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El precio del ideal

Victoria’s Secret y la guerra contra la belleza perfecta, ¿ya no nos atrevemos a soñar?

El regreso de los ángeles reabre una discusión sobre los estereotipos, la diversidad corporal y los límites entre el espectáculo de la moda y las exigencias que recaen sobre las mujeres.

Foto: Kevin Tachman para Victoria’s Secret

El Victoria’s Secret Fashion Show fue, desde sus inicios, una de las pasarelas más emblemáticas para quienes se dedican a la moda o admiran la industria. Sin importar la época, la marca no solo vendía lencería. Vendía un concepto, casi inalcanzable. Porque nunca se trató únicamente de ropa interior, sino de la imagen de un tipo de mujer: cuerpos esculturales, caras perfectas, pieles sin imperfecciones y alas que terminaban de convertir a las modelos en una especie de diosas. Los ángeles de Victoria’s Secret no eran mujeres comunes. Ese era, precisamente, el punto.

Con el paso del tiempo, parte de la sociedad cambió su manera de pensar y de observar los cuerpos ajenos. A partir de esas transformaciones culturales, la fantasía empezó a entrar en conflicto con una realidad que ya no aceptaba sus reglas sin cuestionarlas. La imagen de la mujer perfecta, representada por el ángel de Victoria’s Secret, comenzó a ser objeto de críticas.

Los estándares de belleza de la marca, la falta de diversidad corporal y la distancia entre las mujeres que aparecían en la pasarela y aquellas que estaban sentadas en sus casas mirando el espectáculo pusieron sobre la mesa una discusión acerca de los estereotipos que habían sido celebrados durante décadas sin demasiados cuestionamientos.

De pronto, todo lo que había representado el ideal de belleza empezaba a ser señalado como parte del problema.

Victoria’s Secret tuvo que desaparecer por un tiempo del centro de la escena. Las alas, los brillos y las luces quedaron guardados durante varios años, hasta que la empresa intentó encontrar la manera de adaptarse a una nueva época. El mundo de la moda se perdió uno de los shows más emblemáticos de los últimos tiempos. Y, cuando la marca estuvo preparada para volver, apareció una nueva contradicción.

Todo lo que había representado el ideal de belleza empezaba a ser señalado como parte del problema

Foto: Kevin Tachman para Victoria’s Secret

¿Qué pasa cuando una fantasía deja de ser una fantasía?

El domingo 18 de octubre, las pantallas se tiñeron de rosa con una nueva edición del Victoria’s Secret Fashion Show. Una vez más, las modelos volvieron a desfilar bajo la mirada de millones de personas, pero esta vez las decisiones creativas de la marca también quedaron en el centro de la discusión.

Una de las figuras que concentró la atención fue la empresaria e influencer Kylie Jenner, elegida no solo para lucir las alas de ángel, sino también el Fantasy Bra. Esa prenda representa uno de los símbolos más reconocibles del desfile y había estado ausente de las últimas ediciones.

La imagen de Jenner encaja en gran parte con los códigos estéticos que históricamente definieron a la marca: una belleza trabajada al detalle, una apariencia cuidadosamente construida y una presencia que parece diseñada para ser observada. Sin embargo, su participación también abrió otro interrogante: ¿qué significa hoy ser un ángel y qué lugar ocupa el ideal de belleza que Victoria’s Secret supo convertir en espectáculo?

Quizás el problema no sea Kylie. Quizás tampoco sea la inclusión. Quizás el problema esté en las expectativas que se depositaron sobre la marca y en la dificultad de reconciliar dos deseos que parecen contradecirse constantemente.

Kylie Jenner en el Fashion Show con el Fantasy Bra valuado en $50 millones, es el más valioso jamás hecho

Jenner encaja en gran parte con los códigos estéticos que históricamente definieron a la marca

Por un lado, queremos ver cuerpos reales y diversos. Queremos ver mujeres que representen la vida cotidiana y sentir que, seamos quienes seamos, tenemos la posibilidad de identificarnos con aquello que vemos. Queremos que la industria deje de imponer una única forma de ser bella.

Por otro lado, está la fantasía. Los admiradores de la moda extrañamos la espectacularidad de esos desfiles en los que todo parecía exagerado, perfecto e imposible.

Esta contradicción refleja una tensión de nuestra época. Queremos que la moda esté cerca de la realidad, pero también esperamos que nos permita escapar de ella. Porque ¿qué sería de la fantasía si tuviera que parecerse exactamente a nuestra vida cotidiana?

La moda siempre tuvo algo de arte. Los vestidos, las siluetas exageradas, los maquillajes teatrales y las puestas en escena monumentales no necesariamente buscan reproducir la realidad. Muchas veces buscan transformarla, crear un universo paralelo en el que la belleza funciona con otras reglas. El problema empieza cuando ese universo deja de percibirse como una construcción estética y comienza a presentarse como un modelo que las mujeres deberían alcanzar.

Foto: Kevin Tachman para Victoria’s Secret

Durante mucho tiempo, los ángeles de Victoria’s Secret habitaron esa frontera. Eran personajes de una puesta en escena, pero también se convirtieron en referentes de belleza para millones de personas. La fantasía y la realidad se mezclaron hasta el punto de que resultaba difícil distinguir dónde terminaba el espectáculo y dónde empezaban las exigencias sobre los cuerpos de quienes observábamos las pasarelas.

Crear un universo paralelo en el que la belleza funciona con otras reglas

Hoy, cuestionar esos estándares no significa necesariamente querer que desaparezca el mundo de fantasía. También puede significar querer disfrutar de él sin sentir que estamos frente a un jurado de Miss Universo, dispuesto a juzgar cada paso que damos.

Y es en ese punto donde aparece una pregunta incómoda: ¿es posible admirar una belleza que no se parece a nosotros sin convertirla en una exigencia? ¿Podemos entender la pasarela como un espacio de exageración, artificio y espectáculo sin asumir que las imágenes que vemos allí representan la realidad de todos los cuerpos?

Quizás el desafío de Victoria’s Secret no consista en elegir entre el antes y el ahora, ni en decidir si sus ángeles deben parecer reales o inalcanzables. Tal vez consista en construir una fantasía que no dependa de excluir otras formas de belleza para existir.

No hay nada malo en querer ser deslumbrante, en disfrutar del maquillaje, en admirar un cuerpo trabajado y cuidado o en soñar con una imagen angelical. El problema empieza cuando una sola versión de esa belleza ocupa todo el espacio y las demás quedan relegadas. Y este es un problema que también atravesó a otras figuras de la industria.

Barbara Palvin desfiló para Victoria’s Secret a tan solo 6 semanas de haber sido mamá

El desafío de Victoria’s Secret no consista en elegir entre el antes y el ahora

Un ejemplo es el de Barbara Palvin, cuya incorporación a Victoria’s Secret fue presentada como un avance hacia una mayor diversidad de cuerpos. Sin embargo, su caso también generó una discusión sobre los límites de esa inclusión: una modelo que seguía respondiendo a muchos de los estándares tradicionales de belleza podía convertirse en símbolo de diversidad por tener un cuerpo que se alejaba de la extrema delgadez asociada históricamente a las pasarelas.

La cuestión no pasa por discutir cuánto pesa una modelo ni por establecer qué cuerpo debería ser considerado de una u otra manera. El problema aparece cuando una representación limitada de la diversidad se presenta como si fuera suficiente. Porque, si un cuerpo que continúa respondiendo a buena parte de los ideales hegemónicos se convierte en la principal imagen de inclusión, ¿cuánto espacio queda para todas las demás formas de belleza?

La brasilera fue ángel de Victoria’s Secret durante décadas

Quizás queremos cuerpos reales y, al mismo tiempo, seguir soñando con lo imposible. Quizás esa contradicción no esté en los fanáticos de la moda, sino en una industria que durante demasiado tiempo nos hizo creer que la fantasía debía ser la realidad, y que lo era.

Y quizás los ángeles nunca tuvieron que representar a todas las mujeres. Pero sí podemos preguntarnos por qué, durante tanto tiempo, tantas mujeres sintieron que debían parecerse a ellos.

No necesitamos que la fantasía se parezca a la realidad. Necesitamos dejar de creer que la realidad tiene que parecerse a la fantasía.

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