
Warner sigue expandiendo el universo de DC con un film que tuvo en el origen del proyecto al prolífico Mike Flanagan -quedó como coguionista junto a Hossein Amini (Drive)-, pero que por problemas de agenda terminó siendo dirigido por James Watkins (Eden Lake, La dama de negro, Atentado en París, No hables con extraños), y se llama “Clayface”. En “Pour le plaisir” Fanny y Tom llevan más de veinte años de matrimonio. Cuando ella le confiesa que nunca ha experimentado un orgasmo, ambos emprenden una inesperada aventura para reinventar su vida íntima. Con Alexandra Lara y François Cluzet. “…que Dios perdona a todos”, “Querés ser mi hijo” con Wanda Nara, “El poder de la red” en la que Frances Haugen (Mikey Madison) filtra documentos de Facebook al periodista Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) mientras Mark Zuckerberg (Jeremy Strong) se prepara para testimoniar ante el Congreso, en esta secuela de «La red social». “Terror en el Amazonas”, y la italiana “ que Dios perdona a todos”, son los estrenos de esta anteúltima semana de octubre, y aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.
“El poder de la red”

Esto no es una película de Frank Capra», le dice Frances Haugen (Mikey Madison) a Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) en uno de los tantos encuentros que tienen en secreto. «No pensé que conocieras a Capra», le dice Jeff, periodista del Wall Street Journal que está haciendo una investigación sobre las problemáticas prácticas de Facebook. «Sí, vi sus dos películas», dice Frances, seguramente refiriéndose a Sucedió una noche (It Happened One Night, 1934) y ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946). Ella trabaja en esa compañía y funciona como la informante principal del periodista, la que conoce dichas prácticas de primera mano y, sobre todo, tiene acceso a los documentos internos. «Hizo muchas otras películas», le responde Jeff, que ocupa su poco tiempo libre viendo clásicos de Hollywood. «No solo esas dos».
La referencia no es casual. Horwitz no las menciona pero bien podría estar hablando de El secreto de vivir (Mr. Deeds Goes to Town, 1936), Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, 1939) o Juan Nadie (Meet John Doe, 1941), quizás las películas más politizadas de Capra, las que enfrentan al «hombre común» en una cruzada contra los poderosos, films clásicos de esos que suelen incluir emotivos discursos frente a grandes auditorios —el Congreso, un tribunal— y un triunfo, muchas veces pírrico, de esa persona normal que se atrevió a enfrentarse a la corrupción. A su modo, Aaron Sorkin intenta inscribir a El poder de la red en esa tradición casi centenaria, mostrando cómo el mundo de la alta política y las empresas siguen, con diferentes métodos, manipulando las vidas de la gente de a pie.
Frances no es, de todos modos, una usuaria común de Facebook. Pero sus amigas lo son. Y lo que la lleva, de a poco, a atreverse a contar los secretos algorítmicos de la empresa en la que trabaja es ver cómo una de ellas —en una cruda escena que se nos muestra al inicio de la película— pasó de ser una joven progresista en una ferviente militante de la ultraderecha más cruenta. Su giro ideológico no es casual y Frances lo sabe, conoce los mecanismos que la han «convertido». Pero, por más que trabaje en el departamento de Integridad Cívica de la compañía, nadie en Facebook le presta atención alguna. Es que nadie allí quiere escuchar —mucho menos Mark Zuckerberg (Jeremy Strong)— a personas que pongan palos en la rueda, que quieran limitar el negocio por «asuntos de conciencia».
En una historia que transcurre entre 2019 y 2021 —y que se inspira en una investigación real, más allá de muchas alteraciones cinematográficas—, Frances terminará contactando a Horwitz, uno de los últimos periodistas de investigación que parecen seguir trabajando en los cada vez más vaciados medios gráficos tradicionales. Es la única que lo hace y, a partir de esa tímida y reticente conexión, el periodista —y por interpósita persona, los espectadores— irá desentrañando cómo esa red social y las otras que son parte de la misma empresa (Instagram y Whatsapp, entre otras) han ido favoreciendo cada vez más los llamados «discursos de odio»: contenidos agresivos, violentos y muchas veces falsos que generan mucho más «engagement» o participación de los usuarios, quienes pasan más y más tiempo likeando y compartiendo ese tipo de material que cualquier otro más tradicional como nacimientos, bodas o cumpleaños, que fueron los motores de la compañía en sus inicios.
La película tendrá una estructura similar a la de muchos thrillers de investigación de la escuela Todos los hombres del presidente, aunque con un marco más empresarial que político y con un poco menor riesgo de vida para todos sus participantes. A la par de la relación entre ambos y los secretos que Frances va descubriendo y compartiendo con Jeff, Sorkin mostrará tiempo después al propio Zuckerberg preparándose para una de sus tantas apariciones públicas en la que testimoniará ante el Congreso, siendo coacheado para parecer un poco más humano de lo que habitualmente se lo ve. La tarea es difícil, claramente, y se complica aún más por un par de hechos que suceden —y aquí Sorkin extrema las casualidades— casi al mismo tiempo: la inminente publicación de la investigación de Horwitz en el periódico y un pequeño problemita político que tuvo lugar en el Capitolio en enero del 2021, uno en el que redes sociales como Facebook no solo fueron parte importante sino, en cierto modo, instigadoras.
El poder de la red funciona como una suerte de secuela de La red social, la película que Sorkin escribió (y David Fincher dirigió) en 2010, cuando Facebook recién comenzaba y se empezaba a convertir en una fuerza cultural dominante. Esta historia transcurre un poco más de una década después pero en cierto sentido ya quedó un tanto vieja. En los últimos dos o tres años, tanto el regreso al poder de Donald Trump y la libertad que les dio a todas las redes sociales para no ejercer control alguno sobre lo que se publica en sus sitios como el crecimiento de la Inteligencia Artificial para generar una nueva serie de problemas e inconvenientes, dejan a esta película como un recuerdo de una época —el film está atravesado por la pandemia y toda la desinformación que circuló al respecto— en la que el mundo entero empezó a sentir en carne propia la potencia destructiva de la promoción de fake news en Facebook y de todo tipo de contenido agresivo en Instagram, con sus conocidas consecuencias.
Sorkin es mejor guionista que realizador y el film se resiente por la falta de un cineasta que sepa dotar de energía kinética a sus escenas. Es que el hombre tiende a enamorarse de sus diálogos y por momentos los personajes dejan de ser personas de carne y hueso para transformarse en portavoces de ideas, inteligentes máquinas discursivas que no tienen mucha relación con el mundo real. De hecho, los tres protagonistas de El poder de la red son, a su modo y con sus diferencias (en el caso de Zuckerberg y debido a la excesiva y mimética personificación del actor de Succession, se nota aún más), personajes alienados, ensimismados en sus investigaciones, sus datos o sus beneficios. La película por momentos peca del mismo efecto de pecera. Se ven los disturbios de 2021 y se habla de los problemas con la desinformación durante la pandemia, pero raramente se las siente del todo reales. De hecho, ni siquiera se les pone nombre a las cosas. Ni una sola vez se escucha la palabra «Donald Trump» en todo el film ni la de ningún otro —salvo Zuckerberg— personaje implicado en todos estos asuntos.
Más allá de esas características que impiden que The Social Reckoning sea algo más que una película de denuncia clásica —se nota la ausencia de Fincher o de algún otro director con un pulso cinematográfico más preciso—, Sorkin logra interpelar a los espectadores a partir de las específicas revelaciones que su película hace respecto a las prácticas de Facebook y de otras redes sociales. Si bien se trata de una información conocida por todos aquellos interesados en cómo se manejan estas compañías, la película sirve para amplificar cómo es que esa empresa fue manipulando a sus usuarios haciendo crecer los contenidos agresivos y falsos que generan más y más engagement. Y por qué no le interesa para nada dejar de hacerlo.
DIEGO LERER. Micropsia.
“Clayface”

Justo cuando empiezo a escribir estas líneas (me demoré en hacerlo por acumulación y diversificación laboral) se publican las primeras críticas de Clayface en el exterior y muchas son negativas. La desprecian justamente por lo que a mi -alguien que en general tiene bastantes diferencias con las películas de DC y la reciente Supergirl le pareció fallida- me gustó: que es demasiado gore, que es demasiado sencilla, que es demasiado cómica para abordar el surgimiento de un villano… En mi caso, la percibí como una apuesta orgullosamente sangrienta (hola Sam Raimi), como un exponente por momentos muy logrado del body horror (hola David Cronenberg) y a nivel estético como un film que bebe de las raíces más puras del comic y no tanto de la solemnidad, del virtuosismo y de las grandes ambiciones de, digamos, las Batman de Christopher Nolan.
Watkins no es reconocido como un autor de prestigio dentro del cine de género, pero sí como un artesano que suele cumplir con eficacia y dignidad. Aquí va un paso más allá con un film que no necesita de una historia retorcida y rebuscada ni de un aluvión de guiños cómplices y de easter eggs para resultar un entretenimiento disfrutable y que de forma inteligente se ubica a mitad de camino entre la identificación plena con el protagonista (al fin de cuentas se irá transformando en un monstruo), la mera ridiculización o una exaltación con pretensiones de sátira política a-lo-Joker.
Tom Rhys Harries es Matt Hagen, un actor carilindo que está en pleno ascenso y con destino de estrella de Hollywood. Justo cuando recibe la noticia de que ha sido nominado al premio Oscar y está a punto de iniciar la producción de su nueva película, va a una fiesta con su amigo Corey Bowery (Joshua James) y termina siendo seducido por la muy atractiva Mia (Joana Ribeiro), con quien terminará en la cama. Gravísimo error. La joven es la novia de Markos Szabos (David Dencik), un gangster que maneja con mano dura el submundo sórdido de una Gotham City siempre húmeda y roñosa, y -junto a sus matones- le desfigurará el rostro a navajazos. Para colmo de males, una arrasadora campaña de desprestigio mediático lo convertirá en un paria.
Sumido en la depresión, con su prometedora carrera hecha añicos y luego con ansias de venganza y una sanidad mental cada vez más en riesgo, Hagen encontrará en la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), una brillante científica que investiga de forma experimental (sin autorización y ahora sin fondos) en nanotecnología, la única alternativa para reconstituir su cara. En un principio, la técnica da resultados asombrosos (es muy buena la escena en la que irrumpe en la alfombra roja de un film del que había sido desplazado), pero pronto se comenzarán a apreciar los efectos secundarios (excelente la secuencia a bordo de un avión en medio de fuertes turbulencias). De hecho, hay varios pasajes que están muy bien filmados pero con situaciones tan extremas que un espíritu tan impresionable como el mío debió taparse más de una vez la cara y espiar por entre los dedos.
Matt y Caitlyn pasan cada vez más tiempo juntos y se obsesionan con el otro, pero no solo porque él es el conejillo de Indias para las pruebas y ella, la posible salvación para ese hombre deforme, sino porque la creciente atracción mutua es evidente. El problema es que Caitlyn es la pareja de John Borrelli (Max Minghella), el detective bienintencionado y bonachón que intenta investigar los hechos en medio de un sistema corrupto.
Clayface nació en 1940 (ya es un anciano de 86 años) y nunca fue de los villanos más populares del universo de Batman, pero con esta película emerge como un personaje atractivo y con un gran potencial. No estamos ante una película extraordinaria, pero sí una bienvenida sorpresa dentro de un universo que no suele regalarlas en abundancia. Aunque los colegas extranjeros aseguren que se trate de un film muy menor, desde aquí nos posicionamos esta vez en contra del consenso y la recomendamos sin euforia desmedida pero con sinceridad.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
“Querés ser mi hijo?”

Que a esta altura de la producción nacional tantas compañías de las dimensiones de Amazon MGM Studios, IP4 Media, Zeppelin Studio, Cimarrón Cine, FilmSuez y Telefe Studios se hayan asociado para y apostado por una comedia tan pobre, superficial y estereotipada llama mucho la atención y que además el resultado final sea tan poco gracioso, con una narración tan poca fluida, con actuaciones tan poco convincentes, se debe -sobre todo- a la falta de magnetismo, de expresividad y de timing para brillar en la pantalla grande de una figura mediática sobre la que se montó el proyecto y se basó su promoción: Wanda Nara.
Nara interpreta a Lucía, una mujer de 42 años que desde hace 15 vive con Salvador (Jean Pierre Noher), un machirulo chanta, manipulador e infiel que, al ser descubierto en un affaire con una amiga de la pareja, termina mandando a la protagonista (sí, se va ella) a un monoambiente en San Telmo en el que los vecinos escuchan cumbia hasta cualquier hora y a todo volumen.
Obligada a encontrar un trabajo para auto-sustentarse, Lucía se sumará con el apoyo de su mejor amiga Magui (Charo López) a una serie de entrevistas laborales para ingresar en un cargo jerárquico a una poderosa y conservadora corporación mediática especializada en coberturas deportivas. Las mentiras que acumula en las presentaciones la obligarán a inventar una vida familiar que no tiene y finalmente convencerá a su ruidoso vecino Javier (Agustín Bernasconi), un mujeriego veinteañero, para que se haga pasar por su hijo en las distintas instancias del proceso de selección, que incluye desde actividades sociales varias hasta encuentros al aire libre (como jugar al pádel) para que sus posibles conozcan mejor a la aspirante.
Mientras que los ejecutivos y su rival en la disputa por el codiciado puesto comenzarán a percibir que no todo lo que Lucía dice y hace es verosímil, la tensión romántica con su “hijo” Javier irá in crescendo (habrá, claro, alguna escena erótica), mientras el patético Salvador no tardará en volver con la idea de reconquistar a su ex.
Si leer esta sinopsis extendida no les genera ninguna sorpresa ni motivación es porque el film transita carriles siempre previsibles y superficiales con una narración torpe a la que ni siquiera las inclusiones musicales ni las habituales escenas de transición hiper editadas logran darle algo de ritmo y fluidez. A las y los fans de Wanda poco le importarán reseñas como esta e irán (¿en masa?) a ver ¿Querés ser mi hijo? Quienes no sientan particular interés por Nara, probablemente coincidan con la valoración de esta indefendible película.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
“Terror en el Amazonas”

Las películas de terror que apuestan a la zoofobia son un subgénero cuyo disparador más habitual son los tiburones, que producen una buena cantidad de películas al año. Pero también las hay dedicadas a otras especies, que el sentido común percibe como siniestras, por lo general insectos o reptiles. Dentro de esta última familia sobresalen las serpientes, que en el último año aportaron dos títulos protagonizados por enormes boas constrictoras amazónicas. Una fue la remake de Anaconda (1997), esta vez en clave de comedia, con Jack Black y Paul Rudd al frente del elenco, estrenada en la Navidad de 2025.
La otra es Terror en el Amazonas, que con leves modificaciones abreva en la misma leyenda que habla de una serpiente de dimensiones colosales, habitando el corazón de la selva sudamericana. Uno de los cambios que propone es trasladar la historia de Brasil al territorio colombiano, donde una misión de médicos voluntarios remonta el río para brindar sus servicios a los pobladores de aldeas remotas. En una de ellas se cruzan con otra expedición, que estudia la región en busca de trazar futuras autopistas. La mala onda entre una joven doctora y un recio explorador no tarda en manifestarse de la peor forma, con el daño colateral de despertar la ira de Boiúna, una mítica serpiente protectora de la selva que, como en el cuento de Horacio Quiroga titulado justamente “Anaconda”, encarna el espíritu protector de lo salvaje ante la amenaza humana.
Película de clase B muy consciente de su categoría, Terror en el Amazonas sin embargo se atreve a proponer algunas variantes que la apartan un poco de la matriz que suele regir los guiones de este tipo de películas. En ellas los arquetipos siempre están definidos con claridad, de modo que de inmediato es posible identificar al héroe, a la víctima fácil o al arrogante infumable que merece ser despanzurrado por el monstruo de turno. Para empezar, acá los personajes están delineados para mostrarse humanos, ser falibles bajo presión o capaces de redimirse, sin importar su país de nacimiento, su origen étnico o social ni su ralea. En ese sentido la película se reserva algunas sorpresas.
Eso no significa que Terror en el Amazonas sea una obra que perdurará en la memoria más allá de las pizzas y las cervezas compartidas con amigos después de la proyección. Por el contrario, se trata de una película menor a la que, sin embargo, su autoconciencia de clase (B) le permite abrazar el costado más lúdico de este tipo de producciones. Eso es lo mejor que tiene para ofrecer, ese espíritu cercano a las maratones televisivas de los Sábados de Superacción. Es cierto que no es mucho y quizás no alcance. Pero algo es algo.
JUAN PABLO CINALLI. Página 12.
“Buenas vibraciones”

Pese a compartir título con una de las más reconocidas canciones de los Beach Boys, no es Buenas vibraciones una biografía de la banda californiana. Es algo así como una mezcla entre comedia sexual adulta, crónica de la invención de un revolucionario juguete sexual y tontuela farsa de equívocos que sigue a una pareja casada hace veinte años cuya vida cambia cuando el marido se entera que su mujer jamás ha tenido un orgasmo. Aunque no lo parezca, esta película francesa se inspira en un caso real.
Todo empieza cuando Fanny (Alexandra Lara) va a visitar a una sexóloga (interpretada por la mismísima realizadora, la también actriz Reem Kherici) y le cuenta, en voz muy baja, que no conoce lo que es el orgasmo. La mujer le pide que lo diga a los gritos hasta que la escuchen todos los que están en la lista de espera, dando pie a la primera de las muchas situaciones supuestamente bochornosas que se verán a lo largo del film. La confesión es una liberación, ya que parece que recién ahí Fanny —que ronda los 50 años— se entera que eso es algo que les sucede a muchas mujeres.
Fanny llega a su casa tras haber comprado varios objetos sexuales. Y su marido, un ingeniero desocupado llamado Thomas (François Cluzet), se topa con ellos de manera previsiblemente absurda, y le pregunta a qué se debe su compra. Cuando finalmente su mujer le cuenta su situación, Thomas siente una mezcla de fastidio por no haberlo sabido antes y cierta vergüenza o culpa por sentir que es por su culpa, que él no ha hecho lo suficiente. A la par de todo esto, la situación económica familiar los está forzando a vender la bella casa en la campiña en la que viven.
De ahí en adelante, mientras Fanny sigue su curso de sexualidad con otras mujeres en similar situación, la pareja experimenta con prácticas nuevas y una decena de bochornosos equívocos se acumulan —con su incómoda hija, especialmente—, Thomas empezará a pensar en crear él mismo un juguete sexual que pueda darle placer a su mujer y a todas las que deseen usarlo. Y lo más lógico será ir probándolo con su esposa.
Pour le plaisir parece combinar dos tipos de película en paralelo en sus breves 88 minutos de duración. Hay una que es tierna y cándida, una historia de amor adulto entre una pareja que se quiere y que llegó a los 50 y pico de años con más rutinas que descubrimientos. La «novedad», al menos para Thomas, de que su mujer jamás tuvo un orgasmo, termina revitalizando la pareja, haciéndolos buscar una solución que los libere de ciertas tensiones.
A la par de ese relato más amable en la que el sexo ocupa un lugar lúdico y de descubrimiento, Kherici procede a acumular una serie de chistes y bromas propios de una comedia adolescente en plan American Pie: penes y vaginas atrapados en situaciones incómodas, masturbaciones que escuchan hasta los vecinos (Nota: ojo con el Bluetooth), un sex club que no les sienta nada bien a la pareja y otras situaciones en las que los descubrimientos sexuales de Fanny, los prototipos de Thomas o las prácticas de los dos terminan abochornando a medio mundo.
A la par de ese relato más amable en la que el sexo ocupa un lugar lúdico y de descubrimiento, Kherici procede a acumular una serie de chistes y bromas propios de una comedia adolescente en plan American Pie: penes y vaginas atrapados en situaciones incómodas, masturbaciones que escuchan hasta los vecinos (Nota: ojo con el Bluetooth), un sex club que no les sienta nada bien a la pareja y otras situaciones en las que los descubrimientos sexuales de Fanny, los prototipos de Thomas o las prácticas de los dos terminan abochornando a medio mundo.
DIEGO LERER. Micropsia
“Heidi, El rescate del lince”

En lo más alto de los Alpes suizos, Heidi vive feliz con su abuelo, disfrutando de la naturaleza y la libertad de la montaña. Cuando recibe una invitación para pasar el verano en la costa, la emoción de la aventura la ilusiona, pero todo cambia al encontrar un lince herido. Decidida a ayudarlo, cuenta con el apoyo de su mejor amigo Pedro para cuidarlo y devolverlo con su familia en la montaña. Sin embargo, un empresario ambicioso amenaza el bosque con un aserradero y trampas para los linces, poniendo en peligro todo lo que aman.
“…que Dios perdona a todos”

La filmografía del cineasta siciliano Pif (Pierfrancesco Diliberto), cuyo último trabajo, …que Dios perdona a todos, acaba de estrenarse en salas locales, registra algunas características llamativas. Como director, Pif ha rodado un total de cuatro películas, reservándose en todas ellas el rol protagónico y encargándose de la escritura de los guiones siempre en equipo con su colega Michele Astori. En todas ellas el protagonista se llama Arturo, la coprotagonista femenina casi siempre se llama Flora y todas las historias transcurren en Palermo, la capital de Sicilia, su paese. Cada uno de esos detalles se cumple a rajatablas en su trabajo más reciente.
Esta vez Arturo es un vendedor inmobiliario, aunque su pasión son las tortas y confituras, en especial las propias de la cocina siciliana, como los cannoli y las cassata. Un día, gracias a su oficio conoce a Flora, la hija del pastelero más famoso de Palermo, que busca un local para abrir su propia pasticceria, y se enamora de ella por todas las razones posibles. El inconveniente es que Flora es una ferviente católica y él un agnóstico convencido, pero ante la necesidad de ella Arturo hará todo lo posible por convertirse en un creyente ejemplar. A partir de eso la película acumula situaciones humorísticas de variada efectividad, generalmente resueltas sobre las herramientas del costumbrismo.
Otra característica que distingue a …que Dios perdona a todos dentro de la filmografía de Pif, es que sus acciones tienen lugar en el presente. Hasta ahora, sus trabajos previos se desarrollaban en el pasado, como en La mafia solo mata en verano (2013) y A la guerra por amor (2016), que transcurrían en las décadas de 1970 y 1940 respectivamente, o en un futuro próximo, como en Arturo y el algoritmo (2021). Ese detalle le permite al director y guionista incluir subtramas que remiten a la realidad italiana actual, como las crisis migratorias o la corrupción política, aunque siempre de forma lateral y sin mayor profundidad.
Pero lo más notorio de …que Dios perdona a todos es la inclusión del Papa Francisco como personaje dentro de la ficción, a partir de un disparador propio del realismo mágico al que la película adscribe. Acá el fallecido pontífice oficia como consejero espiritual de Arturo, a quien el protagonista le consulta todo y en quien se apoya para evacuar las dudas que genera esa fe que ahora abraza de forma radical, creándole problemas inesperados. Interpretado con acierto por el español Carlos Hipólito, la presencia de Francisco no solo le aporta sentido y dirección al cambio de rumbo en la vida de Arturo, sino que le permite jugar con algunos argentinismos. Aunque no deja de resultar esquemática e incluso moderadamente conservadora, la película puede resultar una alternativa simpática para los seguidores de cierto cine europeo.
JUAN PABLO CINELLI. Página 12.
Fuente: Otros Cines, Página 12, Micropsia.
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