Lo evitó la actitud de ese portero. Tal vez la justicia, en los próximos días, logre determinar la lógica detrás del hecho: si hubo bullying, si hubo algún tipo de planificación.
Siendo las ocho de la noche, en punto, una cantidad enorme de chicos, alumnos de la Escuela Mariano Moreno, con velas en la mano, empezaron a caminar desde la calle hasta las escaleras que llevan a la puerta del establecimiento.
En silencio, fueron dejando las velas en la escalinata y sobre el cordón de la vereda. La cinta de peligro sigue ahí. Los canales de televisión transmiten en vivo para todo el país este homenaje de la comunidad educativa y de todo San Cristóbal a Ian, en recuerdo de lo que pasó y con la idea de que no vuelva a pasar.

Con mucha timidez, algunos chicos, ya sin las cámaras cerca, siguen contando detalles de lo que vieron o escucharon. Algún compañero de Gino se anima a decir lo que por la tarde parecía una versión equivocada. Es decir, que ese video que trascendió, en el que supuestamente le hacían bullying, efectivamente podría haber sido una de las razones.
Y alguien más, dos compañeritas de Gino, aportan otra versión que hasta ahora no se conocía. Que el viernes pasado, incluso delante de otros compañeros, uno de ellos lo estaba cargando mucho por una cuestión menor de la escuela y él les dijo: “Los voy a matar a todos”. Eso fue el viernes. Varias de sus compañeras dicen ahora: “Mirá finalmente lo que hizo, lo vino a hacer y lo hizo”.
Lo cierto es que, a esta hora, un menor de edad —en el marco de una ley que cambió hace muy pocos días la edad de imputabilidad para delitos violentos— no podrá ser castigado ni encerrado, porque esa normativa recién entrará en vigencia el 5 de septiembre.
Es decir, hoy, este delito quedará impune.
Del mismo modo que ocurrió hace algunos meses con el caso de Jeremías Monzón, en la ciudad de Santa Fe, quien disparó y mató en un hecho que incluso quedó registrado en video. A partir de ese caso, la legislación nacional se modificó y cambió la edad de imputabilidad en delitos graves.
Sin embargo, por esas vueltas del destino, otra vez en la provincia de Santa Fe, un adolescente mata, pero no podrá ser penalizado por la ley.

Ya pasaron las nueve de la noche. De a poco, los vecinos y los chicos se van volviendo a sus casas. Termina marzo, pero por el calor y el sonido de las chicharras parece que fuera enero, al menos para quien viene desde el sur de la provincia.
Un grupo de tres mujeres charla en voz baja, como todos acá. Son docentes de la Mariano Moreno: “Lo pedagógico va a ser lo más complicado de acá en más. No sabemos cuándo podremos volver a la normalidad en el aula. ¿Cómo hacemos para que estos chicos puedan dar clase sin pensar en lo que pasó? Lo más importante va a ser la contención”, dicen, con sus rostros iluminados por la luz de las velas, que seguirán encendidas durante la noche.
En unas horas, será el turno de despedir a Ian en una sala velatoria. Y en los días que siguen, esta comunidad deberá aprender a seguir: “Nosotros nos caímos mucho con el cierre de los talleres ferroviarios en los años ‘90. Y ahora no sabemos hasta dónde va a llegar este dolor, pero seguro que nunca vamos a volver a ser los mismos. Será cuestión de volver a levantarse”, suelta ante este cronista una de las mamás de la escuela. Su hija, compañera y amiga del chiquito que murió, lloró durante la tarde en la plaza pero ahora a la noche se quiso quedar en casa. Es tiempo de descansar.
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